Por integrantes de la Red de Comunicadores Sociales de Santiago del Estero
A lo largo de la historia, la maternidad fue presentada como destino natural, deber moral o función social. Hoy, en un contexto de crisis económica, discursos conservadores y transformaciones culturales, la pregunta vuelve a instalarse: ¿las mujeres eligen libremente o siguen cargando con un mandato que se reinventa?
Este 8 de marzo se conmemora el Día de la Mujer Trabajadora y, lejos de los saludos románticos y los flyers con flores que suelen acompañar la fecha, vuelve a poner sobre la mesa preguntas incómodas sobre el lugar de las mujeres en la economía, el valor del trabajo doméstico y las tensiones que atraviesan hoy la maternidad, el empleo y la autonomía.
¿Qué rol ocupa hoy la mujer en el mundo del trabajo? ¿Y qué lugar ocupa el trabajo en la vida de las mujeres? ¿Qué pasa con el trabajo doméstico, el reconocimiento y la equidad? Preguntas que parecían saldadas, pero que la realidad vuelve a abrir.
De la fertilidad sagrada al mandato doméstico
Mucho antes de que existiera el concepto de “mujer trabajadora”, las mujeres ya sostenían la economía de sus comunidades. Según planteó Simone de Beauvoir, en las sociedades primitivas la división sexual del trabajo no implicaba necesariamente subordinación.
Algunas interpretaciones antropológicas incluso atribuyen a las mujeres un rol central en los primeros desarrollos agrícolas.
Sin embargo, con el surgimiento de la propiedad privada y la consolidación del orden patriarcal, ese lugar comenzó a modificarse. Como explicó Friedrich Engels, el pasaje del derecho materno al paterno reorganizó la herencia, la filiación y el poder. La maternidad dejó de ser una potencia social para convertirse en una función regulada.
Durante la Edad Media el valor de la mujer quedó fuertemente ligado a su capacidad de dar hijos. En el Renacimiento comenzó a reconocerse cierta figura paterna en la crianza, pero la sexualidad femenina continuó estrechamente asociada a la procreación. Con el tiempo, lo que Pierre Bourdieu describió como “el orden de las cosas” consolidó una división clara: el espacio público para los varones, el doméstico para las mujeres.
La Revolución Industrial permitió que muchas mujeres ingresaran al mercado laboral, aunque en condiciones profundamente desiguales: jornadas extensas, salarios más bajos y una doble carga que nunca desapareció.
Ya en el siglo XX, los feminismos comenzaron a cuestionar que la maternidad fuera un destino obligatorio. La revolución anticonceptiva y la lucha por el aborto legal marcaron un quiebre histórico: por primera vez, la maternidad podía ser una elección.
En esa línea, pensadoras como Silvia Federici visibilizaron algo que el sistema económico había naturalizado durante siglos: el trabajo doméstico y de cuidados, no remunerado, sostiene al capitalismo tanto como cualquier empleo formal.
Argentina hoy: más participación, pero desigualdad persistente
En Argentina las mujeres no están volviendo masivamente al hogar. De hecho, su participación en el mercado laboral creció de forma sostenida en las últimas décadas. Sin embargo, esa mayor presencia en el espacio público no eliminó las desigualdades.
Según el INDEC, las mujeres dedican en promedio el doble de horas que los varones al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. En la práctica, aun cuando trabajan fuera de casa, sostienen una segunda jornada puertas adentro.
La brecha salarial tampoco desapareció. Distintos informes muestran que las mujeres ganan en promedio entre un 25% y un 27% menos que los varones, además de registrar mayores niveles de informalidad y sobrerrepresentación en sectores precarizados como el trabajo doméstico, el comercio minorista o el cuidado.
Al mismo tiempo, la tasa de fecundidad viene cayendo de forma marcada. Argentina pasó de más de dos hijos por mujer hace una década a alrededor de 1,4 en los últimos registros.
Esto no necesariamente implica un rechazo a la maternidad. Diversos estudios señalan que muchas mujeres postergan o reducen la cantidad de hijos por razones económicas: inestabilidad laboral, dificultades para acceder a vivienda, ausencia de redes de cuidado o altos costos de crianza.
