En tiempos donde viajar suele asociarse a grandes gastos, itinerarios rígidos y planes milimétricos, la historia de Albert y Cami parece ir en otra dirección: la de la improvisación, la aventura y una forma poco convencional —pero cada vez más extendida— de conocer el mundo.
La entrevista en La Mañana de Info tuvo ese clima de charla distendida que va y viene entre risas, anécdotas y sorpresas. Desde algún rincón nublado de Inglaterra —“típico inglés, el sol jamás”, bromearon—, la pareja respondió con naturalidad mientras del otro lado, en Santiago del Estero, la mañana avanzaba entre mates imaginarios y preguntas curiosas de Leo y Luana.
Albert es oriundo de Frías. Cami, aunque muchos podrían pensar lo contrario por su acento y su vida en Europa, es argentina: lleva más de 25 años en España. Se conocieron hace apenas un año en Malta y, desde entonces, su historia avanzó a una velocidad poco habitual: Bali, España, casamiento y, casi sin escalas, una decisión que hoy define su presente: convertirse en cuidadores de mascotas alrededor del mundo.
“Fue todo muy intenso”, reconocieron entre risas, como si todavía estuvieran procesando la rapidez con la que se encadenaron los hechos.
El sistema que eligieron no responde a un empleo tradicional. A través de una aplicación internacional, pagan una suscripción anual que les permite postularse para cuidar casas y mascotas mientras sus dueños viajan. No hay intercambio de dinero entre las partes: el acuerdo es simple —alojamiento a cambio de cuidado—, pero requiere responsabilidad, confianza y, sobre todo, amor por los animales.
En apenas un año ya pasaron por unas quince casas en distintos puntos de Europa. Perros grandes, pequeños, gatos y hasta situaciones inesperadas forman parte de su día a día. Porque si algo dejó en claro la charla es que esta forma de vida tiene tanto de idílica como de imprevisible.
“No es todo perfecto”, admitieron. Hubo sustos, como una pelea entre dos perritas que terminó en el veterinario, o aquel momento en la costa catalana donde un perro se les escapó tras soltarlo confiando en que regresaría solo. “Casi se nos pierde”, contaron, todavía con el recuerdo fresco.
Pero incluso en esos episodios aparece una constante: la adaptación. Vivir cambiando de casa, de ciudad y hasta de idioma implica una apertura permanente a lo desconocido. Y no solo con las personas: también con las mascotas.
“Hay veces que ni los perros nos entienden”, dijeron entre risas al recordar las órdenes en catalán o los intentos por comunicarse en inglés. Una escena que resume bien el espíritu de esta experiencia: aprender sobre la marcha, incluso en lo más cotidiano.
Actualmente, su “hogar” temporal está en Inglaterra, donde cuidan a dos perros —entre ellos, un Golden Retriever— mientras planifican el próximo destino, que siempre es una incógnita hasta último momento.
Esa incertidumbre, lejos de ser un problema, parece ser el motor de su elección de vida. “Tenés que tener la mente abierta a que te pase cualquier cosa”, reflexionó Cami. Y en esa frase, quizás, se condensa la clave de todo.
