¿Cómo se enseñaba a leer antes? El método de Sarmiento que marcó a generaciones
A días del Día del Maestro y tras los preocupantes resultados de PISA 2025, que muestran un fuerte retroceso de Argentina en lectura, vuelve la mirada sobre el método de Domingo Faustino Sarmiento para alfabetizar a generaciones de estudiantes.

Los resultados de las pruebas PISA 2025 encendieron una señal de alarma sobre el desempeño educativo argentino. El país obtuvo sus peores resultados desde que comenzó a participar de la evaluación internacional, en 2006, y el retroceso también alcanzó a la lectura: alrededor de seis de cada diez estudiantes argentinos no alcanzan el nivel básico.
El dato adquiere especial relevancia cuando falta apenas unos días para el Día del Maestro. La fecha vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que atraviesa generaciones: ¿cómo se enseña a leer y qué significa realmente saber leer?
En ese debate aparece una figura inevitable de la historia educativa argentina: Domingo Faustino Sarmiento, quien en el siglo XIX desarrolló un método de lectura que buscaba hacer más rápido, sistemático y accesible el aprendizaje de la alfabetización.
El método que Sarmiento creó en Chile
Sarmiento desarrolló su propuesta durante su exilio en Chile. En 1845 presentó ante la Universidad de Chile su “Método de Lectura Gradual”, una obra que posteriormente fue adoptada para su utilización en las escuelas públicas del país.
Su propuesta surgió como una crítica a una práctica muy extendida en aquella época: el deletreo.

El sistema tradicional obligaba a los niños a aprender primero el nombre de cada letra y luego unir esos nombres para formar palabras. Para leer “mano”, por ejemplo, el alumno debía pronunciar el nombre de cada letra antes de reconstruir la palabra completa.
Sarmiento consideraba que ese procedimiento hacía que la lectura fuera lenta y excesivamente mecánica.
Su alternativa buscaba acortar ese camino.
De las letras a los sonidos
Uno de los principales cambios planteados por Sarmiento consistía en enseñar las consonantes a partir de sus sonidos y no solamente de sus nombres.
En lugar de comenzar con “eme”, por ejemplo, el alumno trabajaba con el sonido correspondiente y lo combinaba con las vocales para formar sílabas: “ma”, “me”, “mi”, “mo”, “mu”.
La propuesta seguía una progresión deliberada. El niño comenzaba con las estructuras más sencillas y, a medida que avanzaba, incorporaba combinaciones cada vez más complejas.
El método estaba organizado en cuatro grados.
El primero introducía las letras y sonidos más regulares junto con las sílabas directas. El segundo incorporaba nuevas combinaciones. El tercero avanzaba hacia estructuras más complejas, como sílabas trabadas y diptongos. Finalmente, el cuarto grado incluía cuestiones como signos de puntuación, abreviaturas y letras de origen extranjero.
La idea era que el aprendizaje no fuera improvisado: cada dificultad aparecía después de que el alumno había adquirido las herramientas necesarias para resolverla.

No eran solamente sílabas
El método también incluía una instancia posterior destinada a la lectura de frases y textos breves.
Una vez adquirida la mecánica de la lectura, los alumnos podían avanzar hacia las llamadas “lecturas corrientes”, con pequeñas narraciones, personajes y situaciones.
Ese aspecto resulta especialmente interesante al mirar el debate educativo actual, aunque no corresponde trasladar directamente una herramienta pedagógica del siglo XIX a las aulas del siglo XXI.
Sarmiento estaba fundamentalmente preocupado por que el alumno pudiera descifrar correctamente la palabra escrita. La pedagogía contemporánea, en cambio, entiende la alfabetización como un proceso mucho más amplio, que incluye la fluidez, el vocabulario, la comprensión, la capacidad de realizar inferencias y la construcción de significado.
También escribió instrucciones para los maestros
Sarmiento no se limitó a elaborar un libro para los alumnos.
En 1846 publicó “Instrucciones a los maestros para enseñar a leer por el método de lectura gradual”, donde explicaba cómo debía aplicarse su propuesta en el aula.
El docente tenía un papel central. Debía trabajar la pronunciación, modelar la lectura, organizar ejercicios orales y corregir los errores para evitar que se transformaran en hábitos.
La enseñanza, por lo tanto, no quedaba reducida al contacto individual del niño con un libro. Requería una intervención activa y sistemática del maestro.
Un método que marcó a generaciones
La propuesta tuvo una enorme difusión en Chile y permaneció durante décadas como una de las principales herramientas utilizadas para la enseñanza inicial de la lectura.
Su influencia también llegó a la Argentina, especialmente a partir del regreso de Sarmiento al país y de su posterior participación en la expansión de la educación primaria.
Durante su presidencia, entre 1868 y 1874, Sarmiento profundizó su proyecto educativo, con la creación y expansión de escuelas, el impulso a la formación docente y la incorporación de nuevas herramientas pedagógicas.
El método de lectura gradual formó parte de ese proyecto más amplio: la idea de que la educación debía convertirse en una política pública capaz de llegar a sectores cada vez más amplios de la sociedad.
El límite de la propuesta: leer no es solamente descifrar
Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre recuperar históricamente el método de Sarmiento y presentarlo como una solución para la crisis educativa actual.
El método estaba construido alrededor de la adquisición progresiva de la capacidad de decodificar. Es decir, de transformar signos escritos en sonidos y palabras.
Pero leer no termina ahí.
Comprender un texto implica relacionar información, interpretar, inferir aquello que no está explícito, reconocer ideas principales, incorporar vocabulario y construir una representación de lo que se está leyendo.
Ese es precisamente uno de los desafíos que plantea el escenario actual.
Los resultados de PISA 2025 no indican simplemente que los estudiantes argentinos tengan dificultades para pronunciar palabras. El problema involucra capacidades de comprensión y desempeño frente a textos y situaciones complejas.
Por eso, recuperar a Sarmiento puede servir para volver a discutir cómo se enseña a leer, pero no para buscar en un método diseñado hace casi dos siglos una respuesta automática a los problemas de la escuela actual.
De Sarmiento a las aulas del siglo XXI
La comparación, sin embargo, deja una enseñanza interesante.
Sarmiento entendía que aprender a leer requería un método, una progresión, práctica sistemática y docentes preparados para acompañar el proceso.
Casi 200 años después, la discusión educativa cambió y se volvió mucho más compleja. Pero la pregunta de fondo continúa vigente: cómo conseguir que un niño no solamente aprenda a leer, sino que se convierta en un lector capaz de comprender aquello que tiene delante.
En vísperas del Día del Maestro y después de los preocupantes resultados de PISA 2025, aquella vieja discusión vuelve a aparecer, aunque con un desafío mucho mayor: ya no alcanza con que los chicos puedan descifrar las palabras. El objetivo es que puedan entenderlas, relacionarlas y utilizarlas para interpretar el mundo.




