Stgo17°·19°/15°
TómbolaResultadosPróx. feriadolun 23/11· Día de la Soberanía Nacional (trasladado)DólarOficial$1.535Blue$1.555
TómbolaResultadosPróx. feriadolun 23/11· Día de la Soberanía Nacional (trasladado)DólarOficial$1.535Blue$1.555
Info del Estero
Info Especiales

El Montecito después del Polaco y el estremecedor relato de los trabajadores sobre la tarde en que lloraron los 900 perros

A más de un mes de la muerte del Polaco, visitamos el Montecito de los Canichones y escuchamos de sus trabajadores el recuerdo de aquella tarde en la que todos los perros comenzaron a llorar.

LS
Por Lourdes Suarez Torres
Hace 1 día · 16 min de lectura
El Montecito después del Polaco y el estremecedor relato de los trabajadores sobre la tarde en que lloraron los 900 perros
FotoEl Montecito después del Polaco y el estremecedor relato de los trabajadores sobre la tarde en que lloraron los 900 perros

“Loquita, disculpame, vamos a tener que dejarlo para otro día. Me salió un viaje para dar una charla y no puedo decir que no a esta oportunidad. La semana que viene tengo otros compromisos y la siguiente… no me acuerdo qué, pero algo tengo. No importa, vos tranqui, que los voy a recibir aquí y la nota la vamos a hacer".

Nadie tiene por qué saberlo, pero un gran porcentaje de las historias que queremos contar finalmente no se concretan. Por infinidad de motivos, entrevistas que quedan pendientes, encuentros que se postergan y personajes a los que siempre prometemos volver a buscar.

Pero esta es la primera vez que nos pasa que una nota que teníamos pendiente queda truncada para siempre porque su protagonista dejó este plano. Y, sin embargo, jamás nos hubiésemos imaginado la forma en la que, finalmente, algún día, conoceríamos el Montecito.

Publicidad

Esta es la crónica de una tarde en la que, sin buscarlo, terminamos en ese lugar mágico donde su presencia sigue más viva que nunca. Una tarde en la que tuvimos que estar ahí, caminarlo, escucharlo y sentirlo para entender esa mística de la que tanto se habla y que, al parecer, solo quienes pisan ese lugar pueden llegar a comprender.

Bienvenidos a Narnia: donde cada perro tiene su lugar

Llegamos de la mano de Martín Cabral, integrante del equipo de guardavidas, gran amigo de El Polaco y hoy parte del equipo operativo designado por la comisión directiva. Su tarea es ir todos los días hasta el predio, acompañar a los muchachos que trabajan allí y atender las necesidades de quienes habitan este enorme refugio: alrededor de 900 perros que forman parte de la historia que construyó el Polaco, y el lugar en el que aún lo esperan para que sus restos descansen en paz.

Queríamos conocer ese lugar del que tanto escuchamos hablar, ponerles rostro a quienes continúan con la tarea y entender cómo se sigue adelante después de perder a alguien que no solamente fundó un refugio, sino que hizo de esa misión una forma de vida.

Lo que no imaginamos es que, entre tantas historias, terminaríamos escuchando una que todavía les cuesta contar sin volver a ese momento.

Lo primero que hay que entender del Montecito es que no se trata de un patio enorme en el que los perros corren libremente ni de un lugar donde alcanza con llenar los tachos de comida y agua para que todo funcione.

Aquí, donde “no se rinde nadie“, hay sectores, galpones y caniles. Cada grupo tiene sus particularidades, sus necesidades y su historia. Hay perros que llegaron juntos, otros que no pueden convivir con determinados animales y muchos que requieren cuidados especiales por su edad, sus discapacidades o las condiciones en las que fueron rescatados.

Mientras caminamos, tres de los siete trabajadores que actualmente sostienen las tareas diarias nos explican cómo se reparten el trabajo. Uno se ocupa del patio central, de los recipientes de agua y de la comida; otro tiene a su cargo el geriátrico, donde viven los perros mayores y “los discas“, aquellos que tienen dificultades para desplazarse.

