Insólito: el clásico de Avellaneda tuvo menos de 40 minutos de juego real
El Rojo se impuso por la mínima ante Racing en un clásico intenso y cargado de polémicas, pero el dato que sorprendió fue el escaso tiempo neto de juego: de más de 100 minutos disputados, la pelota estuvo en movimiento menos de 40.

En un partido más luchado que jugado, Independiente se quedó con el clásico tras vencer 1-0 a Racing Club con gol de Gabriel Ávalos. Sin embargo, más allá del resultado, lo que realmente llamó la atención fue el bajísimo tiempo neto de juego en el Libertadores de América.

El encuentro estuvo marcado por interrupciones constantes, discusiones y demoras que atentaron contra la continuidad. La primera mitad fue el reflejo más claro de esta situación: aunque duró 54 minutos por el extenso tiempo adicionado por el árbitro Leandro Rey Hilfer, la pelota estuvo en juego apenas 15 minutos y 32 segundos.

Uno de los momentos que más influyó en este desarrollo fue el penal sancionado por mano de Valdez, que derivó en una larga revisión del VAR. Entre la intervención tecnológica y la ejecución fallida de Adrián Martínez (quien intentó picarla) se consumieron casi seis minutos. A eso se le sumaron las habituales fricciones de un clásico: protestas, faltas, reposiciones lentas y hasta un disturbio entre plateístas locales y el banco de suplentes visitante.

El dato es contundente: hubo 53 interrupciones solo en el primer tiempo, y el tramo más largo con la pelota en juego fue de apenas un minuto y 18 segundos. Incluso en los nueve minutos adicionados, apenas se jugaron 90 segundos.

En el complemento, el ritmo mejoró levemente, pero sin dejar de evidenciar un desarrollo cortado. De los 52 minutos disputados en la segunda mitad, el tiempo neto fue de 24 minutos y 16 segundos, con un máximo de continuidad de apenas dos minutos.

Sumando ambos períodos, el partido alcanzó los 106 minutos totales. Sin embargo, la pelota rodó solo 39 minutos y 48 segundos. Un dato que grafica a la perfección un clásico que tuvo más tensión que juego y que dejó en evidencia un problema cada vez más recurrente en el fútbol argentino: la falta de continuidad y de juego.

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