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Día de la Bibliotecaria: el enorme desafío de mantener vivo el mundo de la lectura en plena era digital

En una fecha especial para quienes hacen de los libros una herramienta de aprendizaje, Verónica contó por qué, aun en tiempos de Internet, sigue creyendo en el valor de tener un libro entre las manos.

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Por Melissa Ramírez
Hace 57 min · 10 min de lectura
Verónica Cardozo, bibliotecaria del colegio Absalón Rojas
FotoVerónica Cardozo, bibliotecaria del colegio Absalón Rojas

Hay lugares dentro de una escuela que parecen guardar algo más que libros. Estantes, mapas, calculadoras, juegos, viejos objetos y ejemplares que llevan décadas entre esas paredes forman parte de una historia que continúa escribiéndose cada vez que un estudiante cruza la puerta en busca de una lectura, una información para una materia o simplemente un espacio donde pasar un rato.

La biblioteca del Colegio Absalón Rojas, conocido como "Colegio Nacional" de Santiago del Estero es uno de esos lugares. Una institución reconocida por su trayectoria y su importancia dentro de la educación santiagueña, que conserva en su biblioteca parte de esa memoria y, al mismo tiempo, intenta responder a las necesidades de los estudiantes de hoy.

Al frente de ese espacio está María Verónica Cardozo, profesora de Informática y bibliotecaria. Su historia profesional comenzó en 2016, cuando tomó su primer cargo como bibliotecaria suplente en el Colegio Santa María de Villa Robles. Aquella experiencia duró un año y fue el primer paso de un camino que la llevaría nuevamente a las bibliotecas.

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Antes de comenzar a trabajar, Verónica había realizado cursos de preceptora y bibliotecaria. Explica que esa formación era necesaria para poder aparecer en los listados de orden de mérito y acceder a esos cargos. Después de aquella primera suplencia, la vida laboral la llevó durante un tiempo a Tucumán, donde también consiguió un cargo como bibliotecaria.

Algunos de los elementos que se encuentran en la bibllioteca.

De una pequeña biblioteca en Tucumán a una biblioteca histórica de Santiago

En Tucumán trabajó durante un año en una institución ubicada en plena zona céntrica. Era una biblioteca pequeña, compartida incluso con un aula, y buena parte de sus libros habían llegado mediante donaciones. Entre esos ejemplares había también materiales en quichua, una característica que Verónica recuerda como parte de aquella experiencia.

Pero finalmente regresó a Santiago del Estero por una razón familiar. Con el tiempo comenzó a desempeñarse como docente de su especialidad y las horas de Informática fueron ocupando buena parte de su actividad profesional. Sin embargo, la biblioteca siguió siendo un lugar al que siempre quiso volver.

Hace cinco años llegó al Colegio Nacional, donde actualmente combina sus dos mundos: durante parte de la jornada trabaja como bibliotecaria y por la tarde continúa ejerciendo como profesora de Informática.

Esa combinación resulta particularmente interesante porque Verónica no observa a la tecnología como una amenaza para los libros. Todo lo contrario. Trabaja diariamente con material digital, cartillas y herramientas tecnológicas, pero sostiene que hay una experiencia que una pantalla no puede reemplazar.

"Yo soy de la vieja escuela", dice con naturalidad.

Y enseguida explicó por qué. "No es lo mismo palpar un libro, tenerlo en las manos, que verlo visualmente". Para ella, el libro permite subrayar, marcar, hacer resúmenes y síntesis. También permite encontrarse con obras que no siempre están disponibles en Internet.

En esa convivencia entre lo digital y lo físico aparece una de las claves de su trabajo. Verónica es profesora de Informática, utiliza recursos tecnológicos y conoce las posibilidades que ofrece Internet, pero sigue defendiendo el lugar de la biblioteca como un espacio de acceso al conocimiento.

También porque existen contenidos que no están digitalizados o que, cuando lo están, tienen costos que dificultan el acceso. En una biblioteca escolar, en cambio, esos materiales pueden estar disponibles para los estudiantes sin que tengan que pagar por ellos. Y hay algo más: el valor de encontrarse con un libro que tiene historia.

Una biblioteca que también guarda memoria

La biblioteca del Colegio Nacional tuvo una transformación importante durante la reestructuración del edificio. Antes era mucho más grande y los armarios llegaban prácticamente hasta el techo. Para alcanzar algunos ejemplares era necesario utilizar una pequeña escalera.

