Por Lourdes Suarez Torres
En este Día de la Partera, buscamos que la conversación ya no pase solo por reconocer una vocación profundamente ligada al cuidado. También invitamos a revisar algo más incómodo: la forma en que estamos naciendo. En Santiago del Estero, donde el sistema de salud arrastra prácticas históricas, empieza a crecer una mirada que propone algo simple pero disruptivo: intervenir menos y comprender más.
Desde su experiencia en el ámbito público, privado y también en partos domiciliarios, la partera y obstetra Haydée Infate describe un cambio de paradigma que no es solo sanitario, sino también cultural. Una transformación que dialoga con la antropología y que pone en el centro a la mujer, su historia y su contexto.

Un modelo que todavía trata al parto como patología
Haydée no lo plantea como una crítica aislada, sino como una descripción de lo que se ha naturalizado durante décadas.
“Predomina en nuestra región el parto con un enfoque de enfermedad. Nuestro cuerpo, al momento de gestar, pasa a ser controlado por el sistema de salud”.
Detrás de esa frase hay una idea fuerte: el embarazo y el parto dejaron de ser procesos íntimos para convertirse en eventos regulados, medidos y dirigidos desde afuera. Esto no implica negar la importancia del sistema de salud, pero sí cuestionar el lugar que ocupa.
En ese sentido, la partera insiste en que el parto no puede ser reducido a un hecho clínico, porque atraviesa múltiples dimensiones.
“Tiene que ver con la historia de la mujer, con su sexualidad, con lo social, con sus emociones y su psicología”.
Es ahí donde aparece el aporte de la antropología: entender que no existe una única forma “correcta” de parir, sino que cada cultura construye sus propias prácticas. Sin embargo, el sistema tiende a homogeneizar, y en ese proceso se pierden matices esenciales.

El rol de la partera: saber esperar
En un escenario donde todo parece medirse en tiempos y protocolos, el rol de la partera se redefine desde un lugar menos visible, pero clave.
“El rol más importante de la partera es ubicarse en un lugar de observación y de espera”.
No se trata de ausencia, sino de una presencia distinta. Una que acompaña sin invadir, que interviene solo cuando es necesario. Para eso, Haydée subraya algo que muchas veces no forma parte de la práctica institucional: el vínculo previo.
“Es necesario un acercamiento para conocer a la familia, sus intereses, su mundo cultural, sus aspiraciones”.
Ese conocimiento no es accesorio. Permite comprender cómo esa mujer quiere transitar su parto, qué miedos trae, qué expectativas tiene. Y en función de eso, acompañar de manera más respetuosa.

Intervenciones que se volvieron rutina
Uno de los puntos más críticos del análisis tiene que ver con prácticas que se aplican casi de forma automática en los sistemas de salud. “Hay una rutina en los sistemas: la administración de medicamentos que no siempre son necesarios”.
Según explica, esto no responde necesariamente a una mala intención, sino a un modelo de formación que prioriza la intervención. “Las escuelas vienen con un perfil intervencionista. Se asiste al nacimiento como si fuera una enfermedad”.
El problema es que esa lógica termina interfiriendo en un proceso que, en la mayoría de los casos, podría desarrollarse de manera fisiológica. La falta de libertad de movimiento, las posiciones obligadas y los tiempos impuestos desde afuera generan una experiencia muchas veces desconectada del propio cuerpo.

