Por Lourdes Suarez Torres
¿Y si el niño del sticker gracioso que mandas y recibes a diario por WhatsaApp fuese tu hijo? Ese pequeño, es el hijo de alguien…
Por estos días, mientras en muchas escuelas del país crecen las alertas por desafíos virales entre chicos y adolescentes, me encontré (en mi rol de mujer-mamá) revisando algo mucho más cotidiano: mis propias prácticas en redes sociales. Esa foto “inocente”, ese video gracioso, ese sticker de WhatsApp con la cara de los hijos de alguna de mis amigas que llegó por el grupo para graficar un sentimiento… Todo eso, que parece mínimo, forma parte de algo más grande.
El pasado 22 de abril participé de una charla virtual organizada por la plataforma Creativos Digitales; una empresa argentina de Educación Tecnológica que hace una década ayuda a instituciones educativas de Latinoamérica a potenciar el futuro de sus alumnos mediante la enseñanza de Programación y el desarrollo de habilidades como pensamiento lógico, creatividad, comunicación y colaboración, a traves de capacitaciones no sólo para instituciones sino tambien brindando charlas y talleres para familias; que reunió a más de 550 familias y docentes de todo el país y Latinoamérica. La exposición estuvo a cargo de la especialista en educación y tecnologías Florencia Gabutti, y, sin exagerar, me cambió la forma de mirar lo que hacemos en internet. Es por eso que con esta nota busco compartir lo que aprendí.
Sharenting: cuando decidimos por ellos
El término sharenting, explicó Gabutti, refiere a cuando las familias compartimos información de niños, niñas y adolescentes en entornos digitales. Suena técnico, pero es algo que hacemos todos los días. Subir una foto del primer día de clases, contar que terminó primer grado, publicar un video gracioso.

El problema no está en la intención, que suele ser amor, orgullo, ternura, sino en algo que no siempre vemos: estamos construyendo la identidad digital de otra persona, sin que esa persona pueda decidir.
Gabutti lo explicó con claridad: hay tres formas en que lo hacemos sin darnos cuenta: publicando, narrando y construyendo identidad. Y ahí aparece un punto incómodo: estamos tomando decisiones sobre la huella digital de nuestros hijos desde que son muy pequeños, incluso antes de que puedan tener acceso a un celular.
La huella digital no se borra fácil
Una de las ideas que más me quedó resonando es esta: todo lo que subimos a internet es muy difícil de eliminar completamente, incluso después de que uno lo borra de las redes.
La huella digital se compone no solo de lo que nosotros mismo subimos, sino de lo que otras personas comparten de nosotros, y con la información pública que circule por internet. También incluye los “me gusta”, las páginas que seguimos, lo que otros comparten sobre nosotros. Es una construcción colectiva, muchas veces fuera de control.
Y ahí aparece otra pregunta incómoda: ¿Realmente sabemos a quién le estamos mostrando esas imágenes? Porque aunque pensemos que es “solo para amigos”, lo cierto es que las redes promueven la visibilidad. Y la privacidad, en ese contexto, es bastante relativa. Lo que mandamos por un grupo que creemos es privado por WhatsApp, alguien de mis contactos lo puede pasar a otro grupo privado de otro ambito y así comienza la viralización de todo el contenido que circula en la web.
El caso de los stickers: algo tan simple como riesgoso
Un ejemplo concreto que se mencionó en la charla —y que me hizo ruido— es el de los stickers de niños.

¿Quién no armó alguna vez un sticker con la cara de su hijo y lo mandó a un grupo? ¿O quién no recibió alguna vez un sticker con la cara de un niño en una situación graciosa o bizarra? El problema es que ese archivo empieza a circular, se reenvía, se pierde. Ya no sabemos en qué conversación terminó ni quién lo tiene.
Y ahí cambia todo: deja de ser algo íntimo para convertirse en algo público, sin control.
Consentimiento digital: una práctica que casi no usamos
Otro concepto clave es el del consentimiento digital. ¿La persona que aparece en la foto sabe que la vamos a subir?
¿Sabe dónde, con quiénes, para qué?
El consentimiento, explicó Gabutti, debe ser informado, voluntario y reversible. Y aunque nuestros hijos sean chicos, podemos empezar a construir esa lógica desde temprano.
Podemos empezar a preguntarles cosas simples como “¿Puedo tomarte una foto? ¿Te gusta cómo quedó la puedo compartir o prefieres que no?”
No es un detalle menor. Es enseñar límites desde temprano, y que sí son dueños de decidir sobre su imagen y qué hacemos con ella. Es algo básico si empezamos a pensar en las infancias como personas sujetas de derechos y no como propiedad de los mapadres. Esa es la noción de crianza respetuosa que militamos algunas familias.
Tres preguntas que me cambiaron el filtro: ¿lo publicarías si la protagonista fueses vos?
Antes de publicar, la especialista propuso algo simple, pero potente. Tres preguntas que hoy me cuesta esquivar:
¿Lo compartiría si fuera sobre mí?
¿Puede afectar a mi hijo en el futuro?
¿Estoy respetando su intimidad?
No siempre la respuesta es cómoda. Y ponerse en el lugar del otro, ser empáticos, tomarnos un segundo para pensar, lo cambia todo.
Desafíos virales: cuando ellos ya están del otro lado
El otro eje de la charla fue el de los desafíos virales, que hoy preocupan en muchas escuelas, sobre todo en la secundaria con los adolescentes en pleno desarrollo, cada vez más solos y pidiendo a gritos nuestra compañía.
No son solo “retos peligrosos”, como solemos pensar. Son una forma de participación en la cultura digital. Funcionan con una lógica clara: imitación, viralización, invitación a otros y búsqueda de visibilidad.

¿Por qué los chicos participan? Porque buscan pertenecer, ser vistos, ser reconocidos por sus pares.
Y aquí, otro punto clave: a los adultos muchas veces estos desafíos no nos aparecen. No porque no existan, sino porque los algoritmos recortan lo que vemos. Nos muestran un mundo distinto al de los adolescentes.
Eso nos deja afuera de una conversación que igual nos involucra, y que lejos de juzgar y ridiculizar, debemos aprender a acompañar.
El rol de los adultos
Si algo me dejó esta experiencia es una incomodidad necesaria. No alcanza con decir “cuidado con internet” o “no participes de eso” o directamente prohibir pantallas. Porque mientras tanto, somos nosotros los que venimos exponiendo su vida desde mucho antes, y negarles su rol en el mundo digital es excluirlos de algo a lo que tarde o temprano tendrán acceso.
Gabutti lo resumió en una frase que debería incomodarnos un poco más de lo que nos gusta: “Educar en el cuidado digital empieza con las decisiones que tomamos hoy como adultos”. Una vez más: no prohibir, acompañar y poner límites.
Una reflexión final
No se trata de dejar de compartir todo y de prohibirle a nuestra familia compartir fotos de nuestros hijos (a lo China Suñarez). Eso sería poco realista. Pero sí de dejar de hacerlo sin pensar.
Porque cada foto, cada video, cada sticker, cada historia… no es solo un recuerdo para nuestro archivo. Es parte de algo más grande: la identidad digital de alguien que todavía no puede decidir por sí mismo, y que muchas veces puede resultar humillante y no divertido. Seamos honestos, todos sabemos que nuestras madres guardan en el ropero el album de fotos con ESA foto que no queremos que vea la luz nunca. Bueno, pensá que ahora el adulto sos vos, y esa niña es tu hija.
Y si somos honestos, la pregunta no es si tenemos buenas intenciones. La pregunta es si estamos midiendo las consecuencias.
