La crisis económica en la Argentina ha perforado una barrera crítica: la alimentación durante la jornada laboral. Según un reciente estudio del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), la pérdida del poder adquisitivo ya no solo afecta el consumo de ocio, sino que obliga a la mayoría de los trabajadores a restringir su dieta mientras cumplen sus tareas.
El informe, elaborado sobre una muestra de 1.171 casos en conjunto con la firma Edenred, arroja una cifra contundente: el 61,1% de los asalariados admite que deja de comer durante su horario de trabajo por razones económicas. De ese total, un 14,4% lo hace de manera regular.
El ajuste no solo es en cantidad, sino en calidad. El 78,5% de los encuestados reconoció que opta por alimentos de menor valor nutricional para abaratar costos. Esta situación se agrava en los sectores de menores ingresos (hasta $800.000 mensuales), donde el porcentaje de quienes resignan nutrición por precio trepa al 86,7%.
La combinación es letal: más de la mitad de los trabajadores (56,2%) sufre ambas privaciones al mismo tiempo, es decir, comen menos y comen peor.
El estudio identifica brechas claras que marcan quiénes sufren más el impacto de la inflación:
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Jóvenes: El 70,7% de los trabajadores de entre 18 y 29 años suele saltear comidas, siendo el grupo etario más afectado.
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Género: Las mujeres (60,1%) presentan niveles de privación mayores a los hombres (53,3%).
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Sector: Paradójicamente, la privación alimentaria se registra con mayor frecuencia en el sector público que en el privado, reflejando el fuerte rezago de los salarios estatales.
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Geografía: En el NEA, la proporción de trabajadores que “suele no comer” en su horario laboral se dispara al 50,1%.
Almuerzo en el escritorio y presupuestos ajustados
El hábito de la “pausa para el almuerzo” también está en crisis. El 41,5% de los encuestados afirma que come directamente en su puesto de trabajo o escritorio, y un 26% reconoce que tiene serias dificultades para encontrar un momento de descanso para alimentarse.
En cuanto al gasto diario, la realidad es austera:
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El 36,1% gasta menos de $5.000 por comida.
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El 43,9% destina entre $5.000 y $10.000.
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Solo un 8% puede permitirse gastar más de $20.000 en su almuerzo diario.
El informe surge en un contexto donde la reforma laboral vuelve a poner sobre la mesa los “beneficios sociales”. La ley actual permite nuevamente que las empresas brinden servicios de comedor o vales alimentarios como conceptos no remunerativos, una herramienta que busca aliviar el bolsillo del trabajador sin impactar en las cargas sociales, en un escenario donde el salario parece no alcanzar ni para lo más básico.
