A seis años del inicio de la cuarentena obligatoria, el paso del COVID-19 sigue dejando huellas profundas en la sociedad. En una entrevista especial de La Mañana de Info, el médico César Scabuzzo, el psicólogo Maximiliano Jozami y el paciente recuperado Sebastián Carabajal analizaron las consecuencias sanitarias, sociales y emocionales de la pandemia.
El doctor Scabuzzo recordó que, en los primeros meses, el escenario era alarmante. “La enfermedad era seria. A diferencia de la gripe española, que tardaba semanas en expandirse, este virus se trasladaba en horas”, explicó. En ese contexto, se adoptaron estrategias de aislamiento similares a epidemias anteriores, aunque con enormes desafíos: “¿Cómo detectar los casos? Después vinieron los hisopados y el desarrollo de vacunas, incluso con ensayos en el sur del mundo”, detalló.
Desde el plano de la salud mental, Jozami señaló que la pandemia actuó como un “acelerador” de problemáticas preexistentes. “Hubo un pico de ansiedad y depresión. También se profundizaron los problemas vinculares y la llamada ‘epidemia de la soledad’”, indicó. En ese sentido, remarcó que la virtualidad cambió la forma de relacionarse: “Hoy una videollamada es algo natural, pero sostener vínculos en la vida real sigue siendo un factor protector clave”.
El profesional también hizo referencia a los discursos antivacunas, que cobraron fuerza durante la pandemia: “Se apoyan en información falsa que, aunque fue desmentida, dejó una huella. Tampoco ayudaron algunas falencias en la comunicación de organismos internacionales”.

En paralelo, Scabuzzo destacó el trabajo sanitario durante los momentos más críticos. “Se organizaron sistemas de triage, líneas telefónicas y seguimiento de pacientes febriles. Se hizo mucho, pero en todo el mundo se superó la capacidad instalada”, explicó. Incluso recordó el inicio de la campaña de vacunación: “Decidimos poner el pecho y aplicarla rigurosamente. A mi me vacunaron con la Sputnik”.

El testimonio más crudo fue el de Sebastián Carabajal, quien atravesó una internación prolongada y al borde de la muerte. “Estuve más de un mes grave. Tenía neumonía bilateral. Veía gente morir al lado mío. No lo podía creer”, relató. Sus síntomas fueron extremos: falta de aire, manos y pies morados, y una debilidad total que le impedía moverse.
“Me decían que tenía que estar todo el día boca abajo. Comer era un esfuerzo enorme. Bajé más de 20 kilos y hoy tengo secuelas, uso medicación de por vida”, contó. Además, recordó el miedo y la angustia que marcaban cada día dentro del hospital: “Fue una experiencia muy dura”.
A seis años de aquel momento que paralizó al mundo, los especialistas coincidieron en que las consecuencias siguen vigentes: en el sistema de salud, en los vínculos y en la vida cotidiana. La pandemia pasó, pero su impacto aún no termina de irse.
