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El maestro de los 800 tatuajes sigue en la misma escuela: Lucas Omar Jiménez, 18 años después

En 2008, un medio periodístico contó la historia de Lucas Omar Jiménez, el maestro santiagueño que sorprendía por llevar más de 800 tatuajes en su cuerpo. Casi dos décadas después, continúa trabajando en la misma escuela de La Banda, aunque ya no frente al aula. Sus tatuajes son todavía más numerosos, Sarmiento sigue ocupando un lugar privilegiado en su piel y cientos de alumnos forman parte de una historia que comenzó hace más de 30 años.

LS
Por Luciana Sposetti
Hace 2 horas · 9 min de lectura
Prof. Lucas Omar Jiménez.
FotoProf. Lucas Omar Jiménez.

Volver a encontrar al profe Lucas Omar Jiménez tantos años después tiene algo de viaje en el tiempo. Yo fui alumna de esta escuela durante mi infancia, entre fines de los 90 y los primeros años de los 2000, y él fue uno de esos maestros que quedaron en la memoria.

Hoy, en 2026, vuelvo al mismo lugar, pero esta vez para entrevistarlo. Y hay una particularidad más: ahora llevo a mi propio hijo a esa escuela, en un edificio completamente renovado que dejó atrás aquella imagen colonial, de techos de teja, que recuerdo de mi infancia: la gloriosa 677 “Gral. José de San Martín”.

Sabía que no iba a ser una entrevista cualquiera. El profe Lucas es de esos personajes que tienen una historia detrás de cada respuesta y, quizás por eso, llegué con las preguntas anotadas a las apuradas en una libreta.

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Lo que no imaginaba era que iba a tomarla entre sus manos, leer una por una y comenzar a responderlas casi como quien abre viejos cajones de la memoria. Por momentos, mientras él hablaba, yo solamente podía sonreír y asentir. Era como acompañarlo en ese viaje hacia los años en los que fue maestro frente al aula y en los que los tatuajes todavía eran vistos de una manera muy diferente.

Hoy está sentado en su espacio de trabajo administrativo, con un almohadón de los colores de Sarmiento y una chaqueta en la que aparecen símbolos de algunas de sus pasiones. Lleva un piluso y un cuello polar que dejan ver apenas parte de su rostro.

Finalmente, para las fotos, se quita los accesorios y vuelve a aparecer ese cuerpo que hace casi dos décadas había convertido en noticia nacional. Pero esta vez la historia ya no es solamente la de un hombre tatuado: es la de un maestro que lleva 36 años trabajando en la docencia y 34 dentro de esta escuela, donde asegura que piensa jubilarse.

De aquellos 800 tatuajes a una historia escrita en la piel

Cuando le pregunto por aquella nota de 2008, el profe Lucas reconoce que prácticamente no volvió a leerla. Incluso tenía un ejemplar del diario de aquel día, aunque ya no sabe qué fue de él. La repercusión tampoco le había parecido demasiado importante.

Para él, los tatuajes nunca fueron una moda. Cuando comenzó a hacérselos, la mirada social era muy diferente. Recuerda que en aquella época una persona tatuada podía ser asociada inmediatamente con determinados ambientes y que él mismo conoció hombres con tatuajes vinculados al mundo carcelario. Su historia, sin embargo, iba por otro lado.

“Era una cuestión personal, de chicuelo”, explica al recordar aquellos comienzos. El último tatuaje se lo hicieron hace aproximadamente 15 años y es el rostro de su hija mayor. También lleva los rostros de su madre, su hermana, su abuela y otros tatuajes vinculados a personas y momentos importantes de su vida. En su piel aparecen además los escudos de Sarmiento, Arsenal de Sarandí y otras imágenes que fueron adquiriendo significado a lo largo de los años.

¿Cuántos tiene ahora? Nunca los contó con precisión. Una vez alguien intentó hacerlo y se perdió en el intento. Lucas calcula que son “más de 800 seguro” y hasta tiene tatuajes en las palmas de las manos y en las plantas de los pies.

Entre todos ellos hay uno que destaca especialmente cuando le preguntan cuál es su favorito: el del “payaso suicida”. Pero quizás lo más interesante de su respuesta no está en cuál le gusta más, sino en cómo explica su relación con ellos: algunos los eligió, otros se los regalaron y hasta hay tatuajes que hoy mira en el espejo y ya no recuerda exactamente cómo terminaron allí.

34 años en una escuela que siente como su segunda casa

El profe Lucas llegó a esta escuela en 1992. Recuerda que al principio le costó adaptarse porque venía de otra institución y el cambio fue, según sus propias palabras, una especie de shock. Con el tiempo, sin embargo, la escuela se convirtió en mucho más que un lugar de trabajo.

“Hacé de cuenta que es realmente mi segunda casa”, dice. En todos estos años pasó por distintos turnos y tuvo cientos de alumnos. Algunos de aquellos chicos hoy tienen más de 40 años y todavía lo reconocen en la calle. Muchos conservan incluso los sobrenombres que él les ponía cuando eran niños.

