“Hoy puedo decirle que sí a mi hijo”: cómo cambió la vida de dos santiagueños después de un trasplante
José María González volvió a trabajar como cartero y Soledad Herrera recuperó una calidad de vida que parecía imposible. Ambos aseguran que el trasplante no solo les devolvió la salud, sino también el tiempo, la independencia y la posibilidad de disfrutar plenamente de sus familias.

Siete años después de recibir un trasplante de riñón, José María González todavía encuentra dificultades para resumir todo lo que cambió en su vida. La diferencia más importante, asegura, fue recuperar algo que durante años pareció imposible: el tiempo.

Durante más de una década, la diálisis condicionó cada aspecto de su rutina. Tres veces por semana debía trasladarse al centro de tratamiento y pasar varias horas conectado a una máquina. Luego llegaba el cansancio, las limitaciones físicas y la necesidad de reorganizar todo alrededor de ese compromiso ineludible.”Uno ya empezaba el día sabiendo que tenía que ir a diálisis. Aunque no quisiera, la cabeza trabajaba alrededor de eso”, recordó.

Hoy sus días son distintos. Volvió a trabajar, recuperó independencia económica y puede disfrutar de actividades que antes resultaban imposibles. “Ahora puedo ganar mi propio dinero. Parece algo simple, pero para mí significa muchísimo. Que mi hijo me pida para unas figuritas o que necesite algo para estudiar y poder ayudarlo con lo que uno gana trabajando es una satisfacción enorme”, expresó.

José volvió además a una actividad que siempre lo apasionó: caminar y correr. Con humor suele definirse como “runner”, aunque detrás de la broma existe una historia de esfuerzo personal. Durante los años de enfermedad encontró en la actividad física una manera de mantenerse activo y no resignarse ante las limitaciones que imponía el tratamiento.

También retomó con más intensidad su servicio dentro de la Iglesia, donde desarrolla tareas como catequista. Pero quizás el cambio más importante ocurrió dentro de su hogar. Cuando recibió el trasplante, su hijo tenía apenas siete años. “Hoy puedo acompañarlo más. Cuando estaba en diálisis muchas veces llegaba cansado y no tenía energías para jugar o hacer otras cosas. No era porque no quisiera. Simplemente el cuerpo no respondía igual”, explicó.

Para Soledad Herrera, la transformación también fue profunda. Después de convivir durante dos décadas con la diálisis y las complicaciones derivadas del lupus, el trasplante significó la posibilidad de recuperar una rutina más cercana a la normalidad.

Los controles médicos continúan y seguirán acompañándola durante toda la vida. Sin embargo, la diferencia con aquellos años de espera es enorme. “Gracias a Dios nunca tuve rechazo y el riñón comenzó a funcionar muy rápido. Siempre sigo con mis controles y mis cuidados, pero la calidad de vida cambió muchísimo”, aseguró.

 

Ambos coinciden en que el trasplante no representa el final de una historia, sino el comienzo de una nueva etapa marcada por la responsabilidad, los cuidados y el agradecimiento.

Y también por la posibilidad de volver a disfrutar de pequeños momentos que para la mayoría de las personas parecen cotidianos, pero que para ellos tienen un valor inmenso: compartir una reunión familiar, asistir a un cumpleaños, hacer planes sin depender de una máquina o simplemente disponer libremente del propio tiempo.

“Lo primero que uno quiere es dejar de depender de la máquina”, resumió José.

Después de 16 años de espera para él y de 20 para Soledad, ambos saben que esa libertad llegó gracias a un gesto de solidaridad capaz de cambiar destinos para siempre.

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