*Por Cecilia Inés Russo
Enero como laboratorio: aprender del ritmo bajo para liderar mejor el resto del año
Durante el año, muchas organizaciones funcionan en modo automático. Las agendas llenas, las urgencias constantes y los objetivos presionan el día a día. Enero, en cambio, propone otra escena: menos estructura, menos velocidad y más espacio para observar.
Lejos de ser un mes “de transición” sin valor, enero puede convertirse en un verdadero laboratorio de liderazgo.
Cuando el ritmo baja, aparecen con mayor nitidez ciertos patrones. Se ve qué procesos siguen funcionando aun con menos personas, qué conversaciones resultan imprescindibles y cuáles solo se sostienen por hábito. También se vuelve visible dónde hay dependencia excesiva de algunos roles y dónde el equipo logra autorregularse.

Este tiempo ofrece algo que el resto del año rara vez permite: perspectiva.
Liderar en enero no es solo sostener lo operativo. Es también mirar el sistema con curiosidad y sin juicio. Preguntarse qué aprendimos de estas semanas, qué se volvió más liviano y qué evidenció fragilidad. No para corregir de inmediato, sino para comprender.
Muchos líderes intentan “sobrecompensar” enero, llenándolo de controles o anticipando decisiones que podrían esperar. Sin embargo, una de las mayores contribuciones en este tiempo es resistir la tentación de acelerar. Permitir que el ritmo distinto muestre información valiosa.

Enero enseña, por ejemplo, cuánto del funcionamiento depende de personas puntuales y cuánto de acuerdos claros. Enseña qué tan conversadas están las prioridades y qué tan explícitos son los límites. Enseña también cómo responde el equipo cuando no todo está definido.
Mirado con atención, este mes deja pistas para el resto del año.
Convertir enero en laboratorio implica registrar aprendizajes simples pero poderosos: qué conviene sostener, qué necesita redefinirse, qué prácticas podrían trasladarse a otros momentos del año. No todo lo que funciona en enero es replicable, pero mucho de lo que se revela merece ser tenido en cuenta.
Liderar con esta mirada transforma el cierre del mes. Febrero ya no aparece como un “volver a empezar”, sino como un continuar con mayor conciencia. Las decisiones se toman con más criterio y los equipos regresan con una sensación de mayor claridad.

Enero no pide grandes conclusiones.
Pide atención.
Porque cuando un líder sabe observar, escuchar y aprender del ritmo bajo, el liderazgo se vuelve más fino. Y ese aprendizaje, silencioso pero profundo, acompaña todo el año.
Cerrar enero así —con registro y conciencia— es quizás una de las mejores maneras de prepararse para lo que viene. No desde la exigencia, sino desde la presencia.
