Por Florencia Navarro
En el marco del 14 de febrero, día de Los Enamorados, la Licenciada Claudia Colman analiza cómo nuestra infancia y la era digital moldean nuestras relaciones. “El amor es, ante todo, un registro de bienestar interno”, afirma.

Para entender por qué amamos como amamos, hay que viajar hacia atrás, mucho antes de nuestro primer mensaje de WhatsApp. Según explica la psicóloga santiagueña Claudia Colman, el amor nace con nuestra primera necesidad de ser “sujetados”. Al nacer, ese otro que nos cuida y calma nuestro llanto no solo nos alimenta, sino que inscribe en nosotros el concepto de amor. Químicamente, nuestro cerebro se ordena y entendemos que hay alguien que aloja nuestra incomodidad.
Lo curioso es lo que hacemos años después. Como adultos, buscamos reproducir esa sensación de placer primaria. Para lograrlo, solemos armar un “personaje” que aprendimos en la infancia: ese que hacía chistes para que los padres se rían o el que se portaba bien para ser tenido en cuenta. Vamos por la vida buscando ese reflejo en el otro, intentando que alguien nos devuelva la sonrisa que recibimos a los ocho meses de vida.

Un punto revelador que destaca la Licenciada Colman es cómo nuestra historia personal dicta nuestro presente amoroso. Según la profesional, tendemos a reproducir nuestras primeras vivencias: si tuvimos una madre ausente o ansiosa, es muy probable que de adultos busquemos parejas que repliquen esa misma dinámica. “Vamos reproduciendo esto, salvo que en el medio uno haga terapia, se registre y decida qué es lo que realmente le gusta”, advierte. Sin ese trabajo de introspección, corremos el riesgo de quedar atrapados en vínculos que no nos satisfacen, simplemente por la inercia de repetir lo conocido.
La trampa del amor romántico
Sin embargo, en el camino hacia la adultez, la cultura y las narrativas sociales nos venden una versión que la Licenciada Colman define como poco real. Se nos dice que el otro “nos completa la frase” o “nos guía”, creando un ideal idílico que muchas veces nos hace sostener vínculos solo por el mandato de que deben durar.

“Nadie va a saber quererme o cuidarme mejor que yo mismo”, sostiene Colman. La clave no está en que el otro adivine qué nos gusta —como traernos flores o hacernos la comida—, sino en que nosotros seamos capaces de contarle a nuestra pareja qué nos hace bien. El verdadero amor, ese que satisface al organismo, empieza por el registro individual. Si no sabemos quiénes somos o qué necesitamos, el amor se convierte en una fantasía armada.
Pantallas y “terceros en discordia”
Hoy, la tecnología ha sumado un nuevo jugador a la mesa: la digitalidad. Para la profesional, lo digital actúa muchas veces como un “tercero en discordia” que interrumpe el conocimiento real. Un “corazoncito” o un “fueguito” en una red social pueden ser interpretados como una conquista, cuando quizás el otro solo está “histeriqueando” mientras hace otra cosa.
Esta desconexión genera expectativas y discusiones porque falta el diálogo de frente. “Lo digital es inmediato, pero para el cerebro actual, aún no termina de ser algo real”, explica Colman. Por más tecnología que medie, el ser humano sigue necesitando el encuentro físico, el beso y el abrazo, porque es allí donde se produce ese registro, ese movimiento en la panza que la pantalla no puede replicar.

La construcción de la autoestima
¿Cómo priorizar el amor propio en un mundo de comparaciones constantes? La respuesta de la Licenciada es clara: con el registro constante. No se trata de lo que le hace bien a una amiga o lo que dice la tendencia, sino de registrar qué me hace bien a mí, qué me mueve el organismo.
Ese registro genera alivio y tranquilidad, lo que finalmente construye la autoestima. La autoestima no es un estado mágico, sino una construcción del placer interno. Para este 14 de febrero, el desafío parece ser apagar un poco el ruido externo y las notificaciones para volver a escucharnos.

Aceptar al otro comienza por aceptarse a uno mismo, permitiéndose sentir, conocerse y, sobre todo, comunicarse de verdad. Porque si el amor no parte de lo que realmente somos, termina siendo solo un guion bien ensayado.
Aceptar la diversidad es aceptar el amor
Finalmente, al hablar de las nuevas formas de vincularse y la diversidad de género, la Licenciada simplifica el debate llevándolo a la esencia humana: la aceptación. Para Colman, el amor es, en última instancia, un acto de validación tanto de uno mismo como del otro. “Simplemente es aceptar”, afirma, entendiendo que el respeto por la identidad y la forma de sentir del prójimo es una extensión del amor propio.

En un mundo que busca etiquetas, la psicología nos recuerda que lo fundamental sigue siendo que el vínculo genere alivio, felicidad y, sobre todo, paz interna.
