Hace 13 años, cuando Santiago del Estero dormía, en Roma, el humo blanco anunciaba la llegada del nuevo Pontífice de la Iglesia Católica. Ese día la Plaza de San Pedro estaba colmada y el mundo se detuvo por unos segundos cuando el cardenal francés anunció desde el balcón central de la basílica: Habemus Papam. Instantes después, el nombre Jorge Mario Bergoglio se posicionó como el más buscado del mundo porque era nada más y nada menos que el nuevo Papa, y desde ese momento sería conocido como Francisco.
Aquel día comenzó una nueva etapa para la Iglesia Católica y también para la Argentina. El “Papa del fin del mundo”, como él mismo se presentó ante la multitud reunida en Plaza de San Pedro, inició un pontificado que con el paso de los años marcaría un antes y un después en la historia reciente de la Iglesia.
Hoy, a trece años de aquel anuncio histórico y cuando se aproxima el primer aniversario de su fallecimiento, su figura y legado siguen vigentes. Especialmente en Santiago del Estero, una provincia con la que Francisco mantuvo un vínculo cercano y profundo durante su pontificado.
Desde el Vaticano, el Papa tuvo gestos que quedaron grabados en la memoria de los santiagueños. En más de una ocasión sorprendió con llamadas telefónicas a la ciudad de Campo Gallo donde cumplían su misión pastoral sus amigos, el padre Joaquín Giangreco y el actual obispo de Chacomús, Juan Ignacio Liébana.
Pero su relación con la provincia también quedó plasmada en decisiones históricas. Fue él quien declaró a Santiago del Estero Sede Primada de la Argentina, reconociendo su valor histórico en el nacimiento de la evangelización del país. También impulsó la canonización de María Antonia de Paz y Figueroa, conocida popularmente como Mama Antula, convirtiéndola en la primera santa argentina.

Y en otro gesto significativo para la Iglesia local, nombró cardenal al arzobispo Vicente Bokalic, fortaleciendo la presencia de la provincia en el corazón del Vaticano.

Un legado para siempre
Sin embargo, más allá de los hechos institucionales, el legado de Francisco también quedó reflejado en sus palabras. Entre sus mensajes finales se destaca un texto dedicado especialmente a los jóvenes y al amor duradero, en el que dejó una reflexión póstuma.

“Crean en el amor, crean en Dios, y crean que pueden afrontar la aventura de un amor para toda la vida”, escribió el Pontífice.
Francisco confesaba que siempre lo conmovía ver a los jóvenes que se aman y que tienen la valentía de apostar por algo grande. Al mismo tiempo, reconocía con realismo las dificultades del mundo actual, donde muchos matrimonios fracasan al poco tiempo.
Para explicarlo, recurrió a una metáfora profundamente argentina: comparó el amor con un tango. Un baile en el que existen la cercanía y la distancia, la disciplina y la pasión, la atención y la dignidad.
Pero dejó claro que el amor verdadero no es una danza pasajera, sino una aventura que dura toda la vida.
En su estilo directo, también cuestionó la cultura que evita el compromiso. “¿No sería más sencillo disfrutarse y luego separarse?”, planteó para responder de inmediato: “¡No, no lo crean!”.
Francisco insistía en que el amor no es un juego y que requiere preparación, paciencia y entrega. Por eso proponía recuperar un camino de formación más profundo para quienes desean casarse, inspirado en el antiguo catecumenado cristiano.
Su invitación final era simple pero profunda: dialogar, compartir y construir juntos un amor capaz de resistir el paso del tiempo.
Trece años después de aquel histórico Habemus Papam, la figura del Papa argentino sigue despertando emoción. En el mundo, en la Iglesia y también en la provincia que él distinguió con gestos que quedarán para siempre en su historia.
