“No tenía ganas de vivir”: Valentín Yankelevich contó el infierno que vivió tras la muerte de Romina Yan
Recordó el miedo que sentía al regresar del colegio, los pensamientos de muerte que tuvo durante su infancia y cómo su abuelo Gustavo lo ayudó a salir de esa situación.

Valentín Yankelevich, hijo de la actriz Romina Yan, relató por primera vez públicamente los episodios de violencia física y psicológica que aseguró haber sufrido durante su infancia por parte de su padre, Darío Giordano, quien quedó a cargo de él y sus hermanos, Franco y Azul, tras la muerte de su madre en 2010.
En una entrevista exclusiva con la periodista Tatiana Schapiro para Infobae, el joven contó cómo fue crecer en un hogar que describió como un infierno, el miedo que sentía a diario y el proceso judicial que finalmente permitió que él y su hermano Franco se fueran a vivir con su abuelo Gustavo.
“Cuando yo tenía 10 años, 9 años, empecé a sufrir violencia física y psicológica de parte de Darío. Mi hermano también. Era un dolor incomprensible. Realmente era un infierno vivir en esa casa”, expresó.

El testimonio reconstruye una etapa de su vida marcada por la pérdida de su madre, el maltrato que describió y la búsqueda de un lugar seguro. Valentín explicó que decidió hablar para sacarse una carga que llevaba desde hacía años y para que otros chicos que atraviesan situaciones similares sepan que pueden pedir ayuda.
“Las ocho horas que pasaba en el colegio eran las mejores ocho horas del día”
Después de la muerte de Romina Yan, cuando Valentín era pequeño, Darío Giordano quedó a cargo de sus tres hijos. El joven recordó que tenía siete años cuando su familia se reunió en su casa y les comunicaron que su madre había sufrido un accidente y no iba a regresar.
Con el tiempo, al dolor por la pérdida se sumaron situaciones que, según relató, fueron todavía más difíciles de atravesar. Desde los 9 o 10 años comenzó a sufrir agresiones físicas y psicológicas que, de acuerdo con su testimonio, se repetían todos los días.
“Eran golpes, gritos, maltrato”, resumió. También describió episodios en los que su padre lo agarraba de los pelos, lo llevaba por la escalera, le pegaba y lo dejaba encerrado en su habitación. En otras ocasiones, contó, recibía la comida varias horas después, fría y apoyada en el piso.

“Las ocho horas que yo pasaba en el colegio eran las mejores ocho horas del día porque no volvía a mi casa. Yo sabía que volvía y se desataba el infierno. Era constante. Sabía que no tenía escapatoria”, recordó.
Al maltrato físico se sumaban las descalificaciones. Valentín aseguró que escuchaba frases que lo hacían sentir que no servía para nada y que nunca iba a lograr algo en su vida.
“Dentro de esa casa no”, respondió cuando le preguntaron si había alguien que lo cuidara durante ese período. “Estábamos solos”.
El joven aclaró que hablaba de su propia experiencia, aunque confirmó que Franco también atravesaba situaciones de violencia. Su hermana Azul era mucho más chica en aquel momento.
“No le digo papá porque él no cumplió ese rol”
Valentín explicó que no considera que Darío Giordano haya cumplido el papel de padre. “No, yo no le digo papá porque él no cumplió ese rol”, afirmó durante la entrevista.
Según su relato, los primeros intentos de contar lo que sucedía en su casa no encontraron la respuesta que necesitaba. Junto con su hermano, habló con sus abuelos paternos, pero recordó que recibió como contestación que su padre también estaba pasando por un mal momento y que debían comprenderlo.
“Tenía diez años, mi papá me cagó a palos”, expresó al recordar aquella respuesta.
La situación también alcanzó el espacio terapéutico. Valentín contó que, durante ese período, le relataba a su psicóloga los episodios de violencia que sufría, pero que en algunas oportunidades eso derivaba en nuevos problemas porque su padre se enteraba de lo que había contado.

