**Por Melissa Ramírez
A casi tres décadas del asesinato de José Luis Cabezas, el 25 de enero de 1997, el fotoperiodismo argentino vuelve a mirarse a sí mismo. La fecha, que dio origen al Día del Reportero Gráfico, no es una celebración sino un recordatorio permanente de los riesgos del oficio y del valor de la imagen como herramienta periodística.
En ese contexto, Eduardo Emilio Rapetti Salik,reportero gráfico santiagueño con más de 20 años de trayectoria, reflexionó sobre el presente de la profesión, la memoria de Cabezas y el ejercicio cotidiano del fotoperiodismo en la provincia.

Rapetti (socio ARGRA 2682), de 43 años, se dedica a la fotografía de prensa desde hace dos décadas. Durante diez años integró el staff de corresponsales de la Agencia Nacional de Noticias Télam, hasta su cierre en 2024, y actualmente trabaja de manera freelance. Para él, el reportero gráfico “es un periodista que va a contar historias con imágenes y muy poco texto”. Y agrega una definición que resume su mirada: “Mientras menos texto tenga una foto, la imagen va a resaltar y va a contar el hecho por sí sola”.
Desde su experiencia, ser reportero gráfico implica estar en alerta permanente, remarcó. “Es ver más allá de lo que la gente común puede ver. El instinto se va puliendo cada vez que mirás algo con ojos de fotógrafo: el encuadre, la iluminación, saber dónde pararte”.

En ese sentido, destacó el carácter irrepetible de la imagen: “Es un clic menor a un segundo. Hay situaciones que no se van a volver a repetir. No hay dos fotos iguales, ni del mismo reportero, ni de dos reporteros distintos, porque cada imagen es una composición personal”.

Esa mirada se construye con el tiempo y con formación cultural: “Un reportero tiene que tener una cultura de lectura, de cine, de haber visto muchas fotos, de haber escuchado mucha música. Todo eso hace al contenido previo que nos permite elaborar una pieza única”.

Cabezas, una bandera para todos en este oficio
El Día del Reportero Gráfico tiene un peso particular para quienes ejercen la profesión. “En Argentina se conmemora por la muerte de José Luis Cabezas, en un hecho trágico. No fue una muerte común, sino que fue asesinado por haber hecho fotos”, recordó Rapetti. Y describió sin rodeos lo ocurrido en Pinamar: “Un grupo de policías lo secuestró desde una fiesta, lo llevó a La Cava, lo torturaron, le dispararon y prendieron fuego su auto con él dentro”.
Sobre esto, su reflexión es contundente: “Me gustaría que no existiera el Día del Reportero Gráfico si para ello teníamos que esperar que suceda algo sin precedentes en democracia, algo que jamás tendría que haber pasado”.

A casi 30 años, Cabezas sigue presente en la memoria colectiva del oficio. “Está en cada uno de los colegas que realizamos fotoperiodismo. Hoy es una bandera que llevamos a diario. No debemos permitir jamás un nuevo atropello a la actividad”, afirmó. Aun así, Rapetti advirtió que los riesgos siguen vigentes: “El colega Pablo Grillo sufrió en carne propia el atropello por parte de las fuerzas de seguridad durante una manifestación. Son situaciones que nos hacen vivir en alerta”.
Rapetti no duda en afirmar que el asesinato de Cabezas marcó un antes y un después en el periodismo argentino. “Durante la última dictadura decenas de periodistas perdieron la vida o quedaron desaparecidos. Pero ya en democracia, encontrarnos con un caso donde asesinan a un fotoperiodista por hacer su trabajo nos hace preguntarnos hasta dónde nos jugamos por el oficio”.

El fotoperiodismo en Santiago del Estero
En el plano local, Rapetti define su trabajo como “una actividad solitaria”. “La esencia de un buen fotoperiodista está en pasar lo más desapercibido posible para lograr una imagen documental. No me gusta que me molesten mientras trabajo. Pretendo que la imagen hable por sí sola”, sostuvo.
Reconoce, sin embargo, que muchas veces la tarea no es valorada como corresponde. “Se le exige mucho al fotoperiodista: es el que siempre está en el lugar de los hechos. No se puede hacer una foto con lo que una fuente te contó por mensaje o por teléfono”.

Entre las particularidades de trabajar en Santiago, destaca el compañerismo y las facilidades para el acceso a determinados espacios.
“Somos pocos reporteros gráficos y nos conocemos. Hay colegas muy solidarios. Además, hay mucha libertad para trabajar y menos protocolos que en otros lugares”, ejemplificó al recordar el seguimiento fotográfico que realizó de la construcción del Estadio Único desde sus inicios hasta la inauguración, sin nigún tipo de complicaciones.

Riesgos, cambios y desafíos
Aunque aseguró que nunca sintió miedo ni recibió amenazas, Rapetti reconoce que el riesgo existe. “He estado en manifestaciones y juicios de lesa humanidad. Me he peleado verbalmente con abogados, familiares de acusados, policías y gendarmes. El riesgo está en que el golpe puede venir de cualquier parte”.
En cuanto a los cambios en la profesión, es crítico del impacto de las redes sociales y los celulares: “Los dispositivos con cámara e internet le han quitado calidad al fotoperiodismo. Estoy en contra de publicar cualquier rastro de luz solo por llegar primero”, afirmó. Y en ese sentido, mencionó al llamado “periodismo ciudadano”: “Ha precarizado la tarea. Nos estamos acostumbrando a ver fotos mal encuadradas, desenfocadas y sin luz”.

Aun así, remarcó la diferencia clave: “Hoy todos tenemos una cámara en el bolsillo, pero el reportero gráfico tiene un plus: conoce la técnica, la luz, el encuadre. Contar una historia con una imagen no es lo mismo que sacar una foto”.

Vocación y compromiso
Nieto e hijo de fotógrafos, Rapetti creció entre cámaras. Su acercamiento al fotoperiodismo comenzó en los recitales, buscando retratar a sus ídolos del rock nacional. Con el tiempo, el oficio se volvió una forma de vida. “Somos fotoperiodistas todos los días del año, a toda hora. Nunca sabés con qué te vas a encontrar”.

Si tuviera que definir su trabajo en una palabra, no duda: “Compromiso”. Y a quienes sueñan con ser reporteros gráficos, les deja un mensaje claro: “Que estudien su herramienta, que practiquen mucho, que lean, que miren cine, que escuchen música y que cierren los ojos para imaginar la foto que quieren lograr”.
A 29 años del crimen de José Luis Cabezas, el testimonio de Rapetti confirma que el fotoperiodismo sigue siendo una trinchera de memoria, mirada y verdad. Y que cada imagen, aunque dure menos de un segundo, puede decirlo todo.
