Por Melissa Ramírez
A las ocho de la mañana el refugio despierta con una escena que se repite todos los días. Ciento cincuenta perros ladran al unísono, corren de un lado a otro y esperan ansiosos que llegue el momento de comer. Parecen conocer el horario mejor que cualquier reloj. Minutos antes de recibir el alimento, el movimiento es incesante. Después, poco a poco, vuelve la calma. Detrás de esa rutina hay un trabajo que nunca se detiene y que pocas personas llegan a conocer en profundidad.
El refugio Bichos funciona todos los días de 8 a 21 y, aunque muchas veces la comunidad lo identifica únicamente cuando solicita ayuda económica, la realidad es mucho más amplia. Allí no solo se albergan animales abandonados. También se rescatan perros heridos, se los alimenta, se los cura, se los castra, se los socializa, se los prepara para una futura adopción y, cuando es posible, se les busca una familia que les permita empezar de nuevo.
“Nos gustaría que este fuera un lugar de tránsito, donde los animales permanezcan solo el tiempo necesario hasta encontrar un hogar. Pero lamentablemente nos terminamos convirtiendo en un refugio, porque muchos no tienen adónde ir”, contó Alejandra Giménez, encargada del lugar, durante una entrevista con Info del Estero.
La institución funciona de manera privada y está organizada como una asociación, con una comisión directiva encabezada por su presidenta, Gabriela Mulki. Son nueve trabajadores quienes sostienen el funcionamiento cotidiano del predio mediante turnos rotativos de siete horas. No hay voluntarios permanentes. Todos cumplen funciones específicas porque el trabajo exige dedicación constante: limpiar los caniles, medicar, curar heridas, trasladar animales al veterinario, controlar tratamientos, jugar con ellos para favorecer su socialización y, sobre todo, brindarles el afecto que muchas veces nunca recibieron.
Bichos es mucho más que un refugio: una tarea que no termina cuando cierran las puertas
Pero la labor de Bichos no termina dentro del predio. Tres veces por semana, junto con la Municipalidad, el equipo sale a recorrer distintos barrios para alimentar perros que viven en la calle. Tarapaya, General Paz, Belén y Santa Teresita son algunos de los sectores donde la necesidad es mayor. “Nos gustaría salir todos los días, pero hoy no contamos con un vehículo propio. Hacemos todo lo que está a nuestro alcance”, explicó Giménez.
El esfuerzo es enorme. Cada semana el refugio consume diez bolsas de alimento balanceado de 20 kilos para los perros que viven allí. A eso se suman otras veinte bolsas destinadas a los animales que permanecen en situación de calle. En total, son treinta bolsas semanales que representan uno de los gastos más importantes para una institución cuyos recursos nunca alcanzan.
El refugio recibe un subsidio municipal que permite afrontar parcialmente algunos costos, como los salarios del personal, parte de la atención veterinaria y determinados medicamentos. Sin embargo, la ayuda está lejos de cubrir todas las necesidades. Cada rescate implica nuevos gastos: estudios, radiografías, análisis, ecografías, cirugías o tratamientos complejos que deben realizarse en centros veterinarios externos.
“Todos los meses arrancamos con una deuda nueva. Junio ya logramos saldarlo, pero julio vuelve a empezar igual. Muchas veces sentimos que cansamos a la gente de tanto pedir ayuda, pero es la única manera de seguir. Una cirugía hoy puede costar más de 400 mil pesos y nosotros no podemos mirar para otro lado cuando un animal necesita ser atendido”, expresó Alejandra.

“Ellos no son objetos”: el dolor de verlos volver después de haber conocido un hogar
Si hay algo que duele en Bichos, no son las largas jornadas de trabajo ni las deudas que se acumulan cada mes. Lo más difícil es ver regresar a un perro que alguna vez salió del refugio creyendo que había encontrado una familia para siempre.
Alejandra lo cuenta con la voz quebrada. Explica que cada adopción implica entrevistas, seguimiento y un compromiso que intentan transmitir desde el primer momento. Sin embargo, no siempre alcanza.
“Muchas veces los adoptan porque son cachorritos. Crecen, dejan de ser esa ternura chiquita y nos llaman para decirnos que ya no los pueden tener. Nosotros vamos y los buscamos otra vez”, relató.
Por eso, las adopciones en Bichos son supervisadas y tienen requisitos que a algunos les parecen excesivos. Pero detrás de cada condición hay una historia de abandono que no quieren volver a repetir.
“Siempre les decimos que el perro tiene que ser un integrante más de la familia. No algo que va a estar en el patio y que van a devolver cuando moleste o cuando ya no lo quieran. Lamentablemente, muchas veces terminan tratándolos como si fueran un objeto, y ellos sienten. Ellos sufren”, mencionó Alejandra.

Martina logró recuperarse, pero no ser adoptada.
Las consecuencias quedan marcadas en los animales. Muchos vuelven desconfiados, otros deprimidos y algunos ya nunca logran encontrar otro hogar.
“Hubiéramos querido que muchos de ellos murieran rodeados por una familia, conociendo lo que es el amor de un hogar. Nosotros hacemos todo lo posible, pero a veces simplemente no los eligen, sobre todo a aquellos que tienen alguna cicatriz que los marcó de por vida”, agregó.
Entre los ladridos también hay historias de perros que ya envejecieron esperando que alguien los eligiera. Algunos llegaron con una lesión permanente, otros perdieron una pata, otros quedaron con cicatrices que nadie quiere mirar. Mientras los cachorros suelen encontrar adoptantes rápidamente, ellos observan cómo pasan los meses, los años y las oportunidades.
Pero también existen historias que recuerdan por qué vale la pena seguir. Una de ellas es la de Bigote.

Pedro “El Grandote”, llegó con cuatro meses. Había sido atacado a machetazos y estas lesiones le costaron la vista. Hoy, se ve así.
Cuando llegó al refugio, aproximadamente hace cuatro años, era apenas la sombra de una perra. Estaba desnutrida, anémica, con un cuadro severo de sarna y sin prácticamente un solo pelo en el cuerpo. Una vecina llamó para avisar que deambulaba sola por calle Diaguitas, donde además era atacada constantemente por otros perros. El equipo fue a buscarla creyendo que el mayor desafío sería recuperar su estado físico. Se equivocaban.
“Lo más complicado no era su cuerpo. Era su corazón”, recordó Alejandra. Bigote no permitía que nadie se acercara. No aceptaba una caricia ni dejaba que la tocaran. Cada intento de asistencia era interpretado como una amenaza. Lamentablemente, había aprendido que las personas solo podían lastimarla.
“¿Cómo hacés para acercarte a un animal que toda su vida recibió patadas, ladrillazos, golpes o fue echado de todos lados? Había perdido completamente la confianza”, mencionó Alejandra.
La recuperación fue lenta. Primero sanaron las heridas visibles. Después comenzó el proceso más difícil: enseñarle nuevamente que no todos los humanos hacen daño. Hoy Bigote es otra. Su pelaje volvió a crecer, recuperó peso, busca las caricias de quienes la cuidan y jamás volvió a escaparse del refugio.
“Ahora la ves hermosa, quiere que la acaricien. Nunca más se fue. Ese cambio es una de las cosas más gratificantes que vivimos”. Cada rescate exitoso renueva las fuerzas del equipo. Ver cómo un perro vuelve a caminar, deja de sentir miedo, recupera la salud y finalmente encuentra una familia es, según Alejandra, una emoción imposible de describir.
