La situación en Boquerón volvió a agravarse tras una nueva crecida del Río Salado, a la que se sumó el desborde del Río Horcones, afectando a toda la franja sur de la banda del Salado. Luego de una leve baja que había permitido el regreso de algunas familias a sus hogares, el nivel del agua volvió a subir entre jueves y viernes, superando incluso registros anteriores.
El informe fue compartido por el Obispado de Añatuya, a partir del testimonio del sacerdote jesuita Marcelo Larotonda, quien acompaña a la comunidad afectada.
Según detalló el religioso, el panorama actual es “bastante peor que antes” y las posibilidades de intervención son escasas. “Ya no hay mucho para hacer, solo rezar para que baje”, expresó, graficando la impotencia que atraviesan muchas familias.

La parroquia local volvió a convertirse en refugio. Allí se alojan nuevamente personas evacuadas que debieron abandonar sus casas ante el avance del agua. Con una mirada pastoral, Larotonda describió dos realidades distintas: la de los niños, que viven el momento casi como una experiencia novedosa, celebran tener luz eléctrica, agua corriente, cancha de fútbol, hamacas y calesita y la de los adultos, para quienes la pérdida es mucho más profunda.

“Cuando un pobre pierde todo, pierde mucho más que en otros casos”, reflexionó el sacerdote, poniendo en palabras el impacto social que deja cada crecida.
A pesar del escenario adverso, el mensaje destaca la fortaleza espiritual de la comunidad. Sin quejas y con una fe arraigada, muchos vecinos sostienen su esperanza en Dios providente y en la Virgen de Huachana. “El río está bravo y no quiere aflojar”, describió Larotonda, en una frase que resume la tensión de estas horas.
Mientras se espera que el nivel del agua descienda, la parroquia continúa funcionando como centro de contención y asistencia. En medio de la incertidumbre, la comunidad se aferra a la solidaridad y a la fe, intentando resistir una vez más el embate del río.
