Mariana y su historia de superación: “Estoy orgullosa de tener síndrome de Down y de todo lo que logré”

Por Melissa Ramírez

En una casa de calle Santa Fe, en la ciudad Capital, Mariana Leticia Casadei construye día a día una vida llena de logros, sueños y desafíos cumplidos. Tiene 32 años, vive con su mamá Mabel Romero, su hermano y sus mascotas. Y es protagonista de una historia que emociona y deja enseñanzas.

Pero para entender su presente, hay que volver al inicio y al relato que su mamá dio en exclusiva, a Info del Estero: “Yo me enteré a los 10 días de nacida que tenía síndrome de Down. Fue un shock. Lo primero que pensé fue: ¿qué voy a hacer?, ¿cómo le voy a enseñar?”, recordó Mabel.

Mariana tiene 32 años

En medio de ese desconcierto, una frase marcó el rumbo de su vida: una amiga, le sugirió que consulte el grado de síndrome de Down que tenía su hija, algo que ella consultó. “El médico me dijo: ‘no tiene ningún grado, el grado se lo pone usted’. Con eso me dijo todo”.

Desde entonces, Mabel tomó ese desafío con convicción. Aprendió, acompañó y enseñó. Apostó a la estimulación, incluso cuando no entendía del todo su importancia.

“Yo veía a la estimuladora hacer masajes y pensaba ‘¿para qué?’, pero todo eso sirvió. Hoy veo los resultados: habla, escribe, va al gimnasio, al súper, maneja su tarjeta de débito y cobra su dinero correspondiente a su pensión por discapacidad… hace su vida”, contó con orgullo.

Lejos de la sobreprotección, eligió educarla como a cualquier niño: “Hay que tener paciencia, mucha paciencia. No hay que decir ‘pobrecitos’. Ellos pueden”, afirmó.

Y los resultados están a la vista. “A mi edad, todo esto me da tranquilidad y felicidad”, dice Mabel, emocionada.

Mariana escuchó, sonrió… y continuó la historia con su propia voz: “Todo lo que digo es de corazón. Me siento orgullosa de tener síndrome de Down y de lograr cosas importantes para mí”, expresó

Su día a día está lleno de actividades. Ayuda en la casa, cocina, lava, plancha y acompaña a su mamá. También entrena en el gimnasio, va a clases de canto y asiste a terapia.

Pero hay algo que la define: su pasión por el arte. “Me encanta bailar, cantar y escribir poesías”, contó. Ese amor por las palabras la llevó a cumplir uno de sus mayores sueños: publicar un libro. “Siempre soñé con eso. Se llama ‘Arco Iris’. Para mí es como tocar ese arco iris, ver una luz, una guía, esperanza para seguir”.

El proyecto no lo hizo sola. Su mamá fue clave, al igual que una amiga de Puerto Madryn que la ayudó con las poesías. También reconoce un “don especial” heredado de su abuelo, que escribía cuentos.

Y sus metas no se detienen ahí: “Ahora voy a cumplir otro sueño: grabar un CD con mi profe y la directora de la academia”, dijo con entusiasmo. Para ella, cada logro es compartido: “Mis logros son de toda la familia”.

Una vida llena de logros… y sueños por cumplir

Mariana terminó sus estudios, toma clases, hace actividad física, escribe, canta y mantiene una vida social activa. Tiene amigas, como Eugenia, con quien comparte momentos, y disfruta de cada pequeño paso.

“Una vez di una charla en un colegio para presentar mi libro y me dieron un reconocimiento. Eso me hizo muy feliz”, recuerda. También guarda con cariño un certificado recibido en la Cámara de Diputados.

Pero más allá de los premios, hay algo que atraviesa toda su historia: su forma de ver la vida: “El síndrome de Down no es una condición que limite. Algunos tardan más, pero se logra”, afirmó. Y lo dice desde la experiencia. “Yo estoy orgullosa de tener síndrome de Down”.

Su mamá, a su lado, la mira y completa la idea: “Uno cree que viene un síndrome… pero no. Viene un hijo. Y con amor, paciencia y enseñanza, todo llega. Paso a paso”.

El desafío pendiente:  volver a trabajar

Si hay algo que Mariana desea hoy, es una nueva oportunidad laboral. Su primera experiencia fue en la Subsecretaría de Trabajo, donde se desempeñó durante nueve meses.

“Yo hacía notas, pases… tenía una compañera que me enseñaba mucho”, recuerda. Incluso hubo momentos que marcaron su crecimiento. “Una vez que no estaba mi coordinadora,  me preguntaron si me animaba a redactar  una nota. Yo dije “claro que sí”. La escribí en la computadora sin errores y la subsecretaria me dijo: ‘me dejaste con la boca abierta’”, contó con orgullo.

Sin embargo, ese trabajo llegó a su fin y hoy está en búsqueda de una nueva oportunidad: “Me gustaría trabajar de lo que venga. Me gusta tratar con la gente. Antes era tímida, pero ahora me animo a todo”, aseguró.

Su mamá acompaña ese deseo con firmeza, pero también con una mirada crítica: “Yo fui a pedir trabajo para ella, pero está el prejuicio. Creen que no saben. Si la escucharan hablar… sería el broche perfecto para su historia que pueda conseguir un trabajo”, expresó Mabel.

Durante su paso laboral, Mariana dejó una excelente impresión. “Me felicitaban por su responsabilidad, su puntualidad, por cómo se desenvolvía”, agregó. Hoy, ese desafío sigue pendiente, pero no apaga su impulso, confiada en que pronto tendrá su oportunidad, como le ocurrió siempre en su vida… A otro ritmo, pero con certeza.

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