El sistema financiero argentino muestra hoy una realidad de dos velocidades. Mientras las grandes corporaciones vinculadas a la minería y la energía mantienen niveles de solvencia robustos, las pequeñas y medianas empresas enfrentan una tormenta perfecta de caída de ventas y altos costos financieros. Según los últimos datos de enero de 2026, la irregularidad en la cartera de créditos de las empresas saltó del 0,8% al 2,7% en un año, pero el dato es más alarmante cuando se hace zoom en el universo PyME: allí, la morosidad ya alcanza el 4%, duplicando los valores del año anterior.
Esta fragilidad se manifiesta con crudeza en el mercado de cheques. Aunque tras el pico de diciembre se registró una leve desaceleración, el nivel de documentos rechazados por falta de fondos se mantiene en valores históricamente elevados, rondando el 4% en algunas entidades privadas. Analistas de consultoras como Analytica y LCG advierten que las empresas no necesariamente enfrentan problemas de solvencia estructural, sino “tensiones de liquidez”: el estiramiento de los plazos de cobro y la caída del consumo obligan a los negocios más chicos a usar el descubierto bancario y el cheque diferido como una medida de supervivencia de corto plazo, a menudo con tasas que sus márgenes ajustados no pueden soportar.
La crisis es marcadamente heterogénea y ensaña sus efectos en sectores específicos. Mientras que el sector de hidrocarburos tiene una mora inferior al 1%, rubros estratégicos para el empleo santiagueño muestran números rojos: la industria textil y de confección presenta una morosidad cercana al 8%, afectada por la apertura de importaciones, mientras que la construcción registra un 6,1% de mora, producto de una actividad que se desplomó un 22% respecto a 2023 tras el ajuste en la obra pública. Los casos más dramáticos se dan en sectores como la molinería y el curtido de cueros, donde los ratios de irregularidad superan el 40%, dejando a miles de productores y talleres al borde del colapso financiero.
Ante este escenario, los bancos privados han comenzado a implementar esquemas de “monitoreo cercano” y refinanciaciones de plazos para evitar que la cadena de pagos se rompa definitivamente. Sin embargo, la advertencia de los economistas es clara: la salud del sistema financiero que muestran los grandes números es engañosa, ya que el 42% del financiamiento total está concentrado en apenas el 0,3% de las empresas del país. Para el emprendedor, el comerciante y el industrial PyME, la realidad es de una fragilidad extrema, donde cada cheque emitido representa una apuesta a que la demanda reaccione antes de que el banco cierre la ventanilla.
