Una tarde donde el río fue escenario de juegos y sorpresas junto a los Guardavidas

A orillas del río Dulce, donde cada tarde el cuerpo de guardavidas vigila las aguas para cuidar la vida, este 7 de enero la mirada cambió. En un gesto que ya es tradición, los uniformes cedieron su lugar a los disfraces, y la vigilancia constante se transformó en una entrega absoluta a la hacia los más pequeños.

El escenario es el mismo de siempre: el cauce del río, la arena caliente y las familias buscando refugio en el agua. Sin embargo, apenas pasado el Día de Reyes, el clima en la playa santiagueña se vuelve distinto. Los mismos hombres y mujeres que cada día mantienen la guardia alta para garantizar la seguridad de los bañistas, decidieron ayer bajar por un momento la rigurosidad del silbato para dar paso a las risas.

Una tarde de juegos y color

La jornada no fue una simple entrega de presentes. Fue un encuentro. Entre personajes de fantasía y colores, las guardavidas se convirtieron en artistas, transformando los rostros de niños y niñas con pintacaritas que reflejaban mariposas, superhéroes y flores. La arena se convirtió en un gran tablero de juegos donde jóvenes y adultos se sumaron a actividades recreativas, borrando por unas horas la distancia entre el rescatista y el vecino.

Las cámaras de los celulares no pararon de registrar el momento: la foto con el personaje favorito, el abrazo de agradecimiento y esa complicidad que nace cuando el juego es el lenguaje común.

El valor de la gratitud

Lo más conmovedor, sin duda, fue la reacción de los protagonistas: los niños. Con esa capacidad de asombro que solo la infancia conserva, se sumaron a cada propuesta con una energía desbordante. Al recibir los juguetes —pequeños detalles entregados por quienes suelen cuidar sus vidas—, la emoción se hizo visible en ojos brillantes y en los decenas de “gracias” que llegaron al corazón del cuerpo de guardavidas.

Para las familias, fue una tarde diferente en el marco de sus vacaciones; para los guardavidas, fue la oportunidad de conectar con la comunidad desde un lugar de alegría y fraternidad. A orillas del Dulce, la verdadera magia de los Reyes no llegó en camellos, sino a través de aquellos que, año tras año, demuestran que su misión de cuidar va mucho más allá de las aguas: también se trata de custodiar la alegría de los más chicos.

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