La causa contra Agostina Páez por injuria racial, tendrá una audiencia clave este martes 24 de marzo. Más de dos meses después de haber sido detenida en Río de Janeiro, la abogada argentina debe esperar a que la Justicia brasileña defina si el expediente es elevado a juicio o no; una situación que la preocupa muchísimo dadas las condiciones de clandestinidad en las que debe mantenerse en el país vecino.
Hace una semana, la santiagueña expresó su total arrepentimiento por lo ocurrió el pasado 14 de enero, cuando fue acusada por burlarse de los empleados de un bar. Ahora, la joven habló con Infobae y reveló cómo se encuentra a poco de “La verdad, yo la estoy pasando mal aquí. Para mí estos días son eternos y estoy viviendo un calvario hace dos meses en los que no puedo salir a ningún lado. No me relaciono con nadie”, comentó.
Tal como había explicado anteriormente, no para de recibir amenazas por parte de ciudadanos brasileños. Desde el primer día en que se conoció el video de su reacción en el bar de Ipanema que le llegaron amenazas e incluso tuvo que resguardarse en otro domicilio, luego de que trascendiera su primera ubicación.
Tener que quedarse en Brasil le genera una gran angustia. “Mi situación judicial me preocupa mucho y el estar aquí, en este país que me odia, me preocupa y me genera mucha ansiedad”, comentó.
A su vez, recordó el día del episodio que convirtió sus vacaciones en un “calvario”. Pues, todo surgió-según su testimonio- por una doble facturación de lo que habían consumido en el local gastronómico.
“Nos quisieron cobrar otra vez lo que habíamos consumido a pesar de tener los comprobantes y no nos dejaban irnos del lugar. Una amiga fue a pagar igual para dejar de discutir y ellos empezaron a reírse de nosotras. Ahí me escuchan que digo ‘nos están robando’ y empieza el enojo de ambos lados”, explicó.
Páez, comentó que al salir del lugar, los empleados empezaron a burlarse de ella y sus amigas. “Cuando estábamos cruzando la calle, yo escucho que gritan, todas escuchamos que gritan. Y yo y mi amiga nos damos vuelta y ahí es donde las dos vemos que el que nos estaba gritando se estaba tocando los genitales”, recordó.
“Ahí es donde yo reacciono horrible, reacciono mal y me arrepiento un montón de haber reaccionado de esa manera. No debería haber reaccionado así”, sostuvo.
En ese momento, Agostina lo consideró solo una “discusión”. “Al día siguiente me llega un mensaje supuestamente de la policía pidiéndome mis datos. Yo dije: ‘Esto puede ser falso’. Porque lo único que pedía era información de dónde vivo, de cuándo son mis vuelos, a dónde me voy, dónde estoy parando. No respondí. Después llega otra notificación, también por mensaje, y ahí es donde decía el delito del que se me acusaba. Decía injuria racial. Y ese tenía ya una firma. No me terminaba de cerrar todo, pero de todas formas me presento yo a la delegación de Rocinha. Fui con una amiga y con miedo porque no sabía si era verdadero o falso”, detalló sobre el inicio del procedimiento.
“Fuimos un sábado a las siete de la mañana porque ese mismo día teníamos los vuelos para volver a Argentina. Cuando vamos ahí, me dicen: ‘No puedes salir del país, vas a tener que tener una tobillera electrónica’. Ahí me muestran el video y empieza todo mi calvario. En el mismo momento en que yo estaba en la delegación, ya se empieza a difundir el video y empiezo a recibir las primeras amenazas”, relató.
Una vida en la clandestinidad
Agostina contó cómo fue su vida en los últimos dos meses y aseguró que intenta mantenerse en total anonimato, mientras su economía se deteriora.
“Gasto unos 4.000 reales en mantenerme y me ayuda mi familia porque yo no puedo trabajar. No sé cuánto voy a aguantar así. Voy al juzgado una vez al mes y me tengo que reunir con el consulado”, dijo.
Sostuvo que esas son sus “únicas salidas” y que padece hacerlas por el temor a que la reconozcan. “Tengo miedo porque pido auto de aplicación y sale mi nombre, entonces para mí también ya es un riesgo pedirme. Si tengo que ir al mercado, voy toda tapada para comprarme comida, pero esas son todas mis salidas. No voy a la playa y trato de no hablar o hablo en portugués para que no se den cuenta de que soy yo. Vivo en una paranoia constante”, reveló.
