POR LUCIANA SPOSETTI.
Nacido en la provincia de Misiones, Federico Poldi asegura que “las vueltas de la vida y Dios” lo trajeron hasta Santiago del Estero. Desde hace casi tres años es sacerdote en la provincia y actualmente se desempeña como párroco de la parroquia Nuestra Señora de La Salette, una misión que, según afirma, vive con alegría y como una forma de servicio cotidiano.
En diálogo con Info del Estero, explicó que el Día del Párroco se celebra cada 4 de agosto en homenaje a San Juan María Vianney, conocido como el Cura de Ars, patrono de los párrocos. Recordó que fue un sacerdote francés que atravesó numerosas dificultades para formarse, tanto por el contexto de guerras y persecuciones que vivía la Iglesia como por sus propias limitaciones académicas, aunque quienes lo guiaron descubrieron en él un profundo juicio moral y un gran corazón para el servicio.
Destinado al pequeño pueblo de Ars, donde pocos esperaban grandes cambios, Juan María Vianney terminó convirtiéndose en una referencia espiritual para miles de personas. Su fama como confesor trascendió las fronteras de Francia y, según una tradición muy difundida, fueron tantos los fieles que viajaban para verlo que incluso se habla de la creación de una nueva línea ferroviaria para llegar hasta esa localidad. “Sea cierto o no, habla de la fama de santidad que tenía y de la cantidad de personas que recorrían grandes distancias para encontrarse con Dios mediante su servicio”, expresó.

“Mi mamá nunca me obligó a ir a misa”
Si bien hoy es sacerdote, Poldi asegura que el origen de su vocación no comenzó en el seminario, sino mucho antes, dentro de su propia casa. “Mi historia personal comienza, en especial, con mi mamá”, contó. Recordó que ella falleció cuando él tenía apenas 13 años, pero dejó una huella profunda a través de su ejemplo de vida, la oración y la fe.
Lejos de imponerle prácticas religiosas, destacó que siempre respetó su libertad. “Cuando terminé la Primera Comunión nunca me obligó a ir a misa. Ella iba y siempre había un lugar en el auto para que yo la acompañara, pero nunca me obligó. Su testimonio, su coherencia y su sinceridad con la fe quedaron grabados en mí”, recordó.

Con el paso de los años, esa semilla fue creciendo. Su participación en grupos juveniles, retiros y encuentros parroquiales terminó fortaleciendo una fe que, según explicó, fue madurando de manera natural.
“Entendí qué lindo era que tanta gente hubiera trabajado para que yo pudiera encontrarme con Dios. Entonces pensé qué hermoso sería que algún día otras personas pudieran encontrarse con Dios gracias a mi servicio”, relató.
Un llamado que llegó sin estridencias
A diferencia de los relatos que muchas veces hablan de un momento puntual o extraordinario, Federico Poldi asegura que su vocación fue creciendo de manera sencilla. “Todo se fue dando con mucha normalidad”, explicó.

Mientras participaba activamente de la Iglesia, servía en retiros y grupos juveniles y viajaba a distintos lugares gracias a esas actividades, comenzó a preguntarse si Dios lo llamaba al sacerdocio. Finalmente decidió ingresar al seminario y dejar atrás otros proyectos de vida para iniciar ese camino.
Antes de llegar a Santiago del Estero formó parte de la congregación salesiana de Don Bosco. Sin embargo, una vez instalado en la provincia optó por la vida sacerdotal diocesana. “Siempre sentí que era un regalo que Dios me hacía. Hubo esfuerzo, sacrificios y renuncias, pero siempre lo viví como un regalo y me siento agradecido y bendecido por haber recibido ese llamado”, afirmó.