Es decir, la baja natalidad parece hablar más de condiciones materiales que de desinterés por maternar.
Discursos que disputan sentido
Si los datos muestran mayor participación femenina en el trabajo y menor natalidad, la tensión aparece en el plano simbólico y político.
En los últimos meses, algunas voces institucionales volvieron a cuestionar avances que parecían consolidados. El presidente argentino, Javier Milei, sostuvo públicamente que la legalización del aborto forma parte de una agenda que “ataca a la familia” y afirmó que “ahora lo estamos pagando con caídas en la tasa de natalidad”.
Sin embargo, distintos especialistas advierten que no existe evidencia que permita establecer una relación directa entre la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo en 2020 y la caída de los nacimientos, una tendencia que en Argentina ya se registraba desde al menos 2014 y que responde a múltiples factores sociales y económicos.
En una línea similar, el rector de la Universidad Católica Argentina sostuvo públicamente que la mujer debería “volver al hogar a cumplir su rol biológico”.
Cuando este tipo de mensajes proviene de figuras con peso político o académico, no se trata solo de opiniones personales. Contribuyen a construir narrativas que moldean expectativas sociales sobre la maternidad, el trabajo y el lugar de las mujeres en la vida pública.
Reconocer estas tensiones no implica reducir el debate a una disputa partidaria. La discusión de fondo es más amplia: qué lugar ocupan el trabajo, el cuidado y la autonomía en una sociedad atravesada por la crisis económica.
Crisis económica y reorganización del cuidado
Cuando el Estado reduce su intervención en políticas sociales y de cuidado, la responsabilidad no desaparece: se traslada.
En Argentina, como muestran los datos del INDEC, ese traslado impacta principalmente en las mujeres.
Menos políticas de acompañamiento, menos infraestructura pública de cuidados y más precariedad laboral generan escenarios en los que muchas familias reorganizan sus dinámicas internas. A veces eso implica que alguna mujer reduzca su jornada laboral o incluso abandone el empleo formal para sostener la crianza.
¿Se trata de una elección libre o de una decisión condicionada por la falta de alternativas? Allí aparece uno de los nudos del debate.
La estética de la tradición en redes sociales
En paralelo, las redes sociales amplifican un fenómeno cultural que también merece atención: el auge de las llamadas “trad wifes”.
En estas cuentas —generalmente protagonizadas por mujeres con alto capital económico o parejas con ingresos holgados— se muestra una vida doméstica idealizada: hogares impecables, maternidades serenas y rutinas familiares estéticamente perfectas.
El problema no es que una mujer decida dedicarse al hogar. El problema aparece cuando esa imagen se presenta como modelo universal deseable, sin mostrar las condiciones materiales que lo hacen posible.
Paradójicamente, el mismo capitalismo que impulsó la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral convierte ahora la domesticidad en una estética aspiracional y, muchas veces, en contenido monetizable.
8 de marzo: la disputa sigue abierta
A lo largo de la historia, el lugar de las mujeres nunca fue estático. Fue construido, discutido, impuesto y también conquistado. La maternidad pasó de ser símbolo de poder a mandato moral; de destino obligatorio a derecho a elegir.
Hoy no asistimos a un regreso automático al pasado. Las mujeres estudian más, trabajan más y deciden más que hace medio siglo. Pero la crisis económica, la sobrecarga de cuidados y ciertos discursos públicos que vuelven a asociar femineidad con función biológica muestran que nada está definitivamente ganado.
La disputa no es si las mujeres deben estar en la casa o en el mercado laboral. La disputa es quién define el valor de su tiempo, de su cuerpo y de su trabajo.
¿Es posible elegir libremente maternar en un contexto de precariedad? ¿Es realmente autónoma una decisión cuando depende económicamente de otro? ¿Puede hablarse de igualdad si el cuidado sigue recayendo mayoritariamente sobre las mismas espaldas?
El 8 de marzo no es una fecha para repetir consignas ni para negar diferencias de pensamiento. Es una invitación a revisar qué modelo de sociedad estamos construyendo.
Tal vez el verdadero debate no sea si las mujeres están “volviendo” a algún lugar, sino si como sociedad estamos dispuestos a garantizar que cada una pueda elegir el suyo sin perder autonomía, dignidad ni derechos.
