El discurso de Milei en Yeshiva: razón política, justicia y sus contradicciones filosóficas

Un análisis de los fundamentos filosóficos del discurso presidencial del 10 de marzo de 2026 ante la Universidad Yeshiva de Nueva York, a la luz del bien común y la razón política clásica, por el Círculo Nacionalista de Santiago del Estero.

 

La rectitud del gobierno exige prudencia en la dirección y justicia en la ejecución: la primera corresponde al gobernante; la segunda, al gobernado. De ahí que sea deber del buen súbdito analizar la racionalidad de los mandatos de quien gobierna, en cuanto deben expresar ordenación al bien común. Con ese espíritu abordamos el discurso pronunciado por el presidente Javier Milei el pasado 10 de marzo en la Universidad Yeshiva de Nueva York, donde dejó una serie de afirmaciones que invitan a una reflexión filosófica y política detenida.

El discurso mezcla tres tradiciones incompatibles: el liberalismo radical de la Escuela Austríaca, la retórica civilizacional de Occidente y una crítica moral al utilitarismo. Estas corrientes parten de fundamentos filosóficos distintos y, en varios puntos, contradictorios. A continuación, analizamos cinco ejes centrales.

• Política exterior y nociones de enemigo
• Fundamento moral del orden económico (capitalismo)
• Naturaleza del impuesto
• Apelación a los valores de Occidente
• Declaración de sionismo, que otorga un nuevo significado a todo lo anterior

I. Política exterior y la cuestión del enemigo

En su discurso, el presidente ratificó su alianza incondicional con Washington y Tel Aviv en momentos de extrema tensión global por la guerra en Medio Oriente, y calificó a Irán como enemigo de la Argentina. Dijo textualmente: “tengo una alianza estratégica con Estados Unidos e Israel” al tiempo que definió a Irán como un “enemigo” y remató “vamos a ganar” refiriéndose a la guerra.

El problema central es si una nación puede definir sus enemigos en función de alianzas o si debe hacerlo en función de su propio bien común.

Nosotros creemos que la política exterior debe ordenarse al bien común de la nación. En efecto, las alianzas son medios prudenciales, no principios absolutos. Una nación soberana no adopta enemigos por adhesión ideológica ni por alineamiento automático con potencias extranjeras, sino por la defensa concreta de su propio bien común. Al decir que una alianza es “incondicional”, el gobernante afirma que, incluso si esa alianza perjudica el bien común de su propia nación en el futuro, la mantendrá. Esto constituye una abdicación de su responsabilidad moral. Ningún contrato humano puede estar por encima del deber natural del príncipe hacia su pueblo.

La cuestión se agudiza cuando interviene la identificación presidencial con el sionismo. El presidente se definió como “el presidente más sionista del mundo”. La frase introduce una cuestión política profunda: ¿puede un jefe de Estado identificarse ideológicamente con el proyecto nacional de otro pueblo sin diluir el principio fundamental de toda política, que es la primacía del bien común propio? Toda nación puede tener alianzas estratégicas, eso pertenece al orden de la prudencia. Pero asumir la causa ideológica de otro Estado como propia es diferente: cuando eso ocurre, el Estado deja de ser un actor soberano para convertirse en un satélite.

Una analogía ilustra el punto: un capitán de barco que jura “alianza incondicional” a otro barco, incluso si este decide navegar hacia una tormenta o un arrecife, no es un capitán fiel; es un capitán suicida. La lealtad del gobernante es para con la nave que comanda, no para con los compañeros de ruta.

II. “El capitalismo es el único sistema justo”

En esta ocasión, el presidente Milei afirmó: “Nosotros defendemos el sistema capitalista de libre empresa porque es esencialmente un sistema justo”. Sin embargo, no hace más que repetir lo que anteriormente había manifestado en el Foro Económico de Davos de enero pasado, oportunidad en la cual se había expresado en estos términos absolutos al decir que “el capitalismo de libre empresa es el único sistema justo”.

