El escenario internacional acaba de entrar en su fase más crítica desde el inicio de las hostilidades el pasado 22 de febrero. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, rompió el silencio este domingo para confirmar una noticia que hace temblar los mercados: una coalición de 22 naciones —lideradas por la Alianza Atlántica e integrando a potencias como Japón, Corea del Sur y Australia— ya coordina un plan de asalto para desbloquear el Estrecho de Ormuz. La ruta, por donde circula el 20% del petróleo y el gas natural licuado del mundo, permanece cerrada por Teherán en represalia a la ofensiva militar de Estados Unidos e Israel, asfixiando el suministro energético del planeta.
La confirmación de Rutte no es casualidad. Surge tras una semana de ataques furibundos de Donald Trump, quien acusó a la OTAN de tener su autoridad “gravemente mermada” por no acompañar a EE.UU. en esta misión suicida. Trump, fiel a su estilo, venía exigiendo que los países que consumen ese petróleo pusieran sus propios buques de guerra en la zona. “¡Estados Unidos no tiene por qué custodiar Ormuz para otros países gratis!”, había disparado el mandatario. Esta respuesta de la OTAN, sumando a socios clave como Emiratos Árabes y Baréin, parece ser el cierre de filas que Washington exigía para evitar quedar solo en la primera línea de fuego.
Lo que le da una magnitud histórica a esta noticia es la inclusión de las potencias asiáticas. Para Japón y Corea del Sur, que el Estrecho de Ormuz esté cerrado no es una discusión política, es una sentencia de muerte económica. Sin ese petróleo, sus industrias se apagan en semanas. Al sumarse a la coalición, estos países están enviando un mensaje letal a Irán: el bloqueo ya no es un problema con Occidente, sino una declaración de guerra contra las principales economías del mundo.