“Entré en un lugar donde yo tenía la confianza para hablar, contar lo que pasaba. Yo ahí ya no tenía más lugar para hablar”, explicó. Ante la pregunta de si tenía un lugar seguro, su respuesta fue contundente: “No había lugar seguro”.
El joven también describió la diferencia entre lo que ocurría puertas adentro y la imagen que se proyectaba hacia afuera. Según dijo, le resultaba difícil pensar que otras personas pudieran creer que un padre maltrataba a sus hijos en una familia que muchos asociaban con el recuerdo y el cariño hacia Romina Yan.
“¿Quién iba a creer que un padre le pegaba a los hijos, los maltrataba?”, se preguntó.
“Llegó un momento que realmente no tenía ganas de vivir”
Uno de los momentos más duros de la entrevista fue cuando Valentín recordó el impacto que la violencia tuvo en su salud emocional durante la infancia.
El joven contó que llegó a tener pensamientos relacionados con la muerte y que, en medio de la desesperación, imaginaba que estaría mejor junto a su madre.
“Llegó un momento que realmente no tenía ganas de vivir, tuve muchos pensamientos con la muerte. Hasta decía: ‘Voy con mi mamá, voy a estar mejor que acá’. No tiene sentido seguir así”, relató.
Según explicó, ese fue uno de los puntos de quiebre que llevaron a tomar la decisión de salir de aquella casa. La situación había llegado a un límite y necesitaban encontrar un lugar donde pudieran vivir sin miedo.
La persona que finalmente los escuchó fue su abuelo Gustavo Yankelevich. Valentín recordó que los llevaba a almorzar después del colegio, por separado, y que en esos encuentros comenzaron a contarle lo que sucedía.
Junto con Franco, le pidió que los dejara vivir con él. Para Valentín, la respuesta de su abuelo fue determinante.
“Mi abuelo Gustavo me salvó la vida. Él me devolvió la vida”, afirmó.
El joven explicó que su abuelo no solo los acompañó para que pudieran salir de esa casa, sino que también les dio lo que sentía que habían perdido: amor y contención.
“Nos dio lo único que necesitábamos, que era amor. Amor y contención. Nada más”, sostuvo.

El proceso judicial y el miedo que continuó después de irse
Valentín contó que él y Franco fueron a declarar después de salir del colegio un viernes. A partir de ese momento comenzó un proceso judicial que se extendió durante varios años, hasta que su abuelo obtuvo la tenencia definitiva.
De acuerdo con su testimonio, Giordano apelaba las decisiones porque sostenía que era inocente. Mientras avanzaba el proceso, los hermanos debieron declarar ante profesionales y jueces en distintas oportunidades.
El joven también recordó las consecuencias que tuvo la disputa fuera del ámbito judicial. Según relató, su padre hablaba con madres de compañeros de colegio y sostenía que su abuelo se había llevado a sus hijos. Eso, dijo, lo hacía sentir observado y juzgado por personas que no conocían su versión de los hechos.
También contó que Giordano llegó a aparecer en la puerta del colegio, una situación que le provocaba terror.
“Me agarraba acá un coso de miedo. El miedo que yo le tenía: terror, pánico”, recordó.
Valentín aseguró que, después de irse a vivir con su abuelo, nunca volvió a tener una relación con su padre. También afirmó que no sintió una disculpa sincera por lo ocurrido y que los intentos posteriores de revinculación por vía judicial le generaban temor.
“Yo diciéndole a la psicóloga: ‘No lo puedo ver, me hace mal, me da miedo. No me pidas que me relacione con alguien que me hizo tanto daño’”, recordó sobre uno de esos encuentros.
El joven explicó que su decisión de alejarse estuvo relacionada con la necesidad de dejar atrás la violencia que había vivido.
“Mi sueño es tener una familia y darle todo lo que yo nunca tuve”
En su relato, Valentín destacó el papel que tuvo su abuelo Gustavo en su recuperación. Dijo que volver a sentirse seguro fue un proceso difícil y que necesitó mucho amor, acompañamiento y contención para empezar a mirar la vida de otra manera.
“Me costó mucho. No fue fácil para mi abuelo porque yo venía muy dañado. Pero con mucho amor, mucha contención, mostrándome que había otra vida, y que no tenés que sobrevivir, tenés que vivir”, expresó.
También reconoció que durante la adolescencia tuvo mucha bronca por lo que había atravesado. Sin embargo, aseguró que el vínculo con su abuelo lo ayudó a trabajar sobre esas emociones y a no repetir las conductas que había sufrido.
“Siempre que me preguntan cuál es tu sueño, mi sueño es tener una familia y darle todo lo que yo nunca tuve, que fue amor”, contó.
En esa comparación entre las dos figuras que marcaron su infancia, Valentín fue directo: “Tengo las dos caras de la moneda. Tengo todo lo que no hay que ser, que es Darío, y tengo todo lo que sí hay que ser, que es Gustavo. Él fue nuestro padre”.




