La injusticia de la propina

Por Juan Manuel Aragón, fundador del blog Ramírez de Velasco®

“¡Es un mozo muy caballero!, nos trae unas milanesas riquísimas y por eso le doy una buena propina”, dice la vieja. Y cree que ha hecho una obra de bien. Y, ¿sabe qué? El asunto es un poco más complejo. “¿Por qué?”, preguntará la vieja. Bueno, porque el muchacho de la verdulería también la atiende muy bien, le elije los tomates como a usted le gustan, le cambia una papa si vuelve a mostrarle que estaba podrida, y usted no le da nada.

Tampoco le da propina a la chica de la tienda, tan amorosa. Ni al remisero, que le conversó tan lindo. Ni al empleado de la farmacia. Ni al de la zapatería. Ni a la chica que limpia su casa. Ni al pescadero del mercado. Y todos son gente buena, muy amorosa y eso. Algunos hasta le dicen “mi reina”, cuando les compra, y el frutero hasta le convida una uva, para que pruebe. Pero sólo el mozo merece una propina, vaya uno a saber por qué.

Otra cosita. Si tanto le gustaron las milanesas, ¿por qué no llama al cocinero para dársela?, ¿o usted es de las que creen que los mozos después la reparten? ¡Minga la van a compartir! Además, si la comida tenía mal sabor, todos criticarán a la gente de la cocina, y si está rica no llamarán al que la preparó ni para darle las gracias.

“Pero yo les doy la propina porque me parece un acto de justicia”, retruca la vieja. ¿Sí?, ¿usted cree? Mire que puede estar provocando una gran injusticia. ¿Cómo es eso? Claro, la que reciben los mozos podría provocar, y en una de esas ya está pasando, que los patrones digan: “Como a vos los clientes te dan plata, te pago menos”. Ah, pero usted cree que eso en Santiago no sucede, porque conoce al dueño del restaurante, una persona de bien, todo un caballero. ¿Sí, che?, ¿en serio cree que porque usted es amigo no va a hacer eso? Vaya y pregunte.

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