Día del Paciente Trasplantado: dos santiagueños cuentan cómo la donación de un órgano les devolvió la vida
José María González pasó 16 años conectado a una máquina de diálisis. Soledad Herrera esperó dos décadas mientras luchaba contra el lupus y formaba una familia. En el Día Mundial del Paciente Trasplantado, comparten una historia de lucha, fe, amor y esperanza que también busca concientizar sobre la importancia de la donación de órganos.

Por Melissa Ramírez

Cada 6 de junio se conmemora el Día Mundial del Paciente Trasplantado, una fecha impulsada para promover la donación de órganos y reconocer a quienes recibieron una segunda oportunidad de vida gracias a un trasplante. La jornada busca además generar conciencia sobre la realidad de miles de personas que permanecen en lista de espera, aferradas a la esperanza de que llegue ese llamado capaz de cambiarlo todo.

José María González y Soledad Herrera conocen mejor que nadie el significado de esa espera. Durante años vivieron pendientes de controles médicos, tratamientos y sesiones de diálisis que condicionaban cada aspecto de sus vidas. También aprendieron a convivir con la incertidumbre, el cansancio y los proyectos postergados.

El teléfono sonó en plena madrugada. José María estaba durmiendo cuando escuchó que llamaban desde Córdoba. No necesitó demasiadas explicaciones. Del otro lado de la línea pronunciaron el nombre del Sanatorio Allende y entendió de inmediato que aquello que había esperado durante más de una década finalmente estaba ocurriendo.

A cientos de kilómetros de distancia, Soledad también recuerda el instante exacto en que recibió la noticia que llevaba años aguardando. Después de convivir con el lupus, atravesar interminables sesiones de diálisis y convertirse en madre en medio de ese proceso, aparecía por fin la posibilidad de comenzar una nueva etapa.

Hoy, siete años después de haber recibido un riñón, José volvió a trabajar como cartero, participa activamente en la Iglesia como catequista, practica atletismo y disfruta de una vida prácticamente normal junto a su esposa Norma Ledesma y sus hijos Josefina y Ezequiel. Soledad, por su parte, vive en el barrio Saint Germain junto a su esposo Oscar Quintero y su hijo Juan Oscar, el pequeño al que define como su milagro.

Ambos integran la Asociación Amigos de la Vida y coinciden en algo: detrás de cada paciente trasplantado existe una familia que sostiene, una historia de lucha silenciosa y una persona que, en medio del dolor, decidió donar para que otro pudiera seguir viviendo.

La vida atada a una máquina

Cuando José María González comenzó a perder la visión jamás imaginó que el problema estaba en sus riñones. Durante años había llevado una vida normal, trabajando como cartero y proyectando junto a Norma el futuro que querían construir. Sin embargo, un día empezó a notar que veía cada vez menos. La situación se agravó al punto de quedar prácticamente ciego.

La explicación llegó de manera inesperada. Su presión arterial había alcanzado niveles extremadamente altos y, aunque no sentía síntomas evidentes, el daño ya estaba hecho. Los estudios confirmaron que padecía insuficiencia renal crónica y que debía comenzar un tratamiento de diálisis.

La noticia cayó como un balde de agua fría. Corría el año 2003 y la pareja se preparaba para casarse. Habían ahorrado dinero para concretar sus planes, pero de un momento a otro esos recursos tuvieron que destinarse a consultas médicas, estudios, medicamentos y una nueva alimentación. Lo que parecía una etapa de crecimiento se transformó en el inicio de una larga batalla.

En el caso de Soledad Herrera, la enfermedad apareció mucho antes. A los 18 años le diagnosticaron lupus, una enfermedad autoinmune que terminó afectando severamente sus riñones. Durante un tiempo intentó diferentes tratamientos para retrasar el deterioro, incluso viajó a Buenos Aires en busca de alternativas que le permitieran evitar la diálisis. Pero llegó un momento en que ya no hubo otra opción.