Pero conviene precisar que no dice que el capitalismo sea “un” sistema justo, sino que es “el único” sistema justo. De igual manera cuando lo entiende como “esencialmente” justo. La diferencia no es retórica: es filosófica.

Cabe aquí una pregunta: ¿cuál es la noción de justicia que maneja el presidente para arribar a tal definición? Si en el mismo discurso critica las concepciones utilitaristas, y si entendemos al capitalismo como la exacerbación del lucro y la ganancia por sobre el capital y el trabajo —que es por esencia una idea utilitarista de la economía—, entonces no se comprende la disociación de nociones que realiza Milei.

Hay aquí un problema filosófico serio: confundir un orden económico con el criterio de justicia. El capitalismo individualista, como el materialismo comunista, son hijos de la insubordinación de la economía, donde el valor económico actúa como si no fuera instrumental sino valioso en sí mismo, invirtiendo el orden natural al considerar lo social como condicionado a lo económico, cuando en realidad es al revés, pues es de la esencia de la economía el ser social.

El mercado no puede jamás definir la justicia, porque es un ámbito cualitativamente diferente. La justicia se define por el orden moral y el bien común. El capitalismo puede ser compatible con la justicia, pero no es por esencia un sistema justo; depende de las virtudes morales, del orden jurídico y de su subordinación al bien común. Es, simplemente, un medio.
Por ello es que de ninguna manera puede considerarse en un orden recto de la economía, apegada al bien común y al orden natural, que el capitalismo de libre empresa sea “esencialmente” justo, ni mucho menos “el único” sistema justo.

III. “Los impuestos son un robo”

La premisa del liberalismo de cuño austríaco es el individualismo metodológico: la sociedad no existe; solo existen individuos que interactúan por interés propio. Esto es un grave error. Aristóteles enseña que el hombre es un “animal político” porque, a diferencia de las bestias o los dioses, no puede alcanzar su perfección en soledad. El hombre nace en una familia y vive en una ciudad; desde el primer momento está inmerso en una red de sociedades y vínculos. Además, no nos unimos a otros por un contrato ni por cálculo de beneficios —como sugiere el liberalismo—, sino porque nuestra propia naturaleza lo exige para sobrevivir y, sobre todo, para vivir bien.

Si la sociedad es un cuerpo orgánico y no una simple suma de individuos, el Estado no es un agresor externo sino el principio de coordinación de ese cuerpo. Bajo esta luz, el impuesto no es un “robo”, sino la parte proporcional que el miembro debe aportar para el sostenimiento de las funciones que aseguran el Bien Común. El Bien Común no es la suma de bienes privados —como supone el liberalismo—, sino un bien que es común a todos y a cada uno, y que solo se puede alcanzar y disfrutar en comunidad: la paz, la justicia, la seguridad.

El error antropológico del discurso libertario reside en suponer que el hombre es un ser previo y exterior a la sociedad. Al calificar el impuesto como robo, se ignora que la propiedad privada, aunque es un derecho natural, no es absoluta, sino que tiene una función social. El problema moral no es el impuesto en sí, sino el impuesto injusto, desproporcionado o confiscatorio.

IV. “Volver a los valores de Occidente”

El apelativo exige definir qué es Occidente. Pueden distinguirse al menos dos sentidos: el Occidente que nace con la Ilustración, se consolida con la Revolución Industrial y se fundamenta en el individualismo, la libertad negativa y el mercado como único mecanismo de coordinación social; y el Occidente Clásico y Cristiano, síntesis de la filosofía griega, el derecho romano y la Revelación, que entiende que la libertad no es “hacer lo que uno quiere” sino la facultad de elegir el bien.

