La generación de cristal también fue criada por adultos rotos: problematizando el Día de la Familia
Imagen creada con IA
Especial producido por Ana Beltrán, Fernanda Miguel y Osvaldo Nahas, pasantes del Instituto San Martín.

El Día de la Familia se celebra el 15 de mayo de cada año para crear conciencia sobre el papel fundamental de las familias en la educación de los hijos desde la primera infancia, y las oportunidades de aprendizaje permanente que existen para los niños, niñas y jóvenes.

A pesar de que el concepto de familia se ha transformado en las últimas décadas, las Naciones Unidas consideran que la familia constituye la unidad básica de la sociedad. En este contexto, el Día Internacional de las Familias nos da la oportunidad de reconocer, identificar y analizar cuestiones sociales, económicas y demográficas que afectan su desarrollo y evolución

En base a esto y, luego de esta pequeña introducción, damos comienzo a nuestra columna en el marco del Día de la Familia.

La herencia del control -Ana Beltrán

La construcción de un vínculo saludable entre padres e hijos requiere desentrañar dinámicas invisibles que, a menudo, confunden el afecto con la necesidad de control.

Cuando el amor se confunde con la proyección, los hijos dejan de ser personas para convertirse en el mapa donde los padres intentan corregir sus propios fracasos. Esta dinámica transforma el aliento en una obligación de ser el orgullo familiar, una carga donde el valor personal queda condicionado a cumplir sueños ajenos. Muchos padres, movidos por el miedo a la soledad o al vacío, prefieren hijos dependientes y sabotean su autonomía, utilizando la gratitud como una trampa emocional: el hijo siente que poner límites es una traición o una falla moral.

Bajo este sistema, la independencia de los hijos deja de ser un logro para convertirse en una amenaza, ya que la estabilidad emocional de los padres depende de que el hijo sea un eterno dependiente. Para ellos, que el hijo vuele por su cuenta significa enfrentar un miedo profundo al abandono, al vacío o a la pérdida de poder, lo que los lleva a sabotear la autonomía de su descendencia para no perder su fuente de seguridad o control personal.

Un ejemplo que ilustra esto a la perfección es el de la película de Disney, Enredados, a través de la relación entre Madre Gothel y Rapunzel. Gothel mantiene a Rapunzel encerrada bajo el pretexto de “protegerla”, pero en realidad lo hace para satisfacer su propia necesidad de juventud eterna, reflejando ese temor absoluto a la vejez y a la soledad. Gothel utiliza la manipulación y la culpa para hacerle creer a Rapunzel que es demasiado débil para el mundo, transformando la gratitud en una trampa emocional. Cada vez que Rapunzel intenta mostrar independencia, Gothel la castiga con comentarios hirientes o con una frialdad absoluta, demostrando cómo un cuidador puede anular a otro para evitar enfrentar su propio declive o su propia soledad.

​Este uso de la indiferencia es lo que hoy conocemos como “tratamiento del silencio” o “ley del hielo”, y es aquí donde se genera un daño profundo: el niño interpreta ese vacío como una señal de que sus propias necesidades son un estorbo que destruye la paz de sus padres. Al ver que su identidad causa dolor o alejamiento en quienes más ama, el hijo crece con la convicción de que su existencia frenó la felicidad de sus progenitores. Se siente una carga que debe compensar el “sacrificio” de los padres siendo perfecto o excesivamente complaciente, desarrollando una necesidad ansiosa de aprobación. Si cada vez que intentas ser tú mismo o te equivocas, tus padres se hunden en el silencio o se muestran heridos, aprendes que tu peso en la vida de ellos es negativo. Sientes que tus necesidades “frenaron” su felicidad porque ves que lidiar contigo les causa un sufrimiento que solo se cura si te anulas. Así, la gratitud se pervierte; ya no es un sentimiento libre, sino una deuda moral que impide poner límites, pues se aprende que cualquier intento de ser uno mismo conlleva el castigo de ser abandonado emocionalmente.

¿Por qué los niños de hoy se sienten huérfanos? -Fernanda Miguel

La estructura familiar contemporánea atraviesa una crisis de nitidez. En las últimas décadas, se ha transitado de un modelo de jerarquías rígidas a uno donde los roles internos se presentan más difusos. Ahora, esta transformación no responde únicamente a una redistribución de tareas domésticas, sino a una mutación profunda en la gestión del sostén emocional. El caos crece cuando los límites se diluyen y la jerarquía necesaria para el desarrollo infantil se desvanece.