“La diálisis reemplaza la función de los riñones”, explicó. “Cuando los riñones dejan de funcionar, la máquina es la encargada de limpiar la sangre y eliminar las toxinas que el cuerpo ya no puede expulsar por sí solo”.

Para ambos comenzó entonces una rutina tan exigente como agotadora. Tres veces por semana debían conectarse durante horas a una máquina que hacía el trabajo que sus riñones ya no podían realizar. En el caso de José, relató que los médicos le dijeron que sus riñones estaban “del tamaño de una pasa de uvas”.

“Uno sale cansadísimo”, recordó José. “Yo decía que volvía como si hubiera paleado toda la tarde. Hay personas que salen con dolores, con calambres, con la presión baja o sangrando. En mi caso era principalmente el cansancio”.

La diálisis no solo ocupa horas. También condiciona la vida familiar, laboral y social. Cada actividad debe organizarse alrededor de los tratamientos. Las invitaciones, los cumpleaños, los viajes y hasta las reuniones con amigos pasan a depender de los horarios del centro de diálisis.

“Te acostumbrás porque no te queda otra”, contó José. “Pero no es fácil. Sabés que hay días en los que no podés hacer planes porque tenés que dializarte o porque después quedás sin fuerzas”. La espera tampoco tiene una fecha de vencimiento. Algunos pacientes reciben un órgano rápidamente. Otros deben esperar años.

José permaneció 16 años en diálisis. Soledad esperó 20. Dos décadas pendientes de una llamada telefónica que podía llegar en cualquier momento.

La llamada que cambió sus vidas

Quienes esperan un trasplante aprenden a convivir con una incertidumbre permanente. El teléfono puede sonar en cualquier momento. De día o de noche. Un día cualquiera o durante una fecha especial. Por eso, cada llamada inesperada tiene un significado distinto para quienes integran la lista de espera. José María nunca olvidará aquella madrugada.

“Me llamaron desde Córdoba cuando estaba durmiendo. Apenas escuché que hablaban del Sanatorio Allende, automáticamente relacioné todo con el trasplante”, recordó.

Habían pasado 16 años desde que comenzó la diálisis. Dieciséis años de controles, tratamientos y esperas. Por eso, cuando escuchó el nombre del centro médico donde estaba inscripto para recibir un órgano, supo que algo extraordinario estaba ocurriendo.

“Fue como despertarme de golpe. Me senté en la cama, hablé con el doctor Perezzín que me dijo “José preparare porque has entrado en operativo y estás segundo”. Después desperté a mi esposa y empezamos a mover todo”, contó.

La noticia puso en marcha una carrera contrarreloj. Había que viajar, preparar documentación y dejar organizada la vida cotidiana para afrontar días decisivos. La familia volvió a convertirse en una pieza fundamental.

“Mis cuñadas se quedaron en casa, ayudaron con todo. El apoyo familiar estuvo siempre”, recordó.

Soledad también recibió la noticia en medio de la noche. Después de 20 años de diálisis, el teléfono sonó desde Córdoba. Del otro lado confirmaban que había aparecido un órgano compatible y que debía viajar de inmediato.

“Cuando me dijeron que llamaban del Sanatorio Allende, enseguida pensé en el trasplante. Había esperado tantos años que automáticamente relacioné una cosa con la otra”, relató.

A partir de ese momento comenzaron nuevas evaluaciones para confirmar que todo estuviera en condiciones. Los médicos debían comprobar que no existieran infecciones ni complicaciones que pusieran en riesgo la cirugía. La espera continuó algunas horas más, aunque esta vez dentro del hospital.

José recuerda que antes de ingresar al quirófano observaba cómo los pacientes iban avanzando en una lista de prioridad.

“Yo estaba cuarto. Después tercero. Después segundo. Hasta que llegué al primero y me dijeron que me preparara porque me iban a buscar. Ahí pensé: si es para mí, que sea lo que Dios quiera”. La cirugía de José se extendió durante aproximadamente tres horas. Mientras tanto, Norma esperaba noticias en una sala cercana.

