Por: Florencia Navarro
En el marco del Día Mundial del Teatro, los docentes, Sabrina y Franco, de ADATISE reflexionan sobre el auge de la producción local. Destacan el valor de hacer teatro para los adolescentes y el desafío de profesionalizar la actividad en la provincia.
El azar unió a estos dos referentes con el escenario de formas muy distintas. Sabrina DiMauro hoy enseña a adolescentes en ADATISE. Ella llegó al teatro casi por accidente en 2014. Sabrina practicaba acrobacias en tela y pasaba horas en la sala conversando con la secretaria. Poco a poco, se integró ayudando al técnico con las luces o limpiando el espacio. Un día, la docente Paola Morales le pidió ayuda para dirigir una obra y Daniel Nacif, entonces presidente de la sala, vio su potencial. Él le propuso un taller de verano. “Pero Dani, yo no sé nada”, respondió ella y su mentor fue tajante: “Si no haces, no vas a saber”. Desde aquel enero, Sabrina no abandonó más las tablas.

Por su parte Franco Ibarra está a cargo del taller de Clown. Su llegada al teatro fue una solución a su “mala conducta” escolar. La profesora de lengua, conocida como “La Chiqui” Suárez, notó que Franco hablaba demasiado en clase y ella le recomendó el taller que dictaba Luis Lobo en el colegio San Jorge.
“Fue amor a primera función”, confiesa Franco. Ese encuentro cambió su vida para siempre. Él soñaba con ser ingeniero agrónomo, pero terminó siendo actor. Hoy suma 16 años de trayectoria y agradece el apoyo incondicional de su familia en ese giro brusco. Tanto en Tucumán como en Santiago, el teatro siempre le abrió las puertas.

Una herramienta de humanidad frente al aula
Ambos docentes defienden la necesidad de incluir más teatro en las escuelas. No solo como una materia aislada, sino como una costumbre mensual de ver obras en el patio. Para Sabrina, el teatro enseña nuestra cultura y permite leer a grandes autores argentinos.
Franco destaca el valor del teatro para trabajar lo humano en la niñez y la adolescencia. Define a la actividad como un ejercicio de “autodiagnóstico constante”. En una edad de cambios y búsqueda de identidad, el teatro ayuda al joven a saber cómo se siente y cómo se expresa. “El teatro es una herramienta para la vida cotidiana. Facilita la comunicación y evita problemas mayores”, sentencia Franco.

Sin embargo, los docentes señalan las trabas del sistema. A veces, las autoridades escolares priorizan el cumplimiento de horas cátedra sobre estas experiencias. Sabrina recuerda lo difícil que fue coordinar proyectos en los colegios por los horarios rígidos de las materias. “Cuando los profesores tienen ganas, el proyecto sale y los chicos se sienten contenidos”, afirma.

El auge del público “orgánico” en Santiago
La producción local atraviesa un gran crecimiento. Apareció el “público orgánico” en las salas santiagueñas. Franco define así a los vecinos sin relación con el ambiente artístico que buscan la cartelera espontáneamente. Saben que existe una sala en pleno centro y consultan qué hay el fin de semana.

Hoy los grupos locales sostienen temporadas largas. Usan el marketing para romper el viejo prejuicio santiagueño. Antes, la gente creía que solo existía el teatro que venía de Buenos Aires al Teatro 25 de Mayo. Ahora, el público valora obras con directores y actores de nuestra tierra.
Santiago cuenta con una red de espacios independientes vitales. La Juana, Arte sí, Las Malcriadas y El Observatorio trabajan a la par de ADATISE. Estos centros mantienen viva la autogestión a pesar de los cambios en el financiamiento nacional. La Municipalidad de la Capital también acompañó proyectos para sostener las fiestas provinciales e intercolegiales.

El desafío: profesionalizar el “sentimiento”
La meta principal para el futuro es el profesionalismo. Franco pide que el teatro deje de verse solo como un hobby o una terapia. “Queremos un espacio para quienes realmente desean dedicar su vida a actuar o a la técnica”, explica.

Sabrina propone bajar las expectativas de “Hollywood” para enfocarse en la realidad santiagueña. Ella guía a sus alumnas para que primero conozcan el teatro local y se vinculen con otros profesionales. “Primero debemos ponernos la camiseta de Santiago. Hacer obras buenas y malas, recibir críticas y formar una base sólida”, asegura. Vivir del arte exige un sacrificio doble para romper tabúes sociales.

Adolescentes: el milagro de soltar la pantalla
La relación de los jóvenes con la tecnología es el gran triunfo de sus clases. Sabrina nota con sorpresa que los celulares desaparecen durante 90 minutos. Los adolescentes prefieren mirarse a los ojos y crear escenas con sus compañeros. Descubren que soltar la pantalla es productivo y divertido.

Franco observa un efecto similar en los adultos. El código del juego permite olvidar los problemas diarios y la carga de estrés. La invitación final de ambos es una declaración de principios: “Dejen los celulares, dejen las preocupaciones y vengan a hacer teatro”. “En un mundo herido, las tablas ofrecen el encuentro más real y necesario”, finaliza diciendo el joven actor.
