**Por Cecilia Inés Russo
“Es un equipo hermoso.”
Pocas frases generan tanta tranquilidad dentro de las organizaciones como esa.
Cuando hablamos de equipos que se llevan bien, que no discuten demasiado, donde las reuniones transcurren sin tensión y el clima parece agradable, solemos asumir rápidamente que estamos frente a un equipo saludable.
Sin embargo, después de acompañar muchos equipos en procesos de transformación, aprendí algo que al principio también me incomodó: no toda armonía significa alto desempeño.
Y, a veces, demasiada armonía puede ser una señal para mirar más profundo.
Recuerdo particularmente un equipo de gestión que, desde afuera, parecía funcionar muy bien. Eran respetuosos entre sí, tenían años trabajando juntos y todos hablaban del buen vínculo que existía dentro del grupo.
Pero había algo que no terminaba de cerrar.
Las decisiones tardaban demasiado. Los acuerdos se revisaban una y otra vez. Algunas personas sostenían mucho más trabajo que otras. Los temas difíciles aparecían en conversaciones individuales, pero desaparecían cuando el equipo estaba reunido.

Nadie discutía.
Y justamente ahí estaba parte del problema.
A medida que comenzamos a trabajar, apareció algo muy frecuente en muchos sistemas humanos: habían aprendido, sin darse cuenta, a proteger el vínculo evitando la tensión.
Y cuando un equipo empieza a evitar sistemáticamente la tensión, suele pagar costos invisibles.
A veces aparece como lentitud para decidir. Otras veces como sobrecarga en algunas personas, falta de innovación, exceso de adaptación o conversaciones importantes que nunca llegan al espacio compartido.
Desde afuera parece calma.
Desde adentro, muchas veces empieza a aparecer cansancio.
Existe una idea bastante instalada de que los equipos saludables son aquellos donde hay poco conflicto, mucha coincidencia y pocas diferencias visibles.
Pero los equipos vivos rara vez funcionan así.
Porque trabajar juntos implica necesariamente habitar diferencias: distintas miradas, distintos ritmos, distintas prioridades, distintas necesidades.

Y cuando esas diferencias no encuentran espacios para ser expresadas, no desaparecen.
Se desplazan.
Aparecen después de las reuniones. Circulan en pequeños grupos. Se transforman en quejas, silencios o falta de compromiso.
Los sistemas humanos siempre encuentran maneras de expresar lo que no logra conversarse.
Muchas veces la armonía artificial empieza a verse en pequeñas señales: decisiones que se acuerdan demasiado rápido, pocas preguntas incómodas, exceso de consenso, reuniones muy tranquilas donde, paradójicamente, pasa poco.
No porque falte buena intención.
Sino porque el sistema aprendió que preservar la comodidad es más seguro que sostener la incomodidad.
Y ahí aparece una distinción importante.
La salud de un equipo no se mide por la ausencia de tensión.
Se mide por la capacidad de atravesarla sin romperse.
He visto equipos fortalecer enormemente sus vínculos después de conversaciones difíciles. Y también he visto equipos aparentemente muy unidos fragmentarse lentamente por años de silencios acumulados.
Por eso, cuando trabajo con equipos, cada vez me interesa menos preguntar si hay buen clima.
Y me interesa mucho más explorar otras cuestiones.

¿Podemos decir lo que pensamos?
¿Podemos mostrar desacuerdo?
¿Podemos hacer pedidos difíciles?
¿Podemos frustrarnos sin romper el vínculo?
¿Podemos conversar aquello que hoy nadie quiere poner sobre la mesa?
Porque quizás la pregunta no sea si existe armonía.
Tal vez la verdadera pregunta sea:
¿Este equipo está construyendo conversaciones reales o solamente está aprendiendo a evitar las difíciles?

**Cecilia Inés Russo
Master Coach Ontológico Profesional
Directora Aquí&Ahora Coaching y Consultoría