¿Se puede hablar de parto respetado en hospitales?
Frente a este escenario, la pregunta aparece casi inevitable. Y la respuesta no es absoluta. “Sí se puede, en el contexto hospitalario, lograr que la mujer tenga una experiencia feliz y saludable”. Haydée no habla desde lo ideal, sino desde su práctica cotidiana. Sostiene que incluso dentro de estructuras rígidas es posible generar cambios.
“Se trabaja con música, con herramientas que contemplan lo emocional, lo psicológico”. Esto implica correrse, aunque sea parcialmente, de la lógica puramente técnica. Sin embargo, también reconoce que estas experiencias dependen en gran medida de la voluntad y formación de cada profesional, lo que evidencia una falta de política estructural en este sentido.
Parto en casa: entre la elección y la responsabilidad
El parto domiciliario aparece como una alternativa que crece, pero que todavía genera tensiones. “El parto es un proceso natural, pero también puede convertirse en una patología en cualquier momento”.
Lejos de idealizarlo, Haydée marca con claridad los límites. En un hospital, la respuesta ante una complicación es inmediata. En un domicilio, no. “Por eso es clave tener criterio oportuno para derivar cuando cambia algún parámetro”.

En Santiago del Estero, además, hay una falta concreta de regulación que complejiza este escenario. “Falta reglamentar y generar redes legales que respalden esta forma de acompañar”.
Actualmente, muchas de estas prácticas se sostienen más por la experiencia y el compromiso profesional que por un marco institucional sólido, lo que deja zonas grises.
El miedo: una herencia cultural
Más allá de lo técnico, hay un elemento que atraviesa la mayoría de los relatos de parto: el miedo. Un miedo que no surge de la nada, sino que se construye socialmente. “La mujer llega con miedo, por lo que ha escuchado y por experiencias previas”.
En ese contexto, el acompañamiento cobra otra dimensión. No se trata solo de asistir, sino de reconstruir confianza. “Trabajamos para que la mujer confíe en su propio proceso”.
Esto implica explicar, contener y, muchas veces, desarmar creencias instaladas. También respetar los tiempos internos, algo que el sistema suele pasar por alto. “La partera está expectante, en silencio, para no interrumpir el flujo hormonal”.

Buena técnica, pero experiencias insatisfactorias
Uno de los aspectos más sensibles que señala Haydée es la distancia entre el éxito clínico y la vivencia personal. “Se atiende bien desde lo técnico, pero hay disconformidad en la calidad de atención”.
El parto puede terminar sin complicaciones médicas, pero eso no garantiza una experiencia positiva. “Para la mujer es un momento único, pero para el sistema es uno más”.
Esa diferencia de perspectiva genera marcas que van más allá del momento. “Quedan sinsabores, y muchas veces la experiencia se recuerda con miedo”.
Quién decide cómo se nace
En el fondo, la discusión también gira en torno a quién toma las decisiones. “En las instituciones, el que decide es el médico”.
Esto responde a una estructura jerárquica tradicional, donde la voz de la mujer queda muchas veces relegada. En otros contextos, como el parto domiciliario, esa dinámica cambia.
“La partera decide hasta dónde llega, siempre evaluando la salud de la mamá y el bebé”. Pero esa decisión no es arbitraria. Está basada en indicadores concretos que permiten determinar cuándo es necesario intervenir.
Nuevas búsquedas, respuestas insuficientes: volver a lo esencial
El cambio cultural ya está en marcha. Cada vez más mujeres acceden a información y buscan alternativas. “Hoy hay mujeres que quieren otras formas de parir, distintas a las del sistema”.
Sin embargo, la oferta no crece al mismo ritmo. “Hay pocas parteras que trabajen desde este enfoque en nuestra comunidad”.
Esto genera una brecha entre lo que las familias buscan y lo que el sistema puede ofrecer.

En el Día de la Partera, la reflexión va más allá del reconocimiento. También pone en discusión el modelo actual de atención. “La partera tiene que acomodarse como dé lugar para que esa mujer termine su parto feliz”.
La frase resume una forma de entender el acompañamiento: centrado en la mujer, en su cuerpo y en su experiencia.
Pensar el nacimiento desde este lugar no implica rechazar la medicina, sino utilizarla con criterio. Intervenir cuando es necesario, pero no por inercia.
Porque, en definitiva, la forma en que nacemos no es un detalle menor. Es el primer vínculo con el mundo. Y quizás, como plantea esta mirada, también una de las primeras oportunidades para empezar a cambiarlo.
