La carga emocional del cambio: acompañar sin agotarse

El cambio no es solo una agenda, un procedimiento o un cronograma.
El cambio toca fibras.
Mueve certezas, desacomoda seguridades, despierta preguntas que nadie dice en voz alta pero que todos sienten:
“¿Voy a poder con esto?”
“¿Qué va a pasar conmigo?”
“¿Qué pierdo si todo cambia?”

Por eso, cuando un equipo atraviesa un proceso de transformación, lo que más pesa no es la complejidad técnica: es la carga emocional que cada persona sostiene para adaptarse a lo nuevo. Y muchas veces, esa emocionalidad circula por debajo: no se ve en los informes, pero se siente en el clima.

Hay gestos que lo muestran sin declararlo.
Un silencio más largo de lo habitual.
Una reacción desmedida ante un comentario mínimo.
Un equipo que conoce el plan pero no encuentra el ritmo.
Un liderazgo que quiere avanzar, pero encuentra cuerpos cansados y miradas cortas.
En esos detalles se lee más la emocionalidad del sistema que en cualquier indicador.

En una conversación reciente con un equipo docente, una maestra dijo algo que quedó flotando en la sala:
“No me asusta el cambio. Me asusta sentir que estoy cambiando sola.”
Ese tipo de frases no aparece en los documentos de gestión, pero es decisiva.
No porque defina un plan, sino porque revela una necesidad: acompañamiento emocional, no sobreprotección.

En una industria de procesos muy exigentes, un operario me describió así una transición organizacional:
“No es que no entienda lo que hay que hacer. Es que ya no me queda energía para empezar otra vez.”
Ese nivel de sinceridad es oro.
Es la puerta de entrada a conversaciones que alivian, recalibran y devuelven humanidad a lo que parece estrictamente productivo.

El desafío para quien lidera es doble:
sostener el proceso y sostenerse a sí mismo.
Porque acompañar en el cambio no debe convertirse en cargar con todos.
La diferencia es sutil pero profunda:
acompañar es estar presente, no sustituir la responsabilidad del otro.

Algunas prácticas ayudan a no agotarse en el intento:

Nombrar lo emocional sin dramatizarlo. Cuando las emociones se vuelven visibles, dejan de gobernar por debajo.
Cuidar el propio estado del líder. No se puede iluminar el camino si una misma está a oscuras.
Hacer del cambio un proceso en etapas cortas. La claridad de lo inmediato baja la ansiedad del largo plazo.
Distribuir la energía del proceso. El cambio no es tarea de uno: es un tejido colectivo.

Porque el cambio, en sí mismo, no es el problema.
Lo que agota es caminarlo en soledad, sin palabras que alivien, sin manos que acompañen, sin espacios que permitan volver a respirar.

Cuando un equipo se siente acompañado desde la presencia —no desde la sobrecarga—, el cambio deja de vivirse como amenaza.
Se vuelve tránsito.
Y en ese tránsito aparecen aprendizajes, crecimientos, reconciliaciones y nuevas fuerzas que parecían dormidas.

Acompañar el cambio es, en definitiva, un acto profundo de liderazgo humano:
mirar la emocionalidad del sistema, honrarla, y seguir avanzando —sin perderse a sí mismo en el camino.

por Cecilia Inés Russo
*Master Coach Ontologico Profesional
*Supervisiora de Coaching
*Directora Aquí&Ahora Coaching y consultoría

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