​Uno de los puntos de mayor fricción es la figura del “padre amigo”. Bajo la premisa de evitar el conflicto o por el deseo de ser aceptados por sus hijos, muchos adultos renuncian a su función de guías. Llevandolo a las pantallas, este fenómeno se observa en producciones como “Lady Bird” donde la tensión evidencia la dificultad de establecer límites cuando la carga emocional se desborda, o incluso tirandolo más por una de comedia, lo encontramos en el personaje de la madre en “Mean Girls”, quien en su afán de ser copada anula cualquier posibilidad de autoridad protectora. Cuando un padre abdica de su autoridad por temor a la confrontación, deja al menor en un estado de orfandad funcional (Sergio Sinay), en donde basicamente tiene compañía, pero carece de presencia activa, guía y contención emocional.

​Esta falta de estructura deriva a menudo en la parentificación, un proceso donde los hijos terminan ocupándose de las crisis de pareja o las inestabilidades emocionales de sus padres. Esto termina por ser un robo silencioso de las etapas de desarrollo. Otro ejemplo en la ficción es el de Fiona Gallagher en la serie “Shameless”, quien asume una carga que afecta su propia identidad ante la negligencia parental. Asimismo, en la película “Marriage Story”, se observa cómo el hijo queda atrapado en el fuego cruzado de las frustraciones adultas, siendo forzado a actuar como un mediador emocional que no le corresponde.

​Cuando los roles se vuelven “líquidos” (Bauman), la sensación que prevalece es la de desamparo. “Es tan liquido que se me escapa de las manos”

La ausencia de límites claros impide que el hogar funcione como un refugio, convirtiéndolo en un espacio de incertidumbre. Para que un individuo pueda permitirse la vulnerabilidad propia de su crecimiento, requiere de un adulto que sostenga la estructura.

La libertad del desarrollo infantil va a depender entonces de la solidez de los límites que los adultos sean capaces de establecer.

Los traumas se heredan por epigenética- Osvaldo Nahas

La epigenética es el estudio de cambios heredables y reversibles en la función de los genes que no alteran la secuencia de ADN. Actúa como un interruptor (“por encima de la genética”) que activa o desactiva genes en respuesta a factores ambientales como la dieta, el estrés y el estilo de vida, moldeando cómo se comportan las células.

Los traumas generacionales, desde la perspectiva de la ciencia, los heredamos por los cambios epigenéticos. Lo curioso es que podemos heredarlos hasta tres generaciones anteriores. NO heredamos el trauma como tal, sino la vulnerabilidad o la susceptibilidad de nuestros antepasados. Ahí nace la “generación de cristal”.

Para que entiendan: tu padre te pegaba con el cinto. Esto lo que generaba era un desbalance y disparate del cortisol (conocida como la hormona del estrés), que a niveles altos es tóxico para las neuronas del hipocampo. El hipocampo es quien, entre muchas cosas, controla la memoria a corto y largo plazo y funciona como regulador emocional junto a la amígdala.

Por lo cual, si a vos te pegaban constantemente con un cinto, provoca que tu hipocampo resulte afectado, llevando a que vos luego heredes eso a tus hijos. Es decir, la generación de cristal no es más que una generación a la que le tocó heredar un cerebro que vive en estado de alerta y con un sistema nervioso que se agota rápido ante la frustración.

Ya que, aparte del cortisol, también se dispara el glutamato, el aminoácido esencial que actúa como el principal neurotransmisor excitador en el cerebro, que en altas dosis genera excitotoxicidad o, en criollo, muerte neuronal por exceso de sobreestimulación.

Y eso después deriva en que esta generación tenga más problemas de ansiedad, estrés y depresión. Porque, ¿cómo pueden controlar sus emociones si su sistema emocional ya vino fallado de fábrica?

Voy a traer un ejemplo de una serie: Steven Universe, que es una caricatura que toca muchos temas familiares y de salud mental. En esta serie hay personajes que son Gemas de Cristal, alienígenas, y Steven, el protagonista, es mitad humano y mitad gema. Este contexto es necesario.

En las gemas hay un grupo que son corruptas por un ataque que les lanzaron en una guerra. Estas gemas solo actúan por instinto, son supersensibles. Garnet, una de las gemas protagonistas, le explica a Steven en un episodio que su daño no es físico. No es como si se rompieran un brazo, sino que el daño está en el interior de su mente, donde no importa qué tan bien estén los factores afuera si lo roto está adentro.

Y todo esto se va formando y almacenando a través de la metilación, que es un proceso biológico donde el cuerpo deja pequeñas marcas químicas llamadas metilo sobre el ADN o sobre proteínas que lo organizan. Esto queda guardado en los interruptores genéticos que mencionaba antes y se heredan a la siguiente generación.

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