Parte de ese material, con el paso del tiempo, quedó obsoleto y fue donado a escuelas rurales. Un camión del Consejo de Educación fue retirando progresivamente esos libros para que pudieran continuar siendo utilizados en otros establecimientos.

La biblioteca actual quedó más pequeña, pero conserva una importante cantidad de ejemplares, especialmente en áreas como Matemática, Lengua y Biología. Verónica destacó que en algunas materias puede haber alrededor de 60 ejemplares de determinadas obras, una cantidad considerable para una biblioteca escolar.

Y mientras algunos libros fueron descartados por su antigüedad o porque dejaron de ser útiles para las necesidades educativas actuales, otros fueron conservados precisamente por su valor histórico.

Entre los ejemplares más particulares hay libros de época colonial, escritos a pluma, que permanecen resguardados en un sector especial. No son materiales que solamente despierten curiosidad: también son consultados por investigadores.

Verónica recordó especialmente a un historiador que durante el año pasado visitó la biblioteca mientras trabajaba en la escritura de un libro y necesitaba consultar esos ejemplares. Así, una biblioteca escolar termina convirtiéndose también en una pequeña cápsula del tiempo.

Pero el pasado convive con el presente, ya que actualmente la biblioteca incorpora obras nuevas, incluso publicaciones que los docentes solicitan para trabajar durante el ciclo lectivo.

En algunos casos, cuando un material se encuentra disponible únicamente en formato digital, se han realizado copias para que pueda incorporarse físicamente al acervo. Así ocurrió con tres obras de Lengua: se imprimieron alrededor de 20 copias para que quedaran disponibles en la biblioteca y pudieran ser utilizadas por los estudiantes.

Mucho más que libros: una biblioteca llena de vida

Quienes imaginan una biblioteca escolar como un lugar silencioso donde solamente se acomodan libros probablemente se sorprenderían al conocer la rutina de Verónica.

De lunes a jueves, la biblioteca tiene un movimiento constante. Los estudiantes llegan para buscar material para las distintas asignaturas, consultar obras o llevarse libros a sus casas. Los docentes también recurren al espacio para solicitar materiales que necesitan para sus clases.

Hay estudiantes de distintos cursos que utilizan especialmente la biblioteca y algunos llegan a llevarse dos o tres obras durante un fin de semana. Los libros pueden salir de la institución mediante un sistema de préstamo en el que se registran los datos del estudiante, el curso y los ejemplares retirados.

Aunque parezca extraño, la escena se repite con frecuencia: un alumno llega, busca una obra, consulta, registra el préstamo y se lleva el libro. Días después, vuelve para devolverlo.

Para Verónica, esos gestos cotidianos son una señal de que la lectura continúa teniendo un lugar entre los jóvenes.

El año pasado, incluso, tuvo una iniciativa que buscó reconocer a quienes más frecuentaban la biblioteca. Propuso entregar certificados a los estudiantes que asistían con mayor frecuencia, como una manera de destacar el compromiso con la lectura.

La idea era que los alumnos supieran que alguien había reparado en su esfuerzo y en su interés. "Un reconocimiento porque les gusta leer", explicó. Y entonces apareció una frase que resume buena parte de su mirada sobre la tarea: "La lectura abre la mente".

Pero la biblioteca también encontró una manera de acompañar otros intereses de los estudiantes.

Desde el año pasado cuenta con juegos de mesa. Hay ajedrez, ludo y damas, y este año también comenzaron a utilizarse cartas. Los alumnos pueden jugar durante sus horas libres, siempre respetando las reglas del espacio y procurando no molestar a quienes están leyendo o estudiando.

También se prestan calculadoras científicas. El año pasado Verónica compró 20 para reemplazar parte de las que ya estaban deterioradas. Los estudiantes pueden utilizarlas para trabajar en clase y devolverlas después.

Los mapas también siguen teniendo su lugar. Santiago del Estero, América, Europa, mapas físicos y políticos forman parte de los materiales que todavía son solicitados por docentes y estudiantes.

Es una biblioteca que, lejos de ser estática, se mueve al ritmo de la escuela.

El desafío de una bibliotecaria en tiempos de Internet

La pregunta sobre el futuro de las bibliotecas aparece casi inevitablemente cuando se habla del avance de la tecnología. Si todo parece estar en Internet, ¿qué sentido tiene hoy una biblioteca?