El discurso de Milei marca una profunda contradicción: invoca la estética y la retórica de la “civilización occidental” —tradicionalmente asociada a la Cristiandad—, pero su contenido es el liberalismo radical, que históricamente fue el disolvente de los vínculos orgánicos y religiosos de esa misma civilización. Los valores que él enumera —individualismo radical, propiedad privada como valor supremo, mercado como orden moral, meritocracia económica— no son los valores de Occidente en sentido estricto, sino los valores de la Modernidad secularizada.

La tradición clásica pondría por encima la justicia, la piedad, la fortaleza y la subordinación de la economía a la ética y a la política. El verdadero desvío de Occidente no fue el colectivismo del siglo XX, sino la Revolución Liberal del XVIII, que rompió la unidad de la Cristiandad, entronizó al individuo y desplazó a Dios del centro de la vida pública. “Volver a los valores de Occidente” para Milei no es volver a Santo Tomás o a la Ciudad de Dios, sino volver a la Manchester del siglo XIX o a la Viena de Mises. Es, en definitiva, la defensa de la “libertad del individuo” frente a la “tradición de la persona”.

V. La declaración de sionismo y el cortocircuito ideológico

El sionismo moderno surge en el siglo XIX con figuras como Theodor Herzl: es un movimiento nacionalista moderno, nacido en el contexto del nacionalismo europeo, que buscaba no una teocracia sino un “Estado para los judíos” (Der Judenstaat) basado en el modelo de los estados-nación. Es la afirmación de un derecho colectivo —el del pueblo judío a una nación— que se realiza a través de un Estado.

Aquí es donde la coherencia interna del discurso entra en crisis. El anarcocapitalismo de cuño rothbardiano sostiene que el Estado es una organización criminal que viola la propiedad privada, y que no existen derechos colectivos sino solo individuales. Para un anarcocapitalista puro, el Estado de Israel debería ser tan “criminal” como cualquier otro. Sin embargo, Milei lo abraza incondicionalmente. Esta contradicción solo se resuelve mediante un giro ideológico: dejar de ver a Israel como un “Estado” y pasar a verlo como un “baluarte de la libertad”.

Podría plantearse que el sionismo de Milei funciona como el ancla de identidad que su liberalismo atomista no puede proveer: mientras su economía dice que “no hay sociedad, solo individuos”, su política internacional busca refugio en una identidad colectiva y milenaria. Tampoco puede pasarse por alto que el Estado de Israel tiene una estructura socialdemócrata con fuerte intervención y gasto militar —justamente lo que Milei condena en la Argentina—, lo que refuerza la aplicación selectiva de los principios metafísicos.

Esta mezcla es filosóficamente problemática por tres razones. Primera, confunde el orden de la fe con el orden de la política: el gobernante debe actuar según la razón natural dirigida al bien común de su propio pueblo. Segunda, olvida el bien común propio: si la alianza incondicional con un proyecto nacional ajeno obliga a la Argentina a adoptar enemigos que no amenazan su bien común, el gobernante peca contra la justicia distributiva hacia sus ciudadanos. Tercera, ambas ideologías —sionismo y liberalismo— son hijas de la modernidad: el sionismo busca la salvación a través de un Estado nacional; el liberalismo, a través del mercado; ambas ignoran la subordinación del orden temporal al espiritual.

Conclusión

El discurso presidencial en Yeshiva revela una arquitectura filosófica internamente contradictoria: el individualismo metodológico niega la sociabilidad natural del hombre, pero su política internacional busca refugio en una identidad colectiva; condena al Estado como ladrón en casa, pero exalta la soberanía y la fuerza de un Estado extranjero; apela a Occidente con retórica cristiana, pero propone una antropología que niega los pilares sobre los cuales se construyó la verdadera catedral de la civilización occidental. La prudencia política exige que el gobernante ordene cada decisión —alianzas, sistema económico, fiscalidad, identidad civilizacional— al bien común concreto de la nación que gobierna. Ese es el criterio que, en definitiva, mide la rectitud de todo gobierno.

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