Hace cuarenta años, una serie de decisiones imprudentes durante un ensayo técnico a baja potencia desencadenó la peor catástrofe nuclear que el mundo haya conocido. En la central nuclear de Chernobyl, la pérdida de control del reactor número 4 derivó en una explosión que destruyó por completo el edificio y liberó una nube radiactiva que afectó a millones de personas, convirtiendo a la vecina ciudad de Pripyat en un lugar fantasma.

Este desastre no fue un evento aislado, sino la culminación de una cadena de fallas que expusieron errores humanos graves, problemas de diseño intrínsecos y la ausencia de un sistema de control real.
“Hubo una combinación letal entre fallas técnicas y humanas en Chernobyl, pero lo más importante fue el contexto”, explicó Julián Gadano, sociólogo y director del Programa de Estudios de Energía Nuclear e Innovación de la UNTREF, a TN. Gadano subrayó que la tragedia ocurrió en una Unión Soviética en crisis, bajo un régimen autoritario y en descomposición política, donde “fue posible tomar decisiones totalmente enfrentadas a la seguridad” porque “nadie podía decir que no”.

En esta línea, Darío Jinchuk, consultor senior en energía nuclear y no proliferación, detalló que la noche del accidente los operadores realizaron la prueba sin respetar los protocolos establecidos y desactivaron deliberadamente sistemas automáticos clave de protección, incluyendo el mecanismo de refrigeración de emergencia. El objetivo era comprobar cuánto tiempo podían funcionar las bombas de agua ante una parada de emergencia sin energía externa, pero al ignorar medidas básicas de seguridad, el combustible de uranio se sobrecalentó y se fundió.

Un reactor con fallas de origen y sin contención
Según Jinchuk, el diseño del reactor RBMK-1000 tenía características que lo hacían especialmente vulnerable. Una de las más críticas era el “coeficiente de vacío positivo”, que provocaba que al aumentar la temperatura y formarse vapor, la reacción nuclear también se incrementara, volviendo el reactor más inestable en lugar de estabilizarse.

A esto se sumaba un defecto en las barras de control encargadas de frenar la reacción. “Era como si al apretar el freno de un auto, primero acelerara”, graficó Jinchuk, explicando que las barras primero aumentaban la potencia antes de reducirla. Gadano añadió que el diseño respondía a una lógica militar adaptada y que las barras tenían grafito en la punta, lo que generaba un aumento brusco de potencia al ser insertadas. Además, el sistema era lento: las barras tardaban unos 20 segundos en entrar completamente al núcleo, comparado con los dos segundos o menos en reactores occidentales.

Otro factor agravante fue la falta de un edificio de contención. A diferencia de las centrales occidentales, Chernobyl no contaba con una estructura de hormigón armado y acero diseñada para contener explosiones internas o fugas. Gadano describió la estructura como “algo parecido a un galpón”, lo que permitió que la explosión tuviera un impacto masivo. Jinchuk precisó que esto facilitó la liberación masiva de radionúclidos como el yodo-131 y el cesio-137, dispersándolos a gran distancia y transformando un problema industrial en una crisis ambiental y sanitaria internacional.

Chernobyl también expuso las fallas sistémicas del control soviético. Jinchuk señaló que “no existía un organismo regulador independiente. El mismo sistema operaba y se controlaba a sí mismo”. La opacidad y el autoritarismo impidieron cuestionar órdenes y mantuvieron a los operadores con información incompleta sobre los riesgos del reactor. Durante horas, además, las autoridades minimizaron lo ocurrido, retrasando la respuesta.

Tras el desastre, la industria nuclear mundial se transformó radicalmente. Se fortaleció el rol del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y se creó la Asociación Mundial de Operadores Nucleares (WANO) para mejorar la cooperación y el intercambio de información. “Hoy es inconcebible un accidente como el de Chernobyl”, afirmó Gadano, destacando la consolidación de la lógica de “defensa en profundidad”, con múltiples barreras físicas, sistemas redundantes y protocolos rigurosos.

Actualmente, los reactores de generación III y III+ incorporan sistemas de seguridad pasiva —que funcionan sin intervención humana ni electricidad—, edificios de contención robustos y coeficientes de reactividad negativos. Ya existen diseños de cuarta generación y reactores modulares pequeños con estándares aún más altos. “Un evento idéntico al de Chernobyl es altamente improbable”, aseguró Jinchuk.

Sin embargo, esto no significa que el riesgo haya desaparecido por completo. Hoy, las principales amenazas se vinculan a eventos externos extremos, como terremotos o tsunamis (ejemplificado por Fukushima en 2011), o a conflictos armados, como ocurre actualmente en Zaporiyia durante la guerra de Ucrania. La gestión de residuos, la ciberseguridad y la proliferación nuclear siguen siendo desafíos vigentes. “La seguridad es mucho mayor, pero requiere vigilancia constante”, concluyó Jinchuk.
