Del taller a los altares: así se fabrican 20 mil hostias por día en el monasterio de las Hermanas Benedictinas
Info del Estero entró para conocer cómo se fabrican, a mano y con máquinas de 50 años, las hostias que llegan a misas de la Arquidiócesis de Santiago del Estero. Además el pedido solidario para que esta tarea continúe en la provincia.

Hay una puerta en el barrio América del Sur, en Santiago del Estero que pocas personas atraviesan. Detrás de ella hay una comunidad de cuatro mujeres que sostienen una tarea de la que depende buena parte de la liturgia católica: la fabricación de las hostias que cada domingo se convierten, para miles de fieles, en el cuerpo de Cristo.
Son las Hermanas Benedictinas de clausura. Viven puertas adentro del monasterio, oran varias veces al día y trabajan las horas que quedan libres. Info del Estero visitó en exclusiva el taller y entrevistó a la superiora de la comunidad, la hermana María Mectildis, que contó cómo es el proceso de elaboración de las hostias y la campaña que llevan adelante para recolectar $17.000.000 para continuar con esta tarea.
La historia de las Hermanas Benedictinas con Santiago del Estero
Las Hermanas Benedictinas llegaron hace seis décadas a Santiago del Estero y desde entonces llevan adelante una vida marcada por dos pilares: la oración y el trabajo. “Nosotras somos monjas de clausura. Nuestra principal misión es la oración. Y al trabajo, porque vivimos de nuestro trabajo”, explica la hermana María.

No reciben un salario ni cuentan con un ingreso externo que sostenga a la comunidad. Las hostias que elaboran constituyen su principal fuente de sustento. Con ese dinero afrontan los gastos cotidianos, la alimentación, la salud, el mantenimiento del monasterio y también todo aquello que requiere el propio taller.
En el taller hay máquinas que llegaron desde Italia hace aproximadamente medio siglo. Fueron diseñadas para hacer más sencillo un trabajo que, con el paso del tiempo, se volvió cada vez más difícil.
El desgaste hizo que algunas funciones dejaran de operar. Aquella maquinaria que alguna vez permitió automatizar buena parte del proceso hoy apenas cumple una de sus funciones principales: cocinar las hostias.
El resto requiere de las manos de las hermanas. “Las máquinas con las que estamos trabajando todavía son máquinas de hace como 50 años”, cuenta María Mectildis. Con el paso del tiempo se deterioraron y cada reparación se volvió más compleja.
Una de las hermanas es quien actualmente se encarga de cocinar las hostias. Para poder sostener la producción debe trabajar con la maquinaria antigua y, al mismo tiempo, recurrir a otra herramienta manual.
Después comienza otra parte de la tarea. Hay que cortar, clasificar, embolsar y preparar los pedidos. Algunas parroquias solicitan hostias de mayor tamaño, que también deben cortarse una por una. La elaboración es, en buena medida, artesanal.
20.000 hostias por día y pedidos que llegan desde otras provincias
Lo que nació como un servicio para la Arquidiócesis de Santiago del Estero terminó cruzando fronteras provinciales. "Con los años, en algunas casas religiosas de otras provincias dejaron de hacer las hostias, entonces empezaron a llamar para ver si podíamos enviar", cuenta la superiora, que además reconoce el lazo con su tierra natal: "Generalmente de Jujuy, porque nosotras somos jujeñas, las cuatro. Después eso se fue difundiendo." Hoy el monasterio abastece, además de a Santiago, a comunidades de Jujuy, Salta, Paraná, Santa Fe, Chaco y Buenos Aires.
La producción actual ronda las 20.000 hostias por día, una cifra que a simple vista impresiona pero que, según la propia hermana, no alcanza. "Eso no es nada para la demanda. Todos los días viene alguien, lleva de a mil, de a dos mil, de a tres mil", describe. Sacerdotes, catequistas y parroquias enteras golpean esa puerta que casi nadie más conoce.
Necesitan ayuda de la comunidad para poner en marcha una nueva máquina
Una máquina nueva llegó al monasterio después de un largo proceso de gestiones. Fue donada por la congregación benedictina de los monjes de la Santísima Trinidad de Chile, mientras que los monjes de Luján colaboraron con los trámites de importación.
El viaje y las gestiones llevaron alrededor de un año y medio. Finalmente, hace aproximadamente un mes, la máquina llegó a Santiago del Estero, pero todavía no puede funcionar.

La nueva tecnología necesita un compresor de grandes dimensiones y otros elementos, entre ellos filtros destinados a proteger el equipo y contribuir a su funcionamiento adecuado.
Después de consultar distintas alternativas y enviar las especificaciones técnicas a la fábrica para verificar cuáles eran compatibles, las hermanas encontraron una opción que reúne las características necesarias.
El problema está en el precio. El compresor cuesta 17 millones de pesos. Para una comunidad cuyo principal ingreso depende de la venta de las propias hostias, afrontar ese monto resulta imposible. “Nosotros no estamos en condiciones de afrontar un gasto de ese tipo”, explica la superiora.
La situación las llevó a pedir colaboración a los santiagueños para poder completar el dinero necesario y poner en funcionamiento la nueva máquina.
Lo que se necesita:
- Compresor industrial compatible con la nueva máquina de elaboración de hostias, donada por una congregación benedictina de Chile.
- Costo estimado: 17.000.000 de pesos, sin contar filtros y accesorios adicionales.
- Quien desee colaborar pueden donar al alias ROSARIO.JUJUY.MP
El taller que sostiene al monasterio
Para entender por qué el compresor es tan importante hay que mirar más allá de la máquina. El taller no es simplemente un espacio de producción. Es el lugar del que sale el principal ingreso económico de la comunidad.
Además de las hostias, las hermanas tienen un pequeño kiosco en la vereda del monasterio donde venden algunos productos vinculados con la actividad religiosa, como vino para misa, medallas y otros artículos.
Pero la mayor parte del sustento proviene de las hostias. “De eso vivimos. Ese es nuestro ingreso, el más importante de la comunidad”, señala María Mectildis.
Las hermanas explican que llevan una vida austera y que sus ingresos alcanzan para sostener las necesidades cotidianas, aunque no permiten afrontar una inversión extraordinaria de semejante magnitud.
La falta de vocaciones sigue siendo un problema
Mientras las máquinas envejecieron, también cambió la composición de la comunidad. Hace décadas eran más las hermanas que habitaban el monasterio. Las fundadoras fueron muriendo y otras religiosas dejaron la comunidad con el paso de los años.
Actualmente son cuatro. Una de las religiosas que falleció hace tres años era, además, santiagueña y había sido la primera vocación local de las monjas.
Hoy las cuatro continúan con la misión. Pero hay una preocupación que aparece detrás de la rutina diaria: las vocaciones.
Hace años que nadie se acerca al monasterio para preguntar por la posibilidad de incorporarse a la vida religiosa. Ni siquiera, cuenta la superiora, llegan consultas por curiosidad.
La comunidad quedó reducida y el paso del tiempo plantea un interrogante sobre el futuro. “Siempre tenemos la esperanza de que vaya a venir alguien más”, dice María Mectildis.
Las hermanas todavía son relativamente jóvenes y pueden continuar con el trabajo. Pero saben que el tiempo pasa y que, con los años, aparecen problemas de salud y limitaciones que pueden dificultar la continuidad de la tarea.
Por eso la necesidad de incorporar nuevas vocaciones no es una cuestión secundaria. Está directamente relacionada con la posibilidad de que el monasterio mantenga su actividad.




