“No hay palabras, solo viviéndolo se entiende”: el testimonio de un médico docente de la UNSE tras una misión sanitaria en África

Por Lourdes Suárez Torres

En algún momento de mi adolescencia tuve la ilusión de ser médica. Finalmente, la Comunicación Social se convirtió en mi pasión. Hoy, al contar la historia de este médico nacido en Córdoba con raíces santiagueñas, entiendo que hice bien en elegir mi camino: no sé si podría haber enfrentado una misión como la que está haciendo él, junto a otros profesionales del mundo, en un rincón olvidado del continente africano. Porque, para poder ayudar a otros en condiciones extremas, hay que tener una fortaleza y una sensibilidad para las que no sé si podría prepararme jamás.

Por eso, escribo este reportaje desde la profunda admiración y respeto.

El llamado de África, desde una de las ciudades más pobres del mundo

Entre Argentina y Mozambique hay cinco horas de diferencia, y entre un diálogo entrecortado por la distancia, logré hablar con él para que me cuente cómo llegó a la misión, en qué consiste, y cómo fue su experiencia en el continente.

“Un amigo ginecólogo de Buenos Aires, el doctor Francisco Vizcaíno, ya había participado en varias misiones. Le comenté que me gustaría ir, y cuando se abrió una vacante me reuní con el jefe de la misión, el doctor Jorge Arias, en Buenos Aires, para sumarme a la 18ª misión sanitaria en Mangundze, Mozambique”, me contó el doctor Gonzalo Martínez, cirujano cordobés y docente en la Facultad de Ciencias Médicas de la UNSE.

Mozambique —ubicado en el suroeste del continente africano— ocupa el puesto 178 entre los 184 países más pobres del mundo. “El acceso a la salud es complejo. Hay apenas 26 cirujanos para una población de 34 millones de habitantes, y más del 40% de las personas vive con VIH”, explica.

El equipo que integra está conformado por profesionales argentinos, mexicanos y españoles, coordinados por la Fundación Mangundze, en articulación con la Fundación Sandra Sucar, la Fundación Juan Entrecanales Azcárate y la parroquia local dirigida por el padre argentino Juan Gabriel Arias, quien desde hace más de diez años realiza proyectos sociales y sanitarios para mejorar la calidad de vida de la población.

Una decisión postergada

Desde sus años de estudiante, Gonzalo soñaba con participar en una misión humanitaria. “Siempre tuve la intención de hacerlo, pero las vueltas de la vida no me lo permitieron. Médicos Sin Fronteras, por ejemplo, es muy burocrático y exige misiones largas, de seis meses o más, lo que hace difícil concretarlo”, confiesa.

Y responde a una pregunta que muchos suelen hacerle: “Algunos me dicen: ¿por qué no hacerlo en Argentina? La diferencia es que, en nuestro país, más allá de las dificultades, la gente tiene acceso a la salud en cualquier rincón. En África, en cambio, la mayoría no tiene ninguna posibilidad de atención médica”.

El primer vistazo a la precariedad

El relato de su llegada a Mozambique tiene algo de fotografía y algo de golpe de realidad. “Durante el aterrizaje ya se ve lo que es Mozambique. Los techos de las casas, la precariedad. Apenas salís del aeropuerto, la realidad se hace evidente”, recuerda.

El hospital de Mangundze data de la década del 40. “No se ofrece comida a los pacientes; los familiares cocinan afuera, en fogatas. Si no tienen a nadie que los acompañe, no comen. Los familiares duermen bajo los árboles”, describe con crudeza.

En el hospital trabajan solo dos médicos —que además deben encargarse de tareas administrativas— y la atención está a cargo de técnicos enfermeros capacitados de manera básica en distintas áreas. “No hay anatomía patológica, ni diagnóstico por imágenes, y el laboratorio solo puede hacer un hemograma básico. Aun así, cada día intentamos hacer lo que se puede”, explica.

Cómo es la vida y el trabajo en Mangundze

El equipo médico duerme en una antigua escuela portuguesa de los años 40, restaurada por la Fundación Sandra Sucar. “Está al lado de la iglesia, la maternidad y el puesto de salud. Nos levantamos al amanecer, a las cinco y media, y desayunamos junto al padre Juan Gabriel. Luego nos dividimos: algunos se quedan en el puesto de salud, y otros viajamos a Manjacanze, donde está el hospital”, cuenta.

