Cuando el liderazgo deja de tener un solo rostro

**Por Cecilia Inés Russo

Hay escenas que, como coach de equipos, producen una alegría difícil de explicar. No porque todo salga perfecto. No porque desaparezcan los conflictos. Sino porque uno alcanza a ver que el sistema ya no necesita ser sostenido de la misma manera.

Recuerdo una reunión en la que estábamos revisando un proyecto que no había salido como esperábamos. Tiempo atrás, una conversación como esa hubiera tenido un recorrido bastante previsible. Todos habrían esperado la palabra del director. Él analizaría lo sucedido, señalaría qué corregir y, probablemente, terminaría proponiendo el camino a seguir.

 

Aquella mañana ocurrió otra cosa; antes de que el director hablara, alguien dijo: “Creo que lo primero que tendríamos que preguntarnos es qué no vimos a tiempo”. La pregunta quedó flotando apenas unos segundos….Después apareció otra. “¿Y qué hicimos nosotros para que eso ocurriera?, A partir de estas preguntas la conversación empezó a desplegarse casi sola.

Ya nadie buscaba responsables. Nadie esperaba que una única persona tuviera la respuesta. El equipo había empezado a hacerse cargo de pensar, revisar y aprender en conjunto.

Mientras los escuchaba, tuve la sensación de estar viendo algo que iba mucho más allá de esa reunión. No estaba cambiando solamente la manera de conversar, y eso ya es muchísimo, estaba cambiando el lugar desde donde el sistema ejercía el liderazgo.

Durante mucho tiempo asociamos el liderazgo con una persona. Con quien dirige, coordina o toma las decisiones más importantes. Sin embargo, cuando un equipo evoluciona, empieza a ocurrir algo distinto. El liderazgo deja de concentrarse exclusivamente en quien ocupa un cargo. Empieza a aparecer en las preguntas que alguien se anima a hacer. En quien ayuda a ordenar una conversación. En quien señala un riesgo que nadie estaba viendo. En quien acerca una mirada diferente. En quien sostiene un acuerdo cuando resulta más fácil abandonarlo. El liderazgo empieza a circular.

Cuando eso sucede, el equipo gana capacidad de cuidarse a sí mismo. Y desde esta capacidad: las conversaciones ya no dependen únicamente de que alguien las conduzca, los acuerdos no necesitan ser recordados permanentemente por el líder, los problemas y desafíos empiezan a detectarse antes, las personas se sienten habilitadas para intervenir, preguntar y proponer. El sistema desarrolla una nueva forma de inteligencia. Una inteligencia distribuida.

No significa que el líder  formal deje de ser importante, por el  contrario, su presencia sigue siendo necesaria, pero ya no para ocupar todos los espacios. Su principal tarea empieza a ser cuidar el proceso, sostener el propósito y crear las condiciones para que otros también puedan liderar.

Curiosamente, es en ese momento cuando muchos líderes sienten que están perdiendo protagonismo. Y, sin embargo, suele estar ocurriendo exactamente lo contrario. El sistema está creciendo. Y ese crecimiento también habla de la calidad del liderazgo que lo hizo posible.

En el recorrido que venimos haciendo, el equipo acaba de conquistar una nueva capacidad. Después de aprender a pensar junto, comienza a descubrir que el liderazgo no pertenece a una persona y puede convertirse en una cualidad del sistema.

En el próximo artículo seguiremos recorriendo este camino. Porque cuando el liderazgo empieza a distribuirse, el equipo descubre algo todavía más desafiante: su capacidad para aprender de sí mismo.

**Cecilia Inés Russo
Master Coach Ontológico Profesional
Directora Aquí&Ahora Coaching y Consultoría

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