"El accidente más hermoso de mi vida": la historia de Nicolás Sleibe, el contador santiagueño que sobrevivió a una tragedia en el Himalaya
En la cuarta entrega del ciclo En el Caos, el contador y montañista relató su impactante odisea a más de 7.800 metros de altura en el volcánico clima del Manaslu. Entre amputaciones, resiliencia y el regreso a las bases, la historia de un hombre que se transformó en la inmensidad del silencio.

Hay geografías que parecen moldear destinos, pero también hay hombres que desafían la llanura de la que provienen. Santiago del Estero, tierra de horizontes planos y calores secos, vio nacer a Nicolás Sleibe. Contador público de profesión y reconocido por su trayectoria en el ámbito de las ciencias económicas y la función pública —donde llegó a desempeñarse como Tesorero General de la Provincia y Secretario de Economía de la Municipalidad de la Capital—, Nicolás albergaba una fascinación silenciosa e indomable: la alta montaña.
Tras conquistar cumbres icónicas como el Aconcagua (6.961 m s. n. m.), el Kilimanjaro en África y el Elbrús en Europa, en septiembre de 2022 decidió dar el gran salto de su vida hacia el Himalaya nepalí para desafiar el Monte Manaslu, la octava montaña más alta del mundo, con 8.163 metros de altitud. Lo que prometía ser el pico de su carrera deportiva terminó convirtiéndose en un verdadero descenso al infierno y, paradójicamente, en el prólogo de un renacimiento.
En el cuarto capítulo del ciclo En el Caos, conducido por Daniela García y transmitido por Info Stream, Sleibe repasó cada tramo de la tragedia y reflexionó sobre el complejo proceso emocional que lo llevó a amigarse con su nueva realidad.

La trampa de hielo en la "zona de la muerte"
A finales de septiembre de 2022, el Manaslu atravesaba una de las temporadas más inestables y trágicas de su historia reciente. Las nevadas copiosas combinadas con temperaturas inusualmente elevadas provocaron una cadena de avalanchas destructivas en las rutas superiores que se cobraron la vida de varios expedicionarios internacionales.
Pese a las señales que devolvía la montaña, el ansia de cumbre y casi 30 días de desgaste continuo empujaron a la expedición hacia los tramos finales. Nicolás ya arrastraba los efectos silenciosos de un edema cerebral producto de la falta severa de oxígeno.
Al alcanzar los 7.800 metros de altura, en plena "zona de la muerte", una violenta tormenta sepultó la visibilidad del equipo. La nieve impactando de costado le quemó las córneas, provocándole una ceguera prácticamente total. La orden por comunicación de radio fue tajante: deben regresar de inmediato.
Fue en ese instante cuando el cuerpo de Nicolás colapsó. "Cuando me doy vuelta para bajar, mi cuerpo dijo 'no puedo seguir'. No había forma, intentaba pisar y me iba", rememoró en el programa.

Separado del grupo y sin poder sostenerse en pie, comenzó a deslizarse a ciegas por una pendiente helada de 70 grados de inclinación. "Iba a una velocidad tan fuerte que no me podía frenar. En ese momento, mientras bajaba, me acuerdo patente de hablar y decir: 'Bueno Dios, este es tu plan para mí, yo lo acepto'. Lo único que esperaba era irme al precipicio".
El milagro en la roca y los lobos de la noche
Una roca providencial detuvo su caída libre. A partir de allí comenzó una dramática maniobra de rescate encabezada por guías sherpas, quienes lucharon a ciegas contra el reloj y el temporal para evitar que entrara en coma por hipotermia. Entre arrastrones y sacudidas para mantenerlo despierto, Nicolás perdió el conocimiento y su mano derecha quedó sepultada bajo la nieve.
Tras ser evacuado en helicóptero al hospital de Katmandú, la tormenta climática dio paso a la tempestad emocional. Las severas congelaciones derivaron en la amputación de los dedos de su mano derecha y graves lesiones en los pies y el rostro.
"Durante 10 noches los lobos venían a mi cama en la terapia intensiva. Venían a decirme que no iba a poder, que me iba a dar vergüenza la mirada del otro, que no me iba a acostumbrar a esta nueva vida", confesó a Daniela. Solo el recuerdo de su pequeña hija Amelia y el afecto incondicional de su entorno más íntimo lograron espantar a esos fantasmas.
La metamorfosis: amigarse con la nueva vida
A cuatro años del suceso —marcando el 28 de septiembre de 2022 como su "segundo cumpleaños"—, Sleibe no guarda rencores con la montaña ni con su propio destino. Lejos de quedar paralizado por las secuelas físicas, transformó el dolor en una empatía profunda y en un motor para impulsar el deporte adaptado y la superación personal.
"Antes mi vida iba a mil kilómetros por hora, trazaba objetivos e iba. De repente la vida me dijo 'hasta aquí, ahora tienes una nueva vida y tienes que acomodarte'. Hoy veo a alguien con una dificultad y me freno, porque yo ya experimenté la pérdida", reflexionó.

Al ser consultado sobre si se arrepentía de haber emprendido aquella expedición al lejano Himalaya, su respuesta fue contundente: "Para nada. El accidente que he tenido es de las cosas más hermosas que me han pasado en la vida. Nació una nueva versión, hoy solo me queda agradecer cada día".




