Murió Ernesto Cherquis Bialo, leyenda del periodismo deportivo argentino

Este viernes a las 21:56, la pluma de Ernesto Cherquis Bialo escribió su punto final. A los 85 años, y tras una valiente batalla contra la leucemia, el hombre que narró como nadie la historia del deporte argentino falleció en el Hospital Alemán de Buenos Aires. El año pasado, un “milagro” médico le había permitido estirar la pulseada unos meses más, pero esta vez, su cuerpo dijo basta.

Nacido en Montevideo en 1940, pero porteño por adopción y esencia, Cherquis fue el heredero de un linaje de oro. Desde aquel marzo de 1963, cuando subió al tercer piso de la Editorial Atlántida para entrevistarse con Carlos Fontanarrosa, su destino quedó sellado: convertiría a El Gráfico en su hogar y en la “Biblia” de millones de lectores.

“Robinson”: El seudónimo de una leyenda

Hubo una época en la que Cherquis no podía firmar con su nombre por cuestiones de exclusividad, y eligió llamarse Robinson, en honor a su ídolo Ray Sugar Robinson. Bajo ese nombre o el propio, se convirtió en la voz oficial del boxeo argentino: definió a Carlos Monzón como el más grande, a Ringo Bonavena como un titán y a Víctor Galíndez como el protagonista de epopeyas inolvidables. Escaló desde cronista principiante hasta dirigir la revista entre 1984 y 1990, manteniendo siempre la “Ley 1”: el respeto sagrado por el lector.

De los conventillos al poder

Hijo de inmigrantes polacos y rusos, Cherquis creció en conventillos de Almagro y Caballito. Fue boxeador amateur (llegó a entrenar con Firpo) y tanguero de ley, habitué de Caño 14. Esa sensibilidad de calle le permitió, años después, entender los hilos del poder como nadie, convirtiéndose en el confidente y vocero de Julio Grondona.

De hecho, sus crónicas sobre los últimos días de “Don Julio” en la AFA se transformaron en piezas de antología periodística en Infobae, donde demostró que su lucidez permanecía intacta hasta el último domingo.

Un legado que no se borra

Cherquis Bialo no solo informaba; él hacía sentir. Entendía que en las páginas de una revista debían convivir “héroes y villanos” para que la historia fuera real. Hoy, el periodismo deportivo pierde a su mejor narrador, al hombre que sabía que salir en una tapa era “llegar”, pero que escribirla era una responsabilidad de honor.

Compartir