*Por Silvina Gómez
Era 2022 cuando Juana me recibió para hablar, por primera vez, de esta historia. En 2026, en el marco de la Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto volví a comunicarme con su familia para anticipar la publicación de este reportaje. “La memoria y la verdad de los hechos históricos buscan concientizar para evitar las atrocidades de los gobiernos facistas”, fue la reflexión que anticipó lo que van a leer en exclusiva este 27 de enero de 2026.
Ivancovich es el apellido de Juana y aunque pasó la mayor parte de su vida en Tintina (departamento Moreno), pocos saben que es una sobreviviente de uno de los hechos más atroces de la historia conocido como el Holocausto o por su término hebreo, Shoá. Se conoció así a la persecución y aniquilación sistemática de los judíos europeos por parte del Estado alemán nacionalsocialista y sus colaboradores.
Juana tenía 4 años cuando la rescataron de un Campo de Concentración. Era el final de la Segunda Guerra Mundial y pese a su corta edad recuerda que el lugar en el que la tenían nevaba. “Hacía mucho frío, y no tengo noción de cuánto tiempo estuve ahí. Recuerdo que era un lugar descampado y que había otras chiquitas también“, rememora.

“Un día nos sacaron. No sabíamos qué iba a pasar. Vinieron unas personas vestidas con una capa y tenían una cruz roja en el pecho. Nos cambiaron de ropa, nos pusieron en un lugar calentito y después nos llevaron a otro lugar”, cuenta sobre cómo fue el rescate por parte de la Cruz Roja Internacional.
En lo que en una película sería un elipsis, la vida de la pequeña Juana continuó sin que volviera a tener contacto con sus padres o alguien de su familia. El régimen nazi le arrancó su historia, y tuvo que comenzar de cero a miles de kilómetros de su lugar de nacimiento: Varsovia (Polonia).
Segundo nacimiento
“A los 14 años estaba en el orfanato. Recuerdo que me llaman y me dicen que me iban a contar la historia de cómo fue que llegué ahí, pero no hablábamos el idioma, no sabía el significado de las palabras. Pasé años sin hablar”, recuerda sobre sus días al otro lado del mundo: Argentina.
Dormía (lo poco que podía), pero no sabía dónde, ni cómo, ni con quienes estaba. “Un día nos citan y fuimos las que éramos de la misma edad y en una pizarra nos dibujaron un barco y ahí nos avisan que estábamos en Argentina, que ya no había guerra y que (Juan Domingo) Perón nos había dejado entrar al país”, explica.
“No nos permitían andar en grupos, siempre nos mantenían separadas, y no sabíamos el idioma”, cuenta sobre sus días en un lugar que era un refugio coordinado por la Cruz Roja.

A los 22 años, ya entendiendo un poco más del idioma, las llevaron a la Casa Rosada para que soliciten ser ciudadanas argentinas. “Pero Perón nos dijo que ‘los judíos no eran permitidos en Buenos Aires’. No podíamos ir a la escuela, no teníamos documentos… Antes de la reunión nos dijeron qué debíamos decir pero Perón nos dijo ‘no’, y que no permitían judíos ‘porque era aliado de los Alemanes’. Después de esa reunión nos llevaron de nuevo al orfanato y llegó un momento que no tenía noción de los años que tenía”, explica sobre su estadía en el país.
No estaban solo como refugiadas, en ese tiempo las hacían preparar insumos para la guerra. “Con gasas preparábamos los cascos, también ampollas de un medicamento muy fuerte. Atrás del casco había dos botellitas, dos frasquitos chiquitos que se enganchaban y había una jeringa. Otras cajas tenían una gasa con alcohol. Eso preparábamos nosotras, estábamos ocupadas todo el día. Ahí entendimos que la Cruz Roja Internacional nos había traído aquí y trabajábamos para ellos”, recuerda.
Pero eso un día se terminó. “Un día se fueron todos del orfanato y quedé sola, sin saber qué hacer porque nunca me había manejado sola. No había andado por la ciudad, solo estaba en una casa muy grande con quinta hasta que me pasaron al colegio de monjas”.
“Yo lloraba todo el día porque no entendía nada, no me podía expresar”, dice Juana, hoy en un español completamente fluido que en ese momento era un idioma aún desconocido.
Aunque no sabe precisar el año, se sabe aún muy joven cuando un matrimonio que la vio en el convento le consultaron a las monjas qué hacía ella ahí y la “pidieron” para que trabaje en su casa. “Era un matrimonio muy religioso. Ayudaban mucho a las personas, no tenían hijos y me llevaron. Ya era grande y me pusieron un maestro particular para empezar a hablar. Ahí dejé de llorar cuando me enseñaron a hablar. Aprendí a hablar con ellos, a los 25 años aproximadamente”, cuenta.