Para Verónica, la respuesta está precisamente en todo aquello que Internet no puede reemplazar.

Está en el libro que se puede tocar, marcar y volver a consultar. En la obra que no está digitalizada. En el material cuyo precio hace imposible que todos puedan acceder a él. En los ejemplares históricos. En el mapa que todavía se despliega sobre una mesa. En el alumno que llega buscando una novela y termina descubriendo otra.

Y también está en la persona que recibe al estudiante, escucha lo que necesita y lo ayuda a encontrarlo, ya que según Verónica, la biblioteca no funciona solamente como un depósito de libros, sino es un espacio de acompañamiento dentro de la escuela.

"Si bien dicen que es tranquilo y que no se hace nada, se trabaja bastante", contó.

Las mañanas, especialmente, son dinámicas. Llegan pedidos de libros, mapas, calculadoras y otros materiales. Los docentes trabajan de manera articulada con la biblioteca y envían a los estudiantes a buscar los recursos necesarios para las distintas materias.

Lengua, Ciencias Sociales, Biología y Matemática aparecen entre las áreas que más utilizan sus materiales. Y mientras todo eso ocurre, la biblioteca continúa conservando objetos que parecen pertenecer a otra época. Entre ellos está una antigua prensa y un viejo proyector. Los estudiantes que los observan muchas veces no reconocen inmediatamente para qué servían. Las piezas del antiguo proyector incluso llegan a ser confundidas con cámaras.

Son objetos que recuerdan cuánto cambió la tecnología y, al mismo tiempo, cuánto permanecen algunas prácticas.

El olor de los libros y una tarea que sigue teniendo sentido

Hay una última respuesta de Verónica que quizás sea la que mejor explica por qué continúa disfrutando de su trabajo.

Cuando habla de los libros no se refiere solamente a su contenido. Habla de manipularlos. De tenerlos cerca. De reconocerlos como objetos que transmiten algo más que información.

"Me gusta manipular los libros, su olor", contó. Y es que en tiempos en los que una enorme cantidad de información puede encontrarse en segundos desde un teléfono, esa sensación parece pertenecer a otro ritmo. Un ritmo más lento, más íntimo, pero que todavía tiene espacio dentro de una escuela.

La biblioteca del Colegio Nacional es, en ese sentido, un lugar donde conviven varias generaciones de conocimiento. Están los libros nuevos que los docentes incorporan para sus clases, los materiales digitales que llegan desde los teléfonos, las calculadoras científicas, los mapas actuales y también los ejemplares antiguos escritos a pluma.

Está el estudiante que llega buscando una obra para una materia y el que se lleva tres libros para leer durante el fin de semana. Está quien se sienta a estudiar y quien aprovecha una hora libre para jugar al ajedrez.

Y está María Verónica Cardozo, una profesora de Informática que encontró en la biblioteca otra manera de enseñar.

LA IMPORTANCIA DE CELEBRAR EL DÍA DEL BIBLIOTECARIO

Su historia también permite mirar el Día del Bibliotecario desde un lugar diferente. No solamente como una fecha para recordar a quienes trabajan entre estantes y libros, sino como una oportunidad para reconocer a quienes construyen puentes entre el conocimiento y las nuevas generaciones.

El 13 de septiembre tiene, además, una particularidad especial para Santiago del Estero: la fecha fue declarada Día del Bibliotecario por el Congreso de Bibliotecarios reunido en esta provincia en 1942. Doce años después, en 1954, el reconocimiento se estableció a nivel nacional mediante el Decreto 17.650/54.

La fecha recuerda la creación de la primera Biblioteca Pública de Buenos Aires, impulsada por Mariano Moreno el 13 de septiembre de 1810, antecedente de la actual Biblioteca Nacional.

Pero cada biblioteca tiene también su propia historia. La del Colegio Nacional está hecha de libros antiguos, nuevas obras, mapas, juegos, estudiantes, docentes y personas que durante años se ocuparon de cuidar ese patrimonio.

Por eso, celebrar el Día del Bibliotecario también es celebrar esos pequeños rituales que todavía sobreviven: abrir un libro, pasar sus páginas, buscar una palabra, subrayar una frase, descubrir una historia y llevarse un ejemplar a casa.

Y quizás, como dice Verónica, todo comience por algo tan simple como tenerlo entre las manos.

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