La mañana es la parte más intensa: hay que limpiar, cambiar mantas mojadas (y lavarlas), alimentar, reponer agua, curar heridas y administrar medicamentos. Después del mediodía, el ritmo cambia un poco, pero siempre hay algo que revisar.

Cuando preguntamos si existe un sector destinado a los perros malos, la respuesta es inmediata: no hay perros malos, nos aclaran. Hay grupos que no pueden convivir con otros, animales que se criaron juntos y que permanecen en sus propios espacios. La organización responde a sus vínculos y necesidades.

En uno de los sectores hay un canil de contención donde permanecen los perros recién rescatados mientras se acostumbran al ambiente. La adaptación es progresiva, con salidas controladas hasta que pueden integrarse al resto.

Cada detalle tiene una razón. Y cada razón, una historia detrás.

El geriátrico: cuando cuidar significa hacer las cosas de otra manera

Uno de los sectores que visitamos, la cabaña, es el que los muchachos llaman el geriátrico. Allí viven los discas, perros mayores y animales con discapacidades que necesitan cuidados diferentes.

La jornada comienza con la limpieza, el retiro de las mantas húmedas y el recambio por otras secas. Cerca de las 11 llega la comida, pero tampoco acá todos comen lo mismo ni de la misma manera.

Algunos tienen dificultades para masticar y reciben alimento más blando o comida húmeda. Otros necesitan que los trabajadores se acerquen con paciencia para ofrecerles agua y comida. Los recipientes también son más bajos para aquellos que tienen problemas para desplazarse.

Cuidar a 900 perros no significa repetir la misma tarea una y otra vez. Significa conocerlos, reconocer sus necesidades y aprender a detectar cuándo algo no anda bien.

Por eso, cuando preguntamos cuál es el trabajo más difícil del refugio, esperamos que nos nombren la limpieza, la alimentación o las curaciones.

Nos equivocamos.

—Eso es lo mejor —responden cuando mencionamos el momento de darles de comer.

Uno de los muchachos cuenta que hay días en los que llega a su casa y no ve la hora de que amanezca para volver al Montecito.

—Cuando hacés algo que te gusta, nada es difícil. Aquí te olvidás de todo, de los problemas, de las preocupaciones.

Claro que el trabajo es agotador. Basta pensar en la cantidad de animales y en la responsabilidad de atenderlos todos los días. Pero ellos no lo viven solamente como una obligación. Hay un vínculo que construyeron con los perros, una satisfacción en verlos mejorar y la certeza de que, para muchos, el Montecito es el primer lugar donde pudieron estar a salvo.

Los tres trabajadores también adoptaron animales del refugio. Uno de ellos tiene tres; los otros también se llevaron perros a sus casas.

—Si pudiéramos llevar todos, llevaríamos todos —admiten.

Pero no se puede. Y por eso es tan importante que el refugio siga funcionando.

El Polaco les enseñó hasta a reconocer a cada perro

Hay algo que los muchachos recuerdan con una mezcla de cariño, nostalgia y humor: el Polaco quería que aprendieran los nombres de los perros.

No era una sugerencia. Era parte del trabajo.

Les enseñaba durante varios días y después los ponía a prueba. Si les pedía que fueran a buscar a un animal, tenían que saber cuál era. Y si se equivocaban, parece que el Polaco no era precisamente de los que se quedaban callados.

Uno de los trabajadores recuerda especialmente el caso de Rogelio, uno de los perros más viejos del refugio, que había llegado desde Bandera junto al Polaco.

Después de varios días de explicaciones, llegó el momento de demostrar que había aprendido la lección.

—Traeme a Rogelio —le pidió.

El muchacho salió a buscarlo y volvió con un perro enorme, pero no era Rogelio.