Lo único que le quedaba de su historia pasada era una cadena con una chapa en el cuello. “La tuve desde que me rescataron hasta el orfanato. Ahí estaba anotada toda mi identidad”, reconoce. Esto es algo que también quedó atrás cuando la llevaron al Registro Civil de la provincia de Córdoba donde la anotaron como ciudadana argentina.
“Un juez de paz al que no le podíamos preguntar nada me cortó la chapa con una pinza, ahí tradujeron mi nombre del polaco al español, así que no sé cuál era mi nombre original. También me cambiaron la fecha de nacimiento al 30 de mayo que es cuando nació Juana de Arco. Yo rechazo el nombre pero no recuerdo el nombre con el que me llamaban de chica. No sé como era el nombre de mis padres y tampoco recuerdo mi nombre real”, cuenta.
Juana decidió dejar atrás la historia de su primera infancia. Nunca quiso y no dejó a su familia buscar a los que quedaron en Polonia.
“La vida a mi me quitó todo, me castigó un montón”
“No quiero regresar a Polonia porque tengo miedo de lo que me pueda encontrar. Me acostumbré a la soledad, a hacer silencio, a no preguntar. Crie a mis hijos con la religión católica porque mientras estaba con ellos tenía que hacer que crean en alguien. Eso lo aprendí en el convento, y después los que me adoptaron eran católicos, muy creyentes, daban todo para las monjas, para los huérfanos, siempre las navidades eran fabulosas”, explica.
Tercer y último nacimiento de Juana: su llegada a Tintina
Cuando pasó del institucionalismo religioso a una casa familiar, Juana tuvo más libertad. Dejó de trabajar 24/7 para la Cruz Roja y una sobrina del matrimonio que la había adoptado le enseñó a recorrer la ciudad.
“No podía cruzar la calle porque a todo le tenía miedo, pero ella me enseñó”, dice. En ese tiempo visitaron una casa donde conoció a quien iba a ser su marido y padre de sus hijos. Tenía unos 30 años cuando se pusieron de novios. “Me costó mucho porque nunca había salido con un hombre”, remarca. Actualmente no están juntos, pero fueron padres de dos hijos: un varón y una mujer (ya fallecida).
Llegó a Tintina en el año 1974, en medio de uno de los diluvios más importantes de la ciudad: llovió durante 14 días. “Me trajeron en una avioneta de un aviador civil que también era polaco, de apellido Delibasich”, contó.
Los primeros años fueron duros. Era empezar de nuevo. “Pasaba noches sin dormir y caminaba y caminaba ahí, al frente del ferrocarril. Vivía en una casa antigua, alta. Cuidaba a mis hijos”, y así fue forjando su vida. Hoy, Juana tiene 86 años y es una sobreviviente y su historia es un llamado de atención sobre el sufrimiento que infligen los autoritarismos.
Recordar la historia para no repetir los errores del pasado debería ser el primer mandamiento de la humanidad que a 81 años del final del nazismo no se conmueve ante la matanza de niños o mira para el costado cuando asesinan a migrantes amparados en leyes que de humanas tienen muy poco.
