Por Lourdes Suárez Torres
Como cada 19 de marzo, se conmemora el Día del Artesano en Argentina, coincidiendo con el Día de San José, reconocido en la tradición católica como carpintero y artesano. Es una jornada para revalorizar el trabajo manual, la creatividad y el patrimonio cultural, con ferias y eventos en todo el país.
Y si hay algo por lo que se reconoce a nuestra querida provincia en todo el mundo es precisamente por la calidad y cantidad de referentes artesanos que tenemos en todos los rubros y todos los materiales. En madera, en lana, en joyería, en mimbre, en hilos, y también en la gastronomía.
En esta oportunidad, me gustaría homenajear a un artesano santiagueño que tuve la oportunidad de conocer y a quien admiro no solo por su talento y habilidad en cada detalle, sino por la pasión con la que, aún con más de siete décadas, sigue yendo a su taller todos los días para continuar con su labor minuciosa y precisa de crear cuchillos artesanales, poniendo en valor cada pedacito de naturaleza: un asta de ciervo, un retazo de cuero de iguana o una madera traída de algún rincón del país. Esta es la historia de Raúl Bertoli.

El taller de Bertoli, el lugar en donde cada pedacito de naturaleza se convierte en arte
Hay nombres que aparecen una y otra vez cuando alguien busca experiencias auténticas en Santiago del Estero. El de Raúl Bertoli es uno de ellos. No se trata solamente de sus cuchillos. O, mejor dicho, no se trata solo del objeto final. Lo que atrae —y lo que queda— es todo lo que sucede antes.
En su taller de calle Alvear, frente al Fórum, el tiempo parece moverse distinto. No hay urgencia ni producción en serie. Hay materiales, herramientas y una lógica que responde más al oficio que al mercado. Raúl no trabaja con la naturaleza: habla a través de ella.
Donde otros verían descarte, él ve posibilidad. Un pedazo de asta, una madera del monte, un cuero con marcas. Nada es casual. Nada es inútil. Todo puede transformarse si se lo mira con atención.
Esa mirada no es nueva ni aprendida en manuales. Viene de su historia. De los relatos de su abuelo italiano, cazador de pieles, y de sus propias experiencias en el monte santiagueño. La cacería, en su caso, no aparece como un dato anecdótico, sino como una escuela de observación, de respeto y de conocimiento de los materiales. Ese recorrido se traduce en cada pieza.

Entre la estética y la funcionalidad
Porque sus cuchillos no son objetos decorativos, aunque lo sean. Tampoco son solo herramientas. Son el punto de encuentro entre estética y funcionalidad. “Tiene que servir”, repite. Y en esa frase hay toda una definición de su oficio.
El proceso es lento. A veces, puede llevar semanas. Cada decisión importa: el tipo de acero, la madera elegida, la forma de la empuñadura, la terminación. Incluso la vaina, muchas veces realizada junto a Silvia, su compañera, forma parte de ese conjunto pensado como una unidad. No hay margen para el apuro.

Esa forma de trabajar es, también, la razón por la que sus piezas trascendieron la provincia. A través de exposiciones y viajes, sus cuchillos llegaron a distintos países. Pero, más allá de la circulación, hay algo que se mantiene constante: cada uno sigue llevando una parte del monte, de la historia y de la identidad santiagueña.
Por eso su taller se volvió un punto de llegada. Turistas, coleccionistas, curiosos. Algunos llegan buscando un cuchillo. Otros, una historia. Y en ese cruce entre objeto y relato es donde Raúl termina de construir algo más grande que su propio trabajo.
Porque si algo lo define no es solo lo que hace, sino cómo lo cuenta. Las anécdotas de cacería, los viajes, los materiales, las decisiones detrás de cada pieza. Todo forma parte de un mismo universo donde el oficio no está separado de la vida.

Y mientras ese mundo sigue creciendo, hay una escena que lo explica mejor que cualquier descripción: en su taller, entre herramientas y materiales, aparecen sus nietos. Miran, preguntan, tocan. Raúl les muestra, les explica, les deja espacio. En la familia se trabaja en equipo y hay transmisión de conocimientos, y sobre todo un abuelo presente que cría con mucho amor.
Ahí no se está fabricando un cuchillo. Ahí se está pasando algo más difícil de definir: una manera de mirar, de hacer y de entender el valor de lo hecho a mano.

Pero hay algo que también forma parte de esa realidad y que suele quedar fuera cuando se habla de vocación. Raúl podría, a esta altura de su vida, elegir hacer cuchillos solo por gusto, a su ritmo, sin depender de eso. Sin embargo, no es solo la pasión la que lo lleva todos los días al taller. Como tantos otros artesanos, incluso ya jubilado, sigue trabajando porque lo necesita. En un contexto económico complejo, su oficio no es únicamente una elección: es también una forma de sostenerse. Y en ese cruce entre vocación y necesidad, su historia deja de ser solo inspiradora para volverse, también, profundamente real.