El Polaco, que estaba sentado, no tardó en hacérselo saber. Los trabajadores recuerdan la escena entre risas: una semana de enseñanzas y todavía había que volver a empezar.

Pero aprendieron. A fuerza de repetir nombres, reconocer caras y prestar atención, fueron incorporando ese conocimiento que hoy les permite moverse por el predio con una familiaridad que desde afuera cuesta dimensionar.

El Polaco sabía reconocer a muchísimos perros y podía nombrarlos uno por uno. Ellos aprendieron a identificar a buena parte de los animales, aunque reconocen que él tenía una capacidad especial para hacerlo.

Mientras los escuchamos contar estas anécdotas, la ausencia vuelve a aparecer en la conversación.

Porque el Polaco no era solamente quien organizaba el trabajo o les enseñaba cómo hacer las cosas.

—Más allá de que era nuestro patrón, ya era como un amigo para nosotros —nos dicen.

Recuerdan que les tendía una mano cuando lo necesitaban y que, incluso cuando pasaba buena parte del día afuera haciendo rescates, encontraban en él a alguien con quien podían contar.

Por eso, cuando les preguntamos qué es lo que más les cuesta desde que murió, no mencionan las tareas que tuvieron que sumar ni la responsabilidad de sostener el lugar entre menos personas.

La respuesta es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más difícil: llegar y no verlo.

La tarde del accidente: «Desde el fondo hasta la puerta, todos lloraban»

Hay una parte de la charla en la que dejamos de pensar en las preguntas que teníamos preparadas.

Hasta ese momento, los muchachos nos habían contado cómo se organizan, cómo cuidan a los perros y cómo aprendieron a trabajar junto al Polaco. Pero cuando les preguntamos por aquella tarde, la conversación toma otro rumbo.

Queremos saber si es cierto lo que se comentó en las redes sociales sobre los perros y una supuesta zona del Montecito a la que habrían ido a llorarlo después de su muerte.

Uno de ellos empieza a explicar que no fue exactamente así. No hablan de un lugar al que los animales se hayan dirigido especialmente ni de algo que hayan visto después de conocer la noticia.

Lo que recuerdan ocurrió antes.

Era alrededor de las tres y media o cuatro de la tarde del día del accidente. El Polaco acostumbraba avisarles cuando estaba por llegar al refugio. Como en el predio hay poca señal, esos mensajes eran importantes. Si venía en la camioneta, tenían que encerrar a los perros más pequeños para evitar que el vehículo los lastimara al ingresar.

Pero esa tarde no hubo mensaje.

—Él siempre nos avisaba: «Che, changos, a tal hora llego» —recuerdan.

No sabían dónde estaba ni por qué no había avisado. Mientras tanto, seguían con las tareas de todos los días.

Hasta que empezaron a llorar los perros.

No uno, ni dos, ni los que estaban más cerca de la entrada. Según cuentan, el llanto se extendió por todo el predio.

—Ese día era desde el fondo hasta la puerta, todos, todos. No había un perro que no haya llorado.

Nos quedamos pensando en la escena. Cientos de animales en distintos sectores del Montecito, llorando al mismo tiempo, mientras los trabajadores intentaban entender qué estaba pasando.

Aclaran que no era algo que no hubieran escuchado nunca. Los perros lloran, se inquietan y reaccionan ante distintos estímulos. Pero aquella vez fue diferente, insisten. No se peleaban ni ladraban como en otras ocasiones. Lloraban y seguían llorando.

Calculan que estuvieron así alrededor de media hora.

¿Y ellos qué pensaban? ¿Qué imaginaban mientras escuchaban ese sonido que llegaba desde todos los rincones del refugio?

No tenían una respuesta.

Estaban trabajando, llenando los tanques, ocupándose de la rutina. Todavía no sabían nada del accidente.

Hasta que llegó un mensaje.

Un amigo del Polaco intentaba comunicarse para contarles lo que había ocurrido. Uno de los muchachos recuerda que no habían visto las llamadas porque estaban ocupados con los tanques de agua. Cuando finalmente se enteraron, todo cambió.

