Ni “patologizar la vida cotidiana”, ni rotular de “generación de cristal” a quienes exponen su malestar emocional. Ninguno de los dos extremos conduce a una sociedad que cultive la salud mental, según analiza el psicólogo, Javier Ulla.
Aunque se trata de una expresión utilizada muy a menudo, no todos tienen en claro de qué se trata. Cada 10 de octubre se conmemora en el mundo el Día de la Salud Mental, en un intento de poner sobre el tapete su importancia, la multiplicidad de factores que la atraviesan, los trastornos científicamente probados y la prevención del suicidio.
Ulla prefiere pensar en la salud mental en términos de la salud en general. Considera que frecuentemente “uno tiende a pensar en opuestos, en la diferencia entre salud y enfermedad”, pero que es necesario comprenderlo de otro modo.

“Son como dos puntas de un ovillo y en el medio, en todo este espectro, vamos a poder pararnos de un lado más cerca o de un lado más lejano a lo que es la salud, entendida como un estado de bienestar general biopsicosocial, como un continuum”, dice. Tampoco puede ser considerada de un modo “aislado” e “individualista”, ya que lo que ocurre alrededor de una persona, tiene injerencia en ella.
De ahí la importancia de considerar el “contexto a nivel personal, a nivel familiar, a nivel socio histórico, pensando todos los entrecruzamientos que tenemos nosotros como individuos”. Pues, la realidad “macro” que impacta a cada persona de un modo distinto.
“No podemos dejar de lado que hay factores ajenos al individuo que son a nivel cultural que descuidan la salud mental”, precisa Ulla. Se refiere entonces a las problemáticas sociales y económicas, como la pobreza, la exclusión, el desempleo y la falta de acceso a oportunidades que desestabilizan emocionalmente y que además, ponen en jaque al sistema sanitario.

“El contexto sociocultural en el que está la Argentina, a nivel político, con el desmenuzamiento del Estado que se nota, por ejemplo, en la cantidad enorme de certificados de discapacidad que se han dado de baja, en la dificultad para conseguir trabajo digno… son cosas que van a afectar. Uno debe tenerlo en cuenta, porque es algo que es totalmente ajeno al individuo. Eso es innegable porque el psicólogo no va a curar el desempleo, el psiquiatra no va a curar la explotación laboral”, grafica.
¿Todos al psicólogo?
En los últimos años, acudir al psicólogo dejó de ser un tabú y pasó a ser parte de la rutina de un argentino promedio. Si bien no existen estudios acerca de la cantidad de personas que llevan adelante una terapia, existe un dato que puede ayudar a dimensionar su relevancia en nuestro país.
De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, Argentina es el que mayor cantidad de psicólogos presenta por cada 100.000 habitantes (222,6), seguido de Costa Rica, Holanda, Finlandia y Australia con más de 100 cada uno.

Sin embargo, generalizar en exceso la terapia psicológica puede derivar en una “patologización de la vida cotidiana”. Por eso, Ulla escapa a la idea de que “todo el mundo tiene que ir al psicólogo”.
“Hay que pensarlo desde el punto en que ir al psicólogo es ir a recibir un tratamiento. El psicólogo es un trabajador de la salud y tiene que ser entendido de ese modo. Por eso es muy importante que no caigamos en la patologización de la vida cotidiana”, indica.
Aclara también que “no necesariamente quien vaya a un psicólogo, a un psiquiatra, a algún profesional de la salud en general, tiene que ir sí o sí con el ‘sello’, con una etiqueta diagnóstica, porque no todo va por ahí”. Pues, reconoce que “hay mucha gente que puede tener determinado malestar que no se va a encuadrar dentro de alguna nomenclatura diagnóstica”.

El psicólogo habla de un equilibrio que permita a las personas que lo necesitan acceder a un tratamiento, pero sin caer en generalizaciones banales que puedan presentar a la psicología como algo que no es: una moda.
Hablar: un hábito de salud mental
Uno de los hábitos fundamentales para la salud mental es hablar “más” y “sin miedo”. Pero también “dar apertura a la escucha”, según argumenta Ulla. Ocurre que, “muchas veces uno tiende a naturalizar o a perpetuar discursos que son poco saludables”, como el minimizar lo que el otro siente.
En la actualidad no es extraño “categorizar” a quienes ponen de manifiesto un conflicto emocional y eso está asociado al “contexto sociohistórico en el que estamos a nivel global”. “Con este auge de las extremas derechas, por ejemplo, se suele señalar a personas que tienen determinados malestares, o a quienes empiezan a hablar con mayor libertad sobre problemáticas de la salud mental, como ‘generación de cristal’”, describe.

El peligro de este estigma encapsulado en discursos poco saludables es que “silencian e invalidan malestares que merecen ser escuchados y merecen que se les dé el lugar necesario para ser tratados”.
La salud mental debe ser abordada de un modo responsable, sin caer en prejuicios ni mucho menos en extremos. Pero además, los Gobiernos del mundo deben centrar su atención y esfuerzos a un sistema sanitario capaz de brindar ayuda temprana a quienes lo necesitan, a los fines de garantizar el bienestar “biopsicosocial”.
Salud desfinanciada
Lamentablemente, en los últimos años, el área de salud mental quedó relegada por el Estado nacional y el Presupuesto 2026 anticipa condiciones todavía más desfavorables. Según un informe elaborado por la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia, el proyecto prevé desfinanciar la Actividad de “Apoyo y Promoción de la Salud Mental” del Programa 42 de Prevención y Tratamiento de Patologías Específicas.

Se trata de la única línea del Ministerio de Salud de la Nación destinada a implementar la Ley de Salud Mental y a fortalecer los abordajes comunitarios. Los niveles de inversión en esta actividad cayeron abruptamente en 2016 y nunca se recuperaron. Y, en caso de aprobarse el proyecto presentado por el Ejecutivo, el año próximo contaría con apenas 48 millones de pesos, lo que implica una reducción del 91,53% respecto de los recursos vigentes para el año en curso (de los cuales, hasta la fecha, solo se ejecutó un 30,75%).