En esa localidad rural, la escuela primaria sirve un desayuno a base de un polvo nutritivo mezclado con agua caliente, donado por la iglesia. “Ahí entendés el valor de las pequeñas cosas. De la comida, del agua, del abrigo. Todo se resignifica”, dice.

Operar en medio de la precariedad

“Tenemos dos quirófanos, pero el material quirúrgico lo traemos de España, México y Argentina, aportado por fundaciones y por nosotros mismos. La mayoría de los días no hay agua y los cortes de luz son frecuentes, pero aprendimos a resolver las contingencias que surgen”, explica el doctor Martínez.

El objetivo principal de la misión es resolver fístulas obstétricas, una complicación que ocurre por falta de atención médica durante partos prolongados y obstruidos. “Es una lesión devastadora: provoca pérdidas crónicas de orina o heces, y lleva al aislamiento social y la depresión. Una enfermedad estigmatizante”, dice con pesar.

También realizan operaciones por miomatosis uterina gigante, hernias pediátricas y otras afecciones. “En total, en esta misión realizamos más de 80 cirugías y atendimos más de mil consultas”, detalla.

Un sistema de salud en emergencia permanente

“Mozambique no tiene un verdadero sistema de salud. Solo 25 cirujanos para todo el país, el 40% de la población con VIH, sin acceso a medicamentos básicos… El hospital donde trabajamos cubre una población de 120 mil personas y tiene apenas dos médicos”, resume.

“Enfermedades que ya no existen en otras partes del mundo, como la malaria o la tuberculosis, siguen matando gente acá. Tener una apendicitis es casi una condena a muerte”, dice con una mezcla de resignación y tristeza.

Historias que no se olvidan

Cuando le pregunto por un caso que lo haya conmovido, hace silencio unos segundos.
“Podría contarte días enteros de historias… pero recuerdo a una señora con un tumor de ovario que caminó cinco horas para llegar a la consulta. La atendimos, y cuando salí a comprar una gaseosa, la vi caminar de vuelta, sonriendo. La citamos para operarla, pero nunca volvió. Seguramente no tenía dinero para viajar otra vez”, lamenta el doctor, sobre una situación tan frecuente en ese lugar, como lamentable.

De África a las aulas de la UNSE

Además de su trabajo como cirujano, el doctor Martínez es docente en la Facultad de Ciencias Médicas de la UNSE. Su experiencia en Mozambique se convierte en una lección viva para sus estudiantes.
“Tuve la oportunidad de formarme en lugares de excelencia, pero estoy convencido de que hay que tener una visión amplia de la realidad sanitaria. Ya había participado en misiones en el interior del país, pero esto me permite ver la salud desde una dimensión más humana y global”, sostiene.

“Siempre les digo a mis alumnos que un médico debe ser asistencial, docente, investigador y gestor. Y, sobre todo, debe tener empatía. Cada uno es dueño y artífice de su destino, el futuro está en ellos”, agrega.

Lo que falta, y cómo ayudar

La Fundación Mangundze se sostiene por donaciones directas, que llegan sin intermediarios a los pacientes. “Eso la diferencia de muchas otras organizaciones. Todo lo que se dona, se usa”, subrayó Gonzalo.

Quienes quieran colaborar pueden hacerlo a través de las redes del padre Juan Gabriel Arias, donde se publican los avances de cada proyecto y se reciben aportes para sostener la obra.

La enseñanza más grande

Por último, le pregunté si volvería a hacerlo. No dudó ni un segundo: “Sí, volvería. Porque, aunque a veces uno siente que no alcanza, cada cirugía, cada gesto, cada sonrisa vale todo el esfuerzo”.

En ese instante entendí que la verdadera medicina trasciende los hospitales, y se trata de brindar asistencia (no sólo médica) en los lugares donde el dolor y la esperanza conviven a diario.
Y también entendí que, aunque finalmente yo no haya estudiando medicina, quizás pueda cambiar algo desde mi lugar, también, y el valor más grande de mis palabras sea ayudar a que historias como esta sigan inspirando a otros a mirar más allá de su propio horizonte.

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