—Ha sido un baldazo de agua fría —dicen.

El hombre que había fundado el refugio, el que salía a rescatar perros, el que conocía los nombres de los animales y el que les había enseñado a trabajar allí ya no iba a volver.

Y entonces, inevitablemente, volvieron a pensar en lo que acababan de escuchar. En ese llanto que había empezado sin que ellos supieran nada.

No nos cuentan una explicación sobrenatural. Tampoco pretenden tenerla. Lo que tienen es el recuerdo de una tarde que quedó marcada para siempre: la ausencia de un mensaje, los perros llorando durante aproximadamente media hora y la noticia que llegó después.

Quizás nunca sepan por qué sucedió de aquella manera. Quizás ese sea uno de esos episodios que, con el paso del tiempo, se vuelven imposibles de separar de la persona que ya no está.

Pero cuando uno los escucha contarlo, entiende por qué no lo olvidaron.

Después de la noticia, había que seguir

No hubo demasiado tiempo para quedarse quietos.

Los perros seguían ahí. Había que organizar los turnos, repartir las tareas y decidir cómo sostener el trabajo que hasta entonces compartían con el Polaco.

Freddy, que llevaba muchos años en el refugio y tenía experiencia en las guardias nocturnas, decidió quedarse durante la noche. Los otros tres trabajadores se organizaron para cubrir el día y también asumir las tareas que antes realizaba él.

Fue una decisión que tuvieron que tomar sobre la marcha.

—No quedaba otra que organizarnos entre nosotros —explican.

El trabajo no podía detenerse. No porque el dolor fuera menor que cualquier obligación, sino porque había cientos de animales que dependían de ellos.

Así empezaron a repartirse las responsabilidades. Lo que antes hacían con el acompañamiento del Polaco, ahora debían resolverlo entre los que quedaban.

—Sacudirse y seguir, como se dice —resume uno de ellos.

Hasta ahora vienen funcionando bien, aseguran. Conocen el refugio, saben cuáles son las tareas que no pueden esperar y tienen experiencia suficiente para atender a los perros.

Lo que no pueden reemplazar es a la persona que estaba antes.

—Polaco había uno solo —dicen. La frase no necesita demasiadas explicaciones.

Adopciones, donaciones y un pedido a la comunidad

En medio de la recorrida aparece una pregunta que seguramente muchos se hacen: ¿cómo hacen para no encariñarse con tantos perros?

La respuesta es que no pueden evitarlo. Los trabajadores también adoptaron animales del refugio y hablan de ellos como parte de sus familias. Pero saben que no alcanza con querer llevarse un perro a casa: hay que poder cuidarlo, alimentarlo y garantizarle una vida adecuada.

Por eso, explican, las adopciones incluyen un seguimiento. Primero se averigua dónde vive la persona interesada, cuáles son sus condiciones y si cuenta con los recursos necesarios para hacerse cargo del animal. Después de la entrega, se solicitan fotos y videos para saber cómo está en su nuevo hogar.

Según los muchachos, se están concretando alrededor de 60 a 65 adopciones. Cada una representa una oportunidad, pero también una responsabilidad.

El refugio, mientras tanto, necesita recursos permanentes para alimentar y atender a los cientos de animales que siguen allí.

Cuando les preguntamos qué mensaje le darían a la comunidad, la respuesta es directa:

—Que sigan donando, que sigan ayudando, porque gracias a ellos esto es posible.

También expresan su malestar por los comentarios y las acusaciones que, según cuentan, circulan en las redes sociales sobre lo que sucede dentro del predio. Dicen que leen publicaciones que consideran falsas y que les duele que se ponga en duda el trabajo que realizan.

No quieren entrar en discusiones interminables, pero piden que la gente no se deje llevar por cualquier versión y que busque información responsable.

Su pedido vuelve al mismo lugar: que las donaciones continúen y que las adopciones se realicen con responsabilidad.

