Del barrio San Martín a Croacia: la historia de fe y resiliencia de Francisco Alegre

Esta es la historia de Francisco Alegre, el santiagueño que se aferró a un sueño cuando todo parecía derrumbarse y que hoy, después de atravesar caídas, silencios y sacrificios, defiende los colores de un club en Croacia sin haber dejado nunca de creer.

Se fue de su casa a los 12 años con una mochila, un par de botines y un sueño enorme. Quedó libre, volvió, se rompió los ligamentos, trabajó hasta diez horas por día arriba de una moto y hubo noches sin cena. Cuando todo parecía terminado, llegó el llamado que lo hizo arrodillarse y llorar. Hoy juega en Croacia. Pero su corazón —asegura— nunca dejó el barrio San Martín.

El invierno en Stari Slatinik cae bajo cero. El viento corta la cara y la cancha amanece blanca. Nada se parece a los 45 grados del verano en Santiago del Estero pero Francisco Alegre aprendió que el frío no duele tanto cuando el sueño todavía está caliente.

“Yo empecé jugando a los 7 años en la escuelita Jorge Donis. Pero antes que eso, mi verdadera escuela fue la calle”, recordó. La calle era polvo, era arco de árboles, era pelota gastada. Era su mamá gritándole que entrara a comer y él estirando el partido hasta que lo fueran a buscar “de la oreja”, como contó entre risas. Cuando perdía no hablaba con nadie. “La revancha era al otro día”, dijo. Jugaba descalzo para no romper los botines y cuando llegaban unos nuevos los miraba como si fueran oro. “Ahí entendí que el sacrificio no era solo mío, era de toda mi familia”, aseguró.

En un torneo lo vieron, lo probaron y lo llamaron. Al año siguiente estaba en las inferiores de Boca Juniors. Recibió la noticia solo, sin sus padres. “Sentí que había logrado lo que había ido a buscar”, confesó. Pero el fútbol no tiene paciencia: un año después quedó libre. Volver a Santiago fue un golpe seco. “Ese día lloré como nunca. Pensé que se había terminado todo”, contó. Y agregó una frase que todavía lo sostiene: “Dios escribe recto en renglones torcidos”.

Su camino siguió en Club Atlético Tigre, donde jugó más de 35 partidos en Reserva y estuvo cerca del contrato profesional. “Ahí entendí que el talento no alcanza. Tenés que ser responsable, respetuoso y agradecido”, dijo. Pero el cierre de la pensión volvió a cambiarle el destino. No firmó. Otra vez regresar. Otra vez empezar. “Sentí incertidumbre, me pregunté por qué otra vez. Pero no podía quedarme en la pregunta, tenía que seguir”, explicó.

Probó suerte afuera, volvió a Santiago y siguió peleándola en el fútbol regional con Club Atlético Sarmiento. Cuando empezaba a afirmarse, llegó la peor noticia para un futbolista: rotura de ligamentos cruzados. “Lloré porque estaba jugando un buen partido y jamás me lo esperé”, relató.

Después vino lo más duro: entrenar solo por la mañana y trabajar ocho o diez horas arriba de la moto para sobrevivir. Hubo días sin almuerzo y noches sin cena. En un bar donde trabajaban amigos le preguntaban si había comido; él decía que sí, pero igual le acercaban un plato caliente. “Eso me marcó para siempre”, dijo. En esos meses aprendió a convivir con el silencio y con la fe. “Muchas veces oraba: ‘Que se haga tu voluntad y no la mía’. Lo que parecía el final, era preparación”, reflexionó.

El teléfono volvió a sonar. Esta vez, Croacia. Se arrodilló. “No lloré por el viaje. Lloré porque sentí que todo el esfuerzo silencioso había valido la pena”, contó. Hoy vive en un pueblo donde el invierno cae bajo cero, aprendió el idioma y se adaptó a otra cultura. Primero jugó en NK Mladost Cerić y actualmente integra el plantel del NK Sačić, en la tercera división croata.

En más de una conversación le preguntaron si era argentino y lo relacionaron directamente con Buenos Aires. Él no dejó pasar la aclaración. Cuando le dijeron si era argentino como los porteños, respondió sin dudar: “Soy argentino, sí… pero no porteño. Soy santiagueño”, marcando territorio y pertenencia.

Desde Europa sigue de cerca el crecimiento del fútbol de su provincia. El imponente Estadio Único Madre de Ciudades es símbolo de esa nueva etapa. Hoy Club Atlético Central Córdoba compite en Primera, mientras Club Atlético Mitre y Club Atlético Güemes representan a la provincia en la segunda categoría. “Eso habla del crecimiento. Antes no era así. Hoy los chicos tienen más oportunidades”, analizó.

Sueña con volver algún día al fútbol argentino. Sueña con entrar a ese estadio con su familia en la tribuna y escuchar su nombre por los parlantes. “Si Dios me da la posibilidad de hacerlo en Santiago del Estero, sería cerrar un círculo donde todo comenzó”, aseguró.

Se fue a los 12 años siendo un chico. Se perdió cumpleaños, fiestas y momentos familiares. Pasó soledades que no se ven en las fotos. Nunca se arrepintió. “Que no tengan miedo”, les dice a los chicos santiagueños. “Va a haber momentos difíciles y de soledad. Pero lo que cuesta, se disfruta el doble”.

El frío europeo puede congelar las manos. Puede endurecer la piel. Pero no puede apagar una identidad. Porque Francisco Alegre juega en Croacia, sí. Pero su corazón —como él mismo contó— late al ritmo de una chacarera y siempre vuelve, aunque sea en silencio, al barrio donde empezó todo.

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