Por Silvina Gómez y Valentina Manfredi para Info del Estero
Cada 17 de mayo el mundo recuerda que en 1990 la Organización Mundial de la Salud eliminó la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales. Es una fecha que debería celebrarse como el fin de una mentira médica que costó vidas. Pero hay quienes la viven distinto: como el recordatorio de que la hipocresía sobrevivió al diagnóstico. Que el mundo declaró que estaba curado de un prejuicio y al día siguiente salió a ejercerlo igual.
Sandra Ester Castillo, una mujer trans que superó la media de vida (35-40 años) y está próxima a cumplir sus 65 años, lo sabe mejor que nadie. “Te saludan en la cara y después ves los comentarios en las redes. Eso es lo que más me duele”, responde ante la consulta sobre la necesidad de que el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia debe estar más presente que nunca en el calendario.
Sandra, nacida en Clodomira, en el departamento Banda fue la primera en casarse y acaparar los flashes de los medios de comunicación que en aquel entonces se referían a ella como “el travesti”. Pero detrás de la felicidad, los colores y la unidad que mostraban las fotos que recorremos en este reportaje había una veinteañera que ya había pasado más de la mitad de su vida aguantando la violencia de un sistema diseñado para castigar al que vivía bajo las reglas de su sentir.
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Cuando Sandra tenía 14 años, sus padres la mandaron a Buenos Aires. No era solo un viaje. Era una extradición doméstica, silenciosa, obligada por el murmullo de un pueblo que repelía al que no seguía la norma. “No era por falta de amor”, explica Sandra al recordar a sus padres con quienes tuvo tiempo de reconciliarse.
La dejaron en lo de una tía, hermana de su mamá, con la premisa de que dejara de ser ella para ser lo que querían que ella fuera. Pero Sandra sabía que no estaba equivocada. No había nada extraño en querer vivir como su corazón sentía. Así conoció a otras mujeres trans. Y Sandra, que tenía 14 años y toda la vida por delante, las miró y supo que ahí estaba ella.
“Yo jamás he tenido esa doble vida”, dice hoy. “Siempre me sentí una mujer. No podía mentir algo que no era”. Pero claro, gritalo reina. ¿Quién acaso puede vivir mintiéndose a sí mismo sin fracasar en el intento? Sandra entendió el juego de la vida siendo muy pequeña, pero para saberse triunfadora tuvo que atravesar lo que ella llama “un calvario”.
Ser mujer trans en los ’70
Era finales de los ’70. La policía bonaerense patrullaba casi con la única misión de detener porque sí (bueno, el abuso de autoridad y violaciones a los derechos humanos eran moneda corriente en ese entonces). A las mujeres trans las detenían por existir. Las llevaban a la comisaría y ahí pasaba lo que pasaba: golpes, ultrajes, violaciones. Les cortaban el pelo. Les quitaban la ropa de mujer. Las dejaban desnudas en los calabozos, sin nada, vaciadas hasta de lo poco que tenían. Nadie podía pedir por ellas.
“Te dejaban ahí desnuda, sacaban todo, todo, todo lo que era de mujer”, recuerda Sandra.
A los cuatro meses de estar en Buenos Aires la detuvieron y como era menor la mandaron a un reformatorio. Se llamaba Capilla del Señor. La primera noche, uno de los curas le dijo que le limpiara la celda. Una compañera, que ya sabía cómo funcionaba eso, le advirtió en voz baja: “Ese va a ser el primero que te viole”. Y tenía razón.
Sandra tenía 14 años.
La evolución en leyes, la involución en el respeto
Hay una hipocresía que se disfraza de protección. La misma sociedad que miraba para otro lado cuando la policía arrastraba a las travestis de los pelos, pagaba la entrada a los boliches donde esas mismas mujeres hacían el show.
Los mismos agentes que custodiaban los carnavales para que pudieran desplegar el talento entre plumas, brillos y bailes eran los que, terminado el espectáculo, las llevaban presas. Algo parecido a lo que pasa con los que se las dan de inclusivos y respetuosos con comentarios y likes en redes sociales y en la vida privada o en las mismas redes dejan comentarios homofóbicos amparados en el anonimato.
“La sociedad es más hipócrita”, dice Sandra. “Cuando están con vos te dicen una cosa, te golpean la espalda. Y después ves los comentarios, las acciones… Por eso me duele tanto”, explica.
¿Y los medios de comunicación?
Si bien hay ciertos límites que ya no se atraviesan, hay voces de medios y medios en sí que se las ingenian para avalar hechos que segregan desde un lugar casi imperceptible. ¿O acaso la comunidad LGBTIQ+ está representada de forma orgánica en noticieros, columnas, transmisiones deportivas, etc?
Pero eso no es nuevo. La espectacularización de casos para atraer a la audiencia ya existía. Sandra lo vivió y padeció en carne propia cuando se casó y ocupó las portadas de revistas y la grilla de los programas más taquilleros.

