“Una elección terrible”, dijo Donald Trump, quien seguirá el partido desde Mar-a-Lago y que, cuando Bad Bunny —reciente ganador del Grammy— suba al escenario del Levi’s Stadium de Santa Clara, en California, optará por aplaudir en streaming la música country de Kid Rock, elegido por la organización de Turning Point USA, liderada por Charlie Kirk, para un espectáculo alternativo de inspiración Maga.
La elección de Bad Bunny para el entretiempo refleja el interés de la NFL por ampliar su audiencia más allá de las fronteras estadounidenses, aunque la reacción de los sectores conservadores mostró que a parte del público no le agrada compartir el evento con el resto del mundo.
Para muchos estadounidenses —no solo en el universo Maga— el Super Bowl sigue siendo un acontecimiento nacional-popular donde sobreviven el patriotismo de las banderas y los himnos en una época marcada por profundas divisiones.
“Creo que al Super Bowl deberían asistir solo ciudadanos respetuosos de la ley que amen este país”, había afirmado la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, en la misma entrevista en la que, en octubre, anunció que agentes del ICE patrullarían el estadio. La NFL lo desmintió, pero la población de Santa Clara —donde cerca de la mitad de los habitantes no nació en Estados Unidos— manifiesta una clara preocupación.
Este año, los favoritos son los Seattle Seahawks, y la expectativa es altísima por el regreso a la final de los New England Patriots, un nombre que para toda una generación de aficionados es sinónimo de Tom Brady, el mariscal de campo que llevó seis veces el codiciado trofeo a Boston.
Mucho más que un partido
Pero el Super Bowl es mucho más que el partido. Es el ritual colectivo más grande de la televisión estadounidense, seguido el año pasado por 125 millones de espectadores. Familias, amigos y colegas organizan fiestas, cenas y maratones de snacks: alitas de pollo, nachos, pizza, salsas y cerveza en abundancia.
Más allá del deporte, capturan la atención los avisos publicitarios de millones de dólares, a menudo más esperados que el propio juego: este año parten de US$8 millones por 30 segundos y pueden trepar hasta US$20 millones si frente a la cámara aparecen estrellas como Emma Stone (Square Space, dirigida por Yorgos Lanthimos), George Clooney (GrubHub) y Adrien Brody (TurboTax).
Y luego está Bad Bunny: el ex cajero de supermercado de Puerto Rico (nombre real Benito Antonio Martínez Ocasio), hoy ícono de la música global, será el primer artista latino en protagonizar el entretiempo en los 60 años de historia del Super Bowl. Artista global número uno en Spotify en cuatro de los últimos seis años y ganador del Grammy al mejor álbum por Debí Tirar Más Fotos, el puertorriqueño envió en la antesala del show un mensaje de unidad: “No importa que hablen español; lo importante es bailar”. (ANSA)
