El segundo ciclo de Marcelo Gallardo en River Plate llegó a su fin este jueves con una despedida agridulce en el Monumental. Tras la victoria ante Banfield, quedó en evidencia que en el vestuario ya no había unión. Mientras las tribunas se deshacían en ovaciones para el “Muñeco”, el plantel se retiró bajo un coro de silbidos que expuso el divorcio definitivo entre los hinchas y varios futbolistas.
La falta de títulos y un juego que nunca terminó de fluir fueron el caldo de cultivo para que salieran a la luz internas que, hasta hace poco, eran solo rumores. Según reveló el periodista Gustavo Yarroch en ESPN, la tensión acumulada durante estos meses terminó por dinamitar el vínculo de Gallardo con figuras clave de la estructura titular.
La noticia que más impacto generó en el mundo millonario fue la confirmación de una relación totalmente rota con Marcos Acuña. El “Huevo”, que llegó como un refuerzo de jerarquía mundial, habría tenido cortocircuitos irreconciliables con el DT. “Algo se rompió ahí; con el tiempo tendremos más precisiones, pero es una relación que terminó mal”, aseguró Yarroch.
Pero el lateral no fue el único apuntado. El periodista detalló que Gallardo terminó “desilusionado” por el rendimiento y la actitud de otros tres jugadores que, casualmente, fueron los más repudiados por la gente en el estadio.
Uno de ellos es Paulo Díaz, un histórico que perdió crédito por errores puntuales y falta de liderazgo. En la lista “negra” figura también Fabricio Bustos, de quien se esperaba una proyección que nunca llegó a consolidarse bajo el mando del Muñeco. Y finalmente, integra la lista, Kevin Castaño, otro de los rendimientos que quedaron en deuda respecto a la expectativa inicial.
En medio del conflicto, surgió un dato que pinta de cuerpo entero la filosofía de Gallardo: el caso de Maximiliano Salas. A pesar de que el delantero no logró brillar desde lo futbolístico, el entrenador hizo una distinción pública sobre su entrega.
Para Gallardo, Salas fue uno de los pocos que “siempre tiró para adelante” y empujó en los entrenamientos diarios, marcando una diferencia de actitud con otros compañeros a los que también les fue mal en la cancha, pero que no mostraron el mismo compromiso en el trabajo semanal. Esta falta de “fuego sagrado” en la intimidad de Ezeiza habría sido el detonante final del malestar del técnico.