Cómo se prepara un sacerdote
El padre Federico explicó que actualmente la formación sacerdotal demanda entre ocho y nueve años. Durante ese tiempo, los futuros sacerdotes cursan estudios de Filosofía y Teología, mientras realizan un proceso pastoral que les permite conocer de cerca la vida parroquial y prepararse para asumir progresivamente las distintas responsabilidades del ministerio hasta recibir las órdenes sagradas.
Aunque muchas personas relacionan la tarea del sacerdote únicamente con las celebraciones religiosas, Poldi explicó que la vida cotidiana de un párroco es mucho más amplia. “La oración es lo que sostiene nuestro sacerdocio, porque el vínculo profundo con Dios es lo que le da sentido”, sostuvo.

A partir de allí comienzan las distintas tareas pastorales: anunciar la Palabra de Dios, organizar grupos de oración, acompañar espacios formativos, asistir a quienes más lo necesitan, visitar enfermos, celebrar bautismos, matrimonios y misas, escuchar confesiones y responder a las necesidades que surgen diariamente dentro de la comunidad.
Reconoció que hay momentos en los que el trabajo permite disponer de más tiempo libre y otros en los que las demandas son tan numerosas que resulta imposible llegar a todo. En esos casos, explicó, también es importante acompañar y formar a otras personas para que colaboren en la misión evangelizadora de la parroquia.
Al hablar de su vocación, el sacerdote no duda en señalar qué fue lo que terminó confirmando que había elegido el camino correcto. “Encontré mi felicidad en servir a los demás y en ayudar a otros a encontrarse con Dios”, expresó. Para él, la vocación consiste precisamente en descubrir de qué manera cada persona puede ser feliz ayudando a otros a encontrar también su propio bien.

Lo que la gente suele desconocer sobre un sacerdote
Poldi considera que muchas personas imaginan que los sacerdotes son distintos al resto o que viven una realidad muy alejada de la cotidiana. “Creo que detrás de todo sacerdote también hay una persona normal, con virtudes, con límites, con necesidades y con su propio carácter”, afirmó.
También señaló que existe la idea de que, por pertenecer a la Iglesia, todos cuentan con grandes recursos económicos. “Mucha gente cree que, como el Vaticano tiene mucho dinero y renombre, todos nosotros también lo tenemos, y eso no es cierto. Todo sacerdote tiene que trabajar para aportar a la parroquia y para ganarse el pan de cada día”, explicó.
Al mismo tiempo, destacó el cariño con el que habitualmente son recibidos por la comunidad y aseguró sentirse agradecido por el afecto y la paciencia que encuentra entre los fieles.

“A veces no podemos resolver los problemas, pero sí estar presentes”
Entre las experiencias que más marcaron su ministerio, Federico Poldi no eligió una celebración ni un momento de alegría, sino aquellos en los que debió acompañar a personas atravesadas por el dolor.
Explicó que esa sensibilidad también está atravesada por su propia historia personal. A la muerte de su madre cuando tenía 13 años se sumó, años después, el fallecimiento del padre Miguel Ángel Abdo, uno de los sacerdotes que lo acompañó durante su formación y que murió antes de verlo ordenarse.

Recordó especialmente un día en el que, pocas horas después de conocer la muerte del padre Abdo, debió acompañar a otra familia que también acababa de perder a un ser querido a causa del cáncer. “Más que un responso, fue llorar todos juntos, hablar con cariño de las personas que habíamos perdido y sanar juntos”, recordó.
Esa experiencia reforzó una convicción que, asegura, acompaña cada uno de esos encuentros con familias en duelo: el dolor por la partida de un ser querido también habla del amor que existió durante la vida compartida.
En las últimas semanas, contó, volvió a experimentar esa realidad durante una peregrinación al Pozo de San Francisco Solano, en Trancas, Tucumán, donde encontró a muchas personas que buscaban consuelo en medio de sus angustias.

“A veces la gente viene esperando que uno le resuelva la vida, y no siempre podemos hacerlo. Hay ocasiones en las que lo único que podemos ofrecer es nuestra presencia, nuestro cariño y ayudar a cargar esa cruz. Recordarles que Dios sigue estando con ellos y que no atraviesan ese dolor solos”, concluyó.
