Ayer, el teniente general Leonard F. Anderson IV, comandante de la Reserva de las Fuerzas de Infantería de Marina de los Estados Unidos ordenó prepararse para una movilización masiva. En un comunicado que marca un punto de giro en el conflicto, se instruyó a los reservistas a alistarse, en una señal clara de que el Pentágono contempla una inminente expansión de las operaciones terrestres.
Este movimiento se complementa con el despliegue del USS Tripoli, un buque de asalto anfibio de última generación que funciona como un “miniportaaviones”. La embarcación transporta a más de 3.000 marines listos para entrar en combate. Si bien el Comando Central estadounidense confirmó el traslado hacia el área de conflicto, mantiene bajo estricto secreto la ubicación exacta del buque por razones de seguridad estratégica.
Ante el avance estadounidense, la República Islámica de Irán endureció su postura con una advertencia inusual y directa. La Guardia Revolucionaria iraní emitió un comunicado a través de la agencia Tasnim en el que declara a las universidades israelíes y estadounidenses en la región como objetivos militares legítimos.
El cuerpo de élite exigió la evacuación inmediata de estos centros educativos. Irán presenta esta medida como una represalia por los recientes ataques aéreos de Washington y Tel Aviv contra instituciones académicas persas.
Durante la madrugada del sábado, fue bombardeada la Universidad de Ciencia y Tecnología en Teherán, sumándose al ataque del jueves pasado contra la Universidad Tecnológica de Isfahán. Aunque estos bombardeos no dejaron víctimas mortales, han servido de detonante para esta nueva escalada retórica y militar.
Nueva fase
El llamado a los reservistas sugiere que la guerra podría estar por abandonar su fase puramente aérea o de ataques selectivos para ingresar en una fase terrestre de gran escala. El incremento masivo de tropas en la zona busca no solo reforzar las posiciones actuales, sino también establecer una capacidad de despliegue rápido ante la resistencia prometida por Teherán.
