De La Banda al Teatro Colón: la santiagueña que está a un paso de hacer historia en el ballet

La historia empezó ayer, casi de casualidad. En la entrevista con Pablo Hernández, el santiagueño que trabaja como stage manager en el Teatro Colón, apareció un nombre que quedó resonando en el estudio: “Hablen con Cata Strelczuk”, dijo, como quien tira un dato al pasar, pero con la certeza de que ahí había una historia que valía la pena contar. Y tenía razón.

Este martes, en La Mañana de Info, Catalina Strelczuk —o simplemente “Cata”, como la llaman todos— se conectó con Leo y Luana y confirmó lo que parecía un rumor: con apenas 18 años, está cursando su último año en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón y muy cerca de convertirse en una de las primeras santiagueñas en egresar de esa prestigiosa escuela. “Casi”, aclara entre risas. “Tengo una compañera santiagueña que está en un curso más alto, así que puede ser que seamos dos”.

De La Banda al Colón

Su historia arranca bien temprano, a los 4 años, en La Banda, de la mano de su abuela, en la escuela de danzas fundada por la mismísima Stella Fochesato. “Empecé porque veía bailar a mi mamá, me metía en los camarines, veía cómo se preparaba… algo me pasaba”, recuerda.

Aunque no todo fue amor a primera vista. “Las primeras clases me parecieron aburridísimas”, confiesa sin filtro. “Era quedarse quieta, en la barra, y yo quería correr, jugar…”.

Con el tiempo, ese “aburrimiento” se transformó en vocación. La formación con su familia —su abuela y su mamá— fue clave. “Esa base es lo que hoy me sostiene acá”, asegura.

El salto (y el miedo)

La posibilidad de llegar al Colón apareció en plena pandemia. Un contacto le sugirió a su mamá que intentara una audición virtual. Cata tenía apenas 11 años. “Todos me decían que iba a quedar… y yo lloraba porque no quería irme de Santiago”, cuenta. El resultado fue positivo, pero el desafío recién empezaba.

Primero cursó de manera virtual. A los 13 años se mudó a Buenos Aires con su abuela. Y a los 14, ya vivía sola. “Fue un cambio muy grande. Pero lo fui haciendo de a poco”, dice, con una madurez que sorprende.

La rutina que no se ve

Detrás del glamour del ballet hay una rutina exigente. Muy exigente. “Me levanto a las 5:30. A las 7:30 ya estamos en clase”, describe. El día incluye técnica clásica, preparación física, jazz, trabajo en pareja y más.

Antes de cada clase, el cuerpo tiene que estar listo: estiramientos, calentamiento, concentración. “Hoy lo disfruto. Agarrarme a la barra todos los días es parte de mi vida”, cuenta.

En paralelo, el entrenamiento físico es específico. Probó gimnasio, pero lo dejó. “No necesitaba agrandar músculos, sino fortalecer. Ahora hago pilates, que es más acorde a lo que necesita un bailarín”.

Elegir, siempre elegir, pero sin caer en extremos

La conversación también se metió en un tema inevitable: las renuncias. Cata no lo niega. “Sí, tuve que dejar cosas. Cumpleaños, salidas…”, dice. Pero hace una aclaración clave: “No lo sufrí. Siempre elegí danza convencida de que me iba a servir”.

Esa decisión, repetida muchas veces a lo largo de los años, es la que la trajo hasta acá. “Las chicas de mi edad quizás están en otra. Nosotras tuvimos que madurar antes”, reflexiona, en referencia a sus compañeras.

Uno de los mitos que también se cayó en la charla fue el de la alimentación estricta. “No tengo una dieta rígida”, cuenta. “Como normal, trato de equilibrar, pero no me privo. Si quiero salir a comer, salgo”. Una mirada más flexible que también habla de un cambio de época dentro de disciplinas históricamente asociadas a la rigidez.

Un mensaje para empezar

Sobre el final, llegó una pregunta que la conectó con sus propios inicios: ¿qué le diría a una nena que empieza ballet? La respuesta fue clara: “Que empiece en un lugar donde la traten como niña. Que no le metan exigencia desde tan chiquita”.

Y agregó algo que resume todo su recorrido: “Detrás de la exigencia hay algo muy lindo: el amor al arte, a moverse, a expresar lo que a veces no se puede decir con palabras”.

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