La cobertura escandalosa de uno de los canales más vistos le costó el departamento que compartía con su pareja. El propietario, al enterarse de quién era Sandra (conocida como Rebeca en ese entonces) rescindió el contrato y los echó.

En Santiago del Estero encontró su lugar en el mundo
Encontró la libertad, dice, viniendo a Santiago del Estero en el año 1989. Aquí pudo caminar por la calle sin que la detuvieran e incluso cuando una compañera la hizo llevar presa, el comisario la llamó a su oficina —y Sandra esperó lo peor, porque en Buenos Aires lo peor siempre llegaba— y en cambio le habló bien. Le dijo que siguiera así, que tratara de no llamar la atención. “Eso me ha dado tranquilidad”, dice.
Sandra estaba casada, pero al enfermar y fallecer su mamá decidió que no quería volver más a Buenos Aires. “Yo por ejemplo venía todos los años a pasar las fiestas con mi mamá, hasta que decidí hacer mi transición y le envío una carta, porque no había ni teléfono. Le iba, más o menos, diciendo de poco a mi mamá, hasta que un día le mandé una foto de cómo me veía, ya con mi transición”.
Entonces sus padres le explicaron que habían decidido enviarla a Buenos Aires no por falta de amor sino porque “tenían miedo de lo que me podía pasar en el pueblo”.
“En el 88, cuando fallece mi mamá, me vengo yo. Me vengo con mi marido. Y vos sabés que estuve en el velorio con él, y cuando fuimos al cementerio… yo cuando ya se venían todos, me quedé con mi mamá. Era algo…, era una tranquilidad, una paz grande, que no quería salir de ahí. No sé cómo explicarlo. Y de ahí decidí nunca más ir a Buenos Aires”, explica.
Se instaló en el fondo de la casa de su hermana, que le cedió el espacio para que tuviera privacidad. Ahí armó su departamento y pudo llevar adelante la vida que siempre buscó, con tranquilidad y en familia, cuidando de los suyos.
Memoria, por las compañeras
Sandra forma parte del Archivo de la Memoria Trans en Santiago del Estero, hoy a cargo de Julieta Paz. A través de fotografías, relatos, testimonios reconstruyen lo que vivieron.
A lo largo de la entrevista que tuvimos con Sandra nos muestra algunas fotografías de su colección personal y nos cuenta el detrás de escena. “Vivíamos en una pensión pero el fotógrafo hacía magia”, dice al apuntar una foto en la que se ve una especie de “fondo infinito” improvisado con una sábana blanca.
Algunas de las chicas que transmiten alegría en esas imágenes ya no están en el país pero mantienen contacto con Sandra, quien en definitiva se ha convertido en su familia. Algunas otras imágenes andan por el mundo y en las muestras itinerantes que se organizan a nivel nacional.
Cada foto cuenta una historia, una historia necesaria que nos hace recordar de dónde venimos, lo difícil que ha sido y lo impensado de querer volver a lo peor del ser humano.
“Santiago del Estero es la provincia que más archivo le ha dado”, dice con un orgullo Sandra.

Las que ya no están son muchas. Algunas se mataron, dice Sandra sin rodeos, “por la mierda que les hacían en las cárceles. Les daban gillettes para que se afeiten para que el vello le salga con más fuerza, les cortaban el pelo”. No hay forma de decirlo más claro ni más justo.
Sandra le ganó al tiempo
Hoy Sandra es jubilada. Tiene una familia numerosa a la que reúne cada vez que puede. “En mi último cumpleaños éramos como 100 en familia nomás, y unas cuantas chicas que son mis amigas”, recuerda.
“Quisiera que la sociedad santiagueña no nos critique, no nos juzgue tan solo por el hecho de ser trans”, dice Sandra. Y tiene un deseo que, en definitiva, nos recuerda que nadie se salva solo.
Le gustaría ver, antes de morir, a una compañera trans que sea médica, arquitecta, ingeniera… “Que cada vez sean más las que estudien, y las que no eligen estudiar, que sean respetadas”. Un pedido simple para quienes están acostumbrados a que las puertas se abran con naturalidad, pero un deseo repleto de escollos para quienes la sociedad siempre les pide un poco más.