Porque los perros no pueden esperar a que terminen las discusiones.

El Montecito sin el Polaco

Antes de irnos, volvemos sobre una pregunta que atraviesa toda la charla: cómo se sienten ahora, con la nueva organización y con la comisión directiva a cargo de acompañar el funcionamiento del refugio.

Dicen que están tranquilos, que trabajan bien y que intentan sostener las cosas como se hacían cuando el Polaco estaba presente.

Pero hay una diferencia que no pueden disimular.

Durante el día, él muchas veces estaba afuera, recorriendo lugares, haciendo rescates o buscando otros animales que necesitaban ayuda. No siempre compartían toda la jornada con él. Sin embargo, sabían que estaba ahí, que podían contar con su presencia y que, si necesitaban algo, podían acudir a él.

Ahora llegan y no lo encuentran.

Les preguntamos también si les hubiera gustado que sus restos descansaran en el Montecito, un lugar que construyó y al que dedicó buena parte de su vida. Los muchachos dicen que sí, porque recuerdan que él mismo les había manifestado ese deseo, como lo hizo en el audio que le mandó a una colega rescatista y que salió a la luz días atrás. Pero reconocen que la decisión corresponde a su familia, y la respetan.

No hay reproches en sus palabras. Hay cariño, respeto y la sensación de que todavía quedan muchas cosas por acomodar después de una pérdida tan grande.

Una tarde para entender la mística

Cuando salimos del Montecito, volvemos a pensar en aquella nota que quedó pendiente.

En el mensaje del Polaco, en sus compromisos, en la promesa de recibirnos otro día y en esa frase que parecía tan sencilla: «Vos tranqui, que los voy a recibir aquí y a la nota la vamos a hacer».

No sabíamos que ese encuentro ya no iba a suceder como lo habíamos imaginado.

Tampoco sabíamos que terminaríamos llegando al refugio de otra manera, de la mano de Martín, para conversar con quienes compartieron la vida cotidiana con él y hoy sostienen buena parte de su legado.

No sabemos si alguna vez podremos entender del todo por qué cientos de perros lloraron durante aproximadamente media hora antes de que los trabajadores recibieran la noticia del accidente. Sería fácil convertir ese episodio en una explicación extraordinaria, pero preferimos quedarnos con lo que ellos vivieron y con la huella que dejó en su memoria.

A veces, una crónica no consiste en encontrar todas las respuestas. Sino en escuchar, mirar con atención y contar lo que pasó sin quitarle a la historia aquello que la vuelve humana.

El Montecito tiene algo difícil de explicar. Quizás sea la cantidad de vidas que encontraron refugio allí y lo convirtieron en hogar. Quizás sea la marca de una persona que convirtió el rescate animal en el centro de su existencia. O quizás sea, sencillamente, la suma de todas esas historias que continúan mientras alguien limpia un canil, sirve la comida o se agacha para acariciar a un perro que necesita atención.

Fuimos a hacer una nota que habíamos postergado. Terminamos escuchando una historia que no sabíamos que necesitábamos conocer.

Y ahora entendemos un poco mejor por qué quienes pisan ese lugar hablan de su mística. Porque el Polaco ya no está, pero su ausencia no es lo único que quedó de él.

También están los perros, como la Melli y la Isa. Están los muchachos que aprendieron a cuidarlos. Está el trabajo que continúa, incluso en los días difíciles. Y está ese lugar al que, cada mañana, alguien vuelve para abrir las puertas y empezar otra vez.

Quizás de eso se trate, finalmente, mantener vivo un legado: no de intentar ocupar el lugar de quien se fue, sino de cuidar aquello que dejó en manos de los demás.

Compartí esta nota

Seguí Info del Estero en WhatsApp

Recibí las noticias de Santiago del Estero en tu teléfono

Unirme al canal

Te puede interesar

Ver todo
Publicidad
Info del Estero
Noticias de Santiago del Estero