Lucas sostiene que nunca lo hacía para burlarse, sino como una manera de demostrar que estaba pendiente de ellos. A mi particularmente me llamaba "Abdala Sposetti"... Abdala por unos primos con los que compartía escuela, y Sposetti pues porque así me apellido yo. Y lo sigue diciendo hasta hoy cuando nos cruzamos en los actos escolares.

La prueba más fuerte de esa huella llegó con el paso de los años: tuvo alumnos que después llevaron a sus propios hijos a la escuela. Cuenta que, de cada diez exalumnos que encuentra, aproximadamente siete lo saludan. Y lo mismo ocurre con muchos padres que alguna vez acompañaron a esos chicos.

Hay una frase que resume lo que eso significa para él: “No es solo educar, es dejar huella”.

No recuerda solamente nombres o cursos. También conserva pequeñas escenas del aula: los alumnos que perdían el miedo a pasar al pizarrón, la satisfacción de resolver correctamente un ejercicio, las excursiones, las charlas y los momentos compartidos fuera de la escuela.

Para el profe Lucas Omar Jiménez, esas experiencias terminaron siendo tan importantes como aprender una ecuación o una regla matemática.

El maestro que dejó el aula, pero no la escuela

Con los años, su vida laboral cambió. Hoy realiza tareas administrativas y ya no está todos los días frente a un grado. En el medio también apareció una dificultad que modificó su relación cotidiana con los demás: una pérdida de audición que terminó convirtiéndose en un proceso de adaptación.

Cuenta que durante un tiempo utilizó audífonos y que incluso se sometió a una operación que, según relata, no tuvo el resultado que esperaba. La dificultad para escuchar hizo que algunas situaciones cotidianas se volvieran más complejas, especialmente cuando los chicos le hablaban sin estar frente a él.

Pero el cambio más difícil no fue solamente físico. “No estar en contacto con alumnos, lo padecía…”, recuerda.

Al principio le costó encontrar su lugar fuera del aula. Con el tiempo, sin embargo, descubrió que todavía podía sentirse útil dentro de la escuela. Hoy participa de distintas tareas que van mucho más allá de estar sentado en una oficina: controla documentación, colabora con compañeros, revisa cuestiones de la institución y hasta se ocupa de cerrar registros que, según cuenta, no todos quieren hacer.

También participa de cuestiones relacionadas con los actos escolares y el funcionamiento cotidiano de la institución. Y cuando algún compañero colega necesita una mano, dice que trata de ayudar en lo que puede.

Ese lugar que encontró dentro de la escuela terminó devolviéndole algo que necesitaba: la sensación de seguir siendo parte.

“No hay mejor cosa que trabajar en lo que a vos te gusta”

Lucas tiene 58 años y lleva 36 años vinculado a la docencia. Cuando habla de ese recorrido no lo hace desde la nostalgia de quien ya terminó una etapa, sino desde la convicción de que todavía pertenece a ese lugar.

Dice que allí se siente “halagado, dichoso” y hasta “envidiado”, porque considera que no hay mejor cosa que trabajar en aquello que a uno le gusta.

Por eso, cuando le pregunto qué le hace seguir amando la docencia después de tantos años, vuelve a una idea que aparece varias veces durante la charla: el docente no solamente transmite conocimientos. También observa, acompaña, orienta y prepara a los chicos para las cosas que van a encontrar fuera de la escuela.

“Todos aprendemos tarde o temprano, pero no todos al mismo ritmo”, sostiene.

Y hay otra idea que parece haber atravesado toda su manera de enseñar: el adulto no debería olvidar que alguna vez fue niño. Para Lucas, una de las tareas fundamentales de un maestro es recordar eso y tratar de acompañar a sus alumnos desde ese lugar.

Quizás por eso, cuando piensa en sus antiguos estudiantes, no habla solamente de las matemáticas que pudieron haber aprendido. Recuerda las excursiones, las conversaciones, el fútbol, las experiencias compartidas y aquellos momentos en los que un chico finalmente se animaba a pasar al frente y descubrir que podía hacerlo.

Una escuela, varias generaciones y una historia que continúa

Cuando se le pregunta qué le gustaría que recuerden de él quienes alguna vez fueron sus alumnos, no responde hablando de sus tatuajes. Tampoco de sus años de servicio ni de las particularidades que hicieron que un diario se interesara por su historia en 2008.

Habla de las experiencias. De haber podido orientar. De haber acompañado. De haber estado ahí.

Quizás eso explique por qué, casi dos décadas después de aquella nota sobre “el maestro de los 800 tatuajes”, Lucas Omar Jiménez continúa siendo reconocible para quienes alguna vez pasaron por sus aulas. Algunos todavía lo llaman por el sobrenombre que tenían cuando eran chicos. Otros lo saludan en la calle. Y algunos regresaron a la misma escuela con sus propios hijos.

En sus brazos siguen apareciendo los colores de Sarmiento, los rostros de personas importantes y las marcas de una vida que se fue escribiendo sobre la piel. Pero hay otra historia, menos visible, que también quedó marcada durante todos estos años: la de generaciones de chicos que pasaron por aquella escuela y que todavía, cuando lo encuentran, levantan la mirada y le dicen lo mismo que hace décadas:

“Hola, profe Lucas”.

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