Qué va a pasar cuando los yanquis aprendan a jugar al fútbol

Por Juan Manuel Aragón, fundador del blog Ramírez de Velasco.

Ojo con los yanquis. Ojo, en serio che. En cualquier momento se vienen. El fútbol era el único deporte que no habían colonizado. Tienen campeonatos llamados “Liga Mundial”, pero se juegan solo en su país. Son lo mejor del mundo… dentro de Estados Unidos. En básquet mandan a la Argentina docenas de jugadores que allá no eran nada y aquí hacen la diferencia. En fútbol americano son los reyes absolutos. Lo que tocan lo convierten en potencia.

Pero el fútbol, no amigos, porque el fútbol es otra cosa. Para ellos, un 3 a 2 es un bostezo interminable. Ellos necesitan emociones constantes: anotaciones, golpes, espectáculo a cada segundo. En básquet un solo equipo a veces mete 100 tantos. El fútbol les parece un aburrimiento. Para colmo, allá lo juegan mujeres porque no hay contacto, no hay piñas, apenas algún codazo y nada más. Allá aman deportes que se juegan con las manos, los pies y angustia constante.

El primer paso lo dio David Beckham: llevó a Lionel Messi al Inter Miami. El rosarino, como Campeón del Mundo, al toque cayó simpático, hizo fanáticos instantáneos, sobre todo en la colonia artística y entre muchos deportistas. Pero faltaba lo más importante: la locura. El fanatismo ciego, la rabia desatada, el ardor guerrero, la pasión que te hace ir a la cancha odiando a los rivales con toda tu alma. El fanatismo que lleva a uno a robar los ahorros de toda la vida de la madre para seguir al equipo a Chile, Brasil, Catar o la mismísima Loma de la Mierda.

Se llaman tifosi en Italia, hooligans en Inglaterra, Ultras en España, torcida en Brasil, barra brava en la Argentina y el Uruguay. Son los más fanáticos entre los fanáticos, los que dan la vida, en serio por el equipo y nutren con su savia hasta el último niño que se pone, por primera vez una camiseta de su club de fútbol.

Eso, en Estados Unidos, todavía no existe. Sus “supporters groups” son educados, comen palomitas, se sacan fotos y se abrazan entre todos al final, incluso con los que han ido a hinchar por los otros. Oiga, eso no es barra, no es hinchada. No es sufrir cinco a cero en tu cancha y salir al otro día a matarte con cualquiera que lleve los colores del rival.

Hubo en el último partido de la Conferencia Este, un pequeño quilombo entre Messi y Moralez, con Rodrigo De Paul y otro más. Es una chispa de lo que necesitan los yanquis para meterse el fútbol en la sangre, para que figure en su ADN: pasión desbordada, violencia simbólica, locura total. Eso contagia, se transmite de generación en generación. Así se hacen gigantes los clubes en Argentina, Brasil, Italia, Inglaterra.

Los yanquis todavía están en el repecho, tratando de subir la cuesta del fanatismo ciego. Todavía no han llegado a la demencia arrogante, el coraje inaudito, la exaltación patriótica. No entienden que el fútbol es la dinámica de lo impensado, no hay estadísticas que valgan, el último lo puede golear al primero de la tabla. El fútbol tiene una furia que te levanta del piso y la gloria eterna y por siempre jamás espera a un humilde club de potrero y al que tiene figuras de renombre internacional.

Pero, ojito, los yanquis están aprendiendo. Y cuando lleguen a los barrios pobres, a los morochos con hambre de gloria, cuando se puteen de tribuna a tribuna, cuando entiendan que el fútbol no se parece a la vida, sino que es la vida van a ser potencia.

El fútbol en Estados Unidos es un proyecto salvaje en gestación. Beckham puso la primera piedra. Messi les enseñó a sentir. Un altercado, un grito, un arrebato más, y de pronto el país que no entendía ni la mitad de este deporte podría estar en la cima mundial. Tiempo al tiempo. El fútbol es imprevisible y violento y hermoso. Ellos están empezando a comprenderlo.

Qué liga mundial ni qué ocho cuartos.

El fútbol es fútbol.