Por Omar Estanciero
Cuando Peter Felker llegó a Santiago del Estero, a comienzos de la década del 80, no imaginaba que ese paisaje seco, áspero y generoso a la vez terminaría marcando el rumbo de su vida profesional y personal. Científico estadounidense, doctor en Fisiología y Bioquímica Vegetal y con un posdoctorado en la Universidad de California, encontró en el algarrobo no solo un objeto de estudio, sino una causa a la que dedicarle más de medio siglo de investigación y trabajo sostenido.
El interés de Felker por la algarroba —prosopis alba— nació desde la ciencia, pero rápidamente se transformó en una convicción profunda. Investigó sus propiedades nutricionales, su valor como superalimento y su potencial para reemplazar harinas tradicionales en la industria alimenticia. Con el tiempo, también comprendió su rol ambiental: “el algarrobo fija nitrógeno, mejora la calidad del suelo, contribuye a la agricultura regenerativa y actúa como aliado clave en la captura de carbono, ayudando a mitigar el calentamiento global”, cuenta en una extensa charla con La Mañana de Info.
Afincado definitivamente en Santiago desde 1980, tras casarse con una santiagueña, Felker sostiene que la provincia posee la mejor variedad de algarrobo del mundo. “Santiago tiene que estar orgulloso de esta riqueza”, afirma, convencido de que el algarrobo local —a diferencia de otros presentes en Latinoamérica, África o Asia— no tiene espinas y ofrece una harina superior en sabor y aroma, incluso más rica que la que hoy se produce en España”.

Con esa certeza, el investigador dio un paso más y se convirtió en empresario. Así nació Casa de Mezquite, un proyecto industrial que lleva más de dos décadas apostando a la elaboración de harina de algarroba de alta calidad desde la capital de Santiago del Estero.
Su gran lucha es clara: “quiero exportar este producto al mundo mientras Argentina continúa importando una harina similar, pero de menor calidad, desde Europa”.
El sueño de Felker va más allá de la exportación. Su mayor ambición es que la industria alimenticia argentina incorpore la harina de algarroba santiagueña en productos cotidianos como galletas, chocolates y panificados. En Estados Unidos, explica, ya es habitual la mezcla de un 50% de cacao con un 50% de harina de algarroba en productos gourmet, una combinación que reduce costos, baja la huella de carbono y ofrece nuevos perfiles de sabor.
“El algarrobo es un tesoro que muchos aún no han descubierto y está en Santiago”, repite. Sustituir el cacao importado por algarroba local no solo sería más económico, sino también más sustentable, al disminuir gastos de flete, aduana y emisiones asociadas al transporte internacional.
El camino, reconoce, no es sencillo. El posicionamiento del producto avanza lentamente, condicionado por hábitos de consumo arraigados y cierta resistencia a lo nuevo. Sin embargo, Felker no baja los brazos. “Cuesta, pero sigo adelante”, asegura, convencido de que desarrollar un mercado competitivo permitirá comprar más toneladas de vainas, producir más harina y fomentar una industria que crezca desde Santiago hacia el país y el mundo.
Así, con mucha perseverancia, un empresario que no nació en esta tierra insiste en un sueño que tiene raíces profundas: convertir a Santiago del Estero en un gran centro de promoción de la algarroba y cambiar, desde aquí, los sabores y aromas de la alimentación global.