“Para ella fue eterno. Decía que no pasaban más las horas y que nadie salía a decirle nada”, recordó.

Al despertar, la sensación fue extraña. Todavía bajo los efectos de la anestesia, llegó a asustarse porque no sentía las piernas. Con el correr de las horas comprendió que todo formaba parte del proceso normal de recuperación.

En el caso de Soledad, la respuesta de su organismo fue casi inmediata. “Cuando me desperté ya quería levantarme. Me sentía muy bien”, contó entre risas. Aunque ambos necesitaron controles intensivos y permanecieron varios días bajo estricta observación médica, las primeras señales fueron alentadoras. El nuevo riñón comenzaba a funcionar. Y con él, también comenzaba una nueva vida.

Volver a vivir

Siete años después de recibir un riñón, José María González todavía encuentra dificultades para resumir todo lo que cambió en su vida. La diferencia más importante, asegura, fue recuperar algo que durante años pareció imposible: el tiempo.

Durante más de una década, la diálisis condicionó cada aspecto de su rutina. Tres veces por semana debía trasladarse al centro de tratamiento y pasar varias horas conectado a una máquina. Luego llegaba el cansancio, las limitaciones físicas y la necesidad de reorganizar todo alrededor de ese compromiso ineludible.

“Uno ya empezaba el día sabiendo que tenía que ir a diálisis. Aunque no quisiera, la cabeza trabajaba alrededor de eso”, recordó. Hoy sus días son distintos. Volvió a trabajar, recuperó independencia económica y puede disfrutar de actividades que antes resultaban imposibles.

“Ahora puedo ganar mi propio dinero. Parece algo simple, pero para mí significa muchísimo. Que mi hijo me pida para unas figuritas o que necesite algo para estudiar y poder ayudarlo con lo que uno gana trabajando es una satisfacción enorme”, expresó.

José volvió además a una actividad que siempre lo apasionó: caminar y correr. Con humor suele definirse como “runner”, aunque detrás de la broma existe una historia de esfuerzo personal. Durante los años de enfermedad encontró en la actividad física una manera de mantenerse activo y no resignarse ante las limitaciones que imponía el tratamiento. También retomó con más intensidad su servicio dentro de la Iglesia, donde desarrolla tareas como catequista.

Pero quizás el cambio más importante ocurrió dentro de su hogar.Cuando recibió el trasplante, su hijo tenía apenas siete años. “Hoy puedo acompañarlo más. Cuando estaba en diálisis muchas veces llegaba cansado y no tenía energías para jugar o hacer otras cosas. No era porque no quisiera. Simplemente el cuerpo no respondía igual”, explicó.

Ahora puede estar presente en momentos que antes debía resignar: reuniones familiares, cumpleaños, encuentros con amigos o actividades cotidianas que para la mayoría de las personas parecen normales, pero que para un paciente en diálisis suelen convertirse en verdaderos desafíos.

Soledad comparte esa sensación. Después de 20 años de tratamiento, volver a vivir sin depender de una máquina fue una transformación profunda.

Los controles médicos continúan y seguirán acompañándola durante toda la vida. Cada algunos meses debe viajar para realizar estudios y verificar que el órgano funcione correctamente. Sin embargo, la diferencia con aquellos años de espera es inmensa.

“Gracias a Dios nunca tuve rechazo y el riñón comenzó a funcionar muy rápido. Siempre sigo con mis controles y mis cuidados, pero la calidad de vida cambió muchísimo”, aseguró. Tanto ella como José coinciden en que el trasplante no significa el final de un camino, sino el comienzo de una nueva etapa.

Una etapa marcada por la responsabilidad de cuidar el órgano recibido, pero también por la posibilidad de recuperar proyectos, compartir más tiempo con la familia y disfrutar de una cotidianeidad que durante años parecía inalcanzable. “Lo primero que uno quiere es dejar de depender de la máquina”, resumió José.

Y después de 16 años de espera, finalmente pudo lograrlo.

Compartir