Por Melissa Ramírez
La primera señal apareció de manera silenciosa, pero persistente: una hemorragia fuera de su período menstrual. Luciana la minimizó. Venía de una cirugía de vesícula, en noviembre de 2024, y pensó —desde su propia ignorancia— que “le habían tocado algo” durante la operación. En diciembre las pérdidas continuaron, pero las dejó pasar. La maternidad, los costos médicos, la falta de obra social y los turnos lejanos fueron postergando la consulta. “Me dejé estar”, admite hoy, sin eufemismos.

Recién en junio de 2025 acudió a una ginecóloga y en julio llegó el diagnóstico. El momento exacto quedó grabado como una herida: martes 8 de julio, Hospital Mama Antula. Acompañada por sus hermanas y su sobrina, escuchó a un médico decirle —de manera seca y brusca— que para lo suyo era “tarde”, que no sabía si iba a llegar a un tratamiento y que debía hacerse una resonancia de urgencia. “Fue un shock emocional. Me retó más de lo que me contuvo”, recordó con angustia. Salió llorando por el pasillo sin poder explicar lo que había pasado. Sus hermanas no entendían. Ella tampoco.
La palabra cáncer apareció y, con ella, el pensamiento inmediato de la muerte. No sabía qué significaba tener un cáncer de útero grado 3. No se había informado. Pensó en su hijo, Thiago. Pensó en su mamá. Pensó en no estar. El miedo fue absoluto.

Las primeras quimioterapias y el cuerpo que cambia
El tratamiento comenzó en Santiago del Estero con seis sesiones de quimioterapia. Las quimios no dolían en el momento: sentarse, pasar el suero, esperar. Pero los días posteriores eran otra cosa. Cansancio extremo, náuseas, dolor físico, falta de apetito. Dolores intensos en la cintura que no la dejaban sentarse, acostarse ni encontrar alivio. “Muchas veces pensé: no puedo más con esto”, confesó.
El impacto también fue emocional. A eso se sumó la caída del cabello. Aunque su oncóloga Pamela Llugdar se lo había anticipado, fue un golpe profundo. Se cortó el pelo corto primero. Cuando comenzaron a caerse los mechones, decidió raparse. Durante mucho tiempo evitó mirarse al espejo y no quiso que su familia la viera sin pañuelo. “Cuesta mucho reconocerse”, admitió.

Contarle a su hijo fue una de las decisiones más difíciles. Ella no pudo. Fue su familia quien se reunió y se lo dijo. Verlo llorar la quebró. Thiago ya había perdido a su padrino y a su abuelo. “No quería sufrir una pérdida más”, le dijo. Sin embargo, fue él quien terminó dándole fuerza: mensajes diarios, palabras de aliento, promesas de que todo iba a estar bien.
Córdoba: más quimio, rayos y braquiterapia
Luego llegó el viaje a Córdoba, donde continuó el tratamiento con más sesiones de quimioterapia, radioterapia y braquiterapia, una etapa intensa tanto física como emocionalmente.
La braquiterapia es un tipo de tratamiento oncológico que consiste en aplicar radiación directamente en la zona afectada, a través de dispositivos colocados dentro del cuerpo. A diferencia de la radioterapia externa, permite actuar de forma más localizada sobre el tumor, reduciendo el impacto en otros órganos. Es un procedimiento clave en cánceres ginecológicos, pero no deja de ser invasivo, desgastante y sobre todo, doloroso.

En Córdoba también ocurrió algo fundamental: el reencuentro con su hijo. Antes de eso, en el transcurso del tratamiento, no hubo noche en la que Thiago no le dijera “mamá, te amo y te extraño”. “Él me sostuvo”, dice. “Me decía que ya faltaba poco, que yo iba a curarme”. Esa presencia fue motor en los días más difíciles, al igual que los mensajes de la gente.
El regreso a casa y la vida que sigue
En noviembre, Luciana volvió a Santiago del Estero. Los médicos le indicaron retomar una vida lo más normal posible, con cuidados: alimentación, movimiento, actividades que la hagan bien. Volvió a la zumba, su cable a tierra. “Es el momento en el que me encuentro con la Luciana de antes”, cuenta y a la vez le agradece a su profesora Estefani Gómez por el apoyo y el cariño demostrado. El cansancio sigue, las limitaciones también, pero hay vida cotidiana, rutina, abrazos, familia.

Hoy no tiene dolores físicos. El tumor, que era grande y había llegado a obstruir los riñones, no hizo metástasis. Ahora espera un nuevo estudio que definirá el próximo paso: o bien el tumor desapareció y pasará a remisión, o se redujo y deberá ser operado. En ambos casos, serían noticias alentadoras. Aun así, la ansiedad está. “La cabeza no descansa. Trato de pensar en positivo, pero los miedos aparecen”.
La trampa de la sobreinformación
En el camino, Luciana también aprendió a convivir con la sobreinformación. “Al principio solo veía videos que decían que el grado 3 es casi muerte”, recordó con nostalgia. “Más curiosidad me daba y más nadaba en un mar de sobreinformación, verdadera y falsa, que a veces me terminaba generando angustia”.
Hoy le aparecen otros: personas que transitan el cáncer y salen adelante, que “tocan la campana de la victoria”. “De esto aprendí que la enfermedad no nos atraviesa a todos de la misma manera. Hay mucha información falsa, y eso asusta más”.
Luciana no habla desde la remisión, habla desde el proceso. Desde el tratamiento. Desde el día a día. En este Día Mundial contra el Cáncer, su mensaje es claro: no dejar pasar las señales, no tener miedo, consultar a tiempo. Su historia no pide lástima. Pide conciencia. Y tiempo. Porque, como aprendió en terapia, hoy su única certeza es esta: vivir, un día